Ella se siente defectuosa y obsoleta. Sufre fobia social

Empezaron los problemas cuando era una guapa adolescente, se sentía juzgada y observada por todos los que la rodeaban


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Empezaron los problemas cuando era una guapa adolescente. Se sentía juzgada y observada por todos los que la rodeaban. Dejó de comer. Iba de psicólogo en psicólogo contándoles sus problemas obsesivos. Hoy está mejor, «pero mal». Mientras asiste a sus clases prácticas de informática está pensando que la gente la mira mal. Su madre -que es la que relata la historia, porque la joven no puede ni coger el teléfono- cree que es difícil que encuentre trabajo, ya que su mundo cambia en función del grado de ansiedad que sufre. Si va a comprar y la dependienta no le sonríe, piensa que es por ella.

Algo parecido vive Toni, otro de los miembros de Amtaes (Asociación Española de Ayuda Mutua contra la Fobia Social y trastornos de Ansiedad), al que le cambió la vida allá por el 2006. Daba clase en dos colegios privados como profesor interino cuando de repente comenzó a sentir un nivel de ansiedad que aumentaba cuando tenía gente alrededor. Aguantó todo el curso y dice que ese fue su mayor error. Soportó las bromas pesadas de los alumnos adolescentes y sus miedos, además de aumentar, se transformaron en problemas intestinales y de sueño. La médica le daba bajas por depresión, que él no entregaba por temor a que no le renovasen el contrato. Al acabar las clases en junio se encerró en casa, con un miedo atroz a que llamaran a la puerta. Se metió en la cama, de la que no quería salir ni para comer. Cuando pidió ayuda, el médico le dijo que tenía un trastorno muy parecido al estrés postraumático. En esa época vivía de sus ahorros y temía que se le acabasen. Recurrió a la Administración, que varias veces le cerró las puertas. «Es mejor que te deneguemos la prestación porque gente como tú acaba siendo mucho más introvertida y jamás vuelve al mercado laboral», escuchó de una trabajadora social. Desde aquella primera vez en el que el miedo se apoderó de él nunca más volvió a trabajar. En este proceso conoció a Julia, una psicóloga que utilizó con él la terapia cognitivo conductual. Julia reproducía con muñecos una situación estresante para Toni; por ejemplo, el momento del abono de la compra en el supermercado. Si la cajera no tenía un buen día y estaba cansada, él pensaba que él había hecho algo malo. Su psicóloga le enseñó a comportarse. Por ejemplo, reaccionar con una sonrisa para que la empleada del súper cambiase su semblante. Poco a poco, Toni lo consiguió. Hoy tiene ya 45 años y un 53 % de minusvalía reconocida. Cuando mantenemos la conversación para escribir esta crónica dice que tantos años sin trabajar le hacen sentir que es un inútil. Identifica su frustración e impotencia.

Tras precisar que hay distintos tipos, grados y momentos en los que puede aparecer la fobia social, Manuel Fernández, psicoanalista y psicólogo clínico del Chuac, advierte de que cada vez hay más personas que sufren este trastorno en el ámbito laboral. Son pacientes, dice, que sienten que serán evaluados negativamente o sufren un temor extremo a la ansiedad fóbica. Todo está derivado de las conductas laborales actuales, de los nuevos ideales de la gestión económica (pública y privada), donde se habla de eficiencia, de excelencia, de calidad total - «sintagma inquietante», subraya Fernández-... son los «amos dominantes». «En nombre de estos principios -explica el experto- puede instalarse en la organización la llamada gestión por estrés. Consiste en meter presión. Se trata de la evaluación individual por resultados, una evaluación que rompe la solidaridad del grupo y hace que la persona autoexigida se considere defectuosa, caduca». Existe el culto a lo nuevo, frente a la experiencia y lo perdurable, que se consideraban valores no hace mucho tiempo. La persona que no se adapta puede considerarse obsoleta y esta cultura de los llamados «recursos humanos» puede tener consecuencias psicopatológicas muy graves. Es una lógica insana y perversa muy identificada cuando las empresas buscan a trabajadores resistentes al estrés o capaces de buscar soluciones individuales a través del couching o los medicamentos. Este es el mundo en el que nos ha tocado vivir. Nos lo han (hemos) diseñado así.

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