El ocaso del carbón a las puertas de Galicia

El fin de las ayudas al mineral ha terminado con la vida próspera de las localidades más próximas a la región

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El ocaso del carbón El fin de las ayudas al mineral ha transformado el paisaje a todos los niveles. Las antaño prósperas localidades ligadas a esta actividad se han convertido en lugares fantasma
Carlos Castro
asturias / la voz

El portazo al carbón ha dejado un paisaje desolador a las puertas de Galicia. Un reguero de montañas mordidas, empresas abandonadas y pueblos fantasmas se extiende por las comarcas situadas en la triple frontera que conforman Lugo, Asturias y León. No hace falta alejarse demasiado para encontrar las huellas de un sector que camina con paso firme hacia su extinción, a unos 25 kilómetros de Piornedo descansan los restos de la que fue una de las cuencas mineras más productivas de España.

El declive empezó a cocinarse hace años, después de que Europa programase el fin de una actividad económica deficitaria en el continente. Hace casi una decenio que el Gobierno se comprometió con Bruselas a cerrar sus explotaciones mineras. El 1 de enero del 2019 era la fecha límite, aquellas minas que no bajasen la persiana para entonces estaban obligadas a devolver los millones de euros en ayudas públicas que hubieran recibido.   

El rastro de cuatro minas

Cumplidos dos meses de aquella sentencia, uno de los epicentros del sector minero, Ibias, ha quedado prácticamente desierto. Limitado al norte con A Fonsagrada y Negueira de Muñiz, este municipio asturiano encontró durante años su motor económico en la tierra de Luiña y en las montañas de oro negro que descansan bajo su superficie. El panorama es hoy otro muy diferente, siguiendo la carretera que une Tormaleo y Cerredo (a unos 50 kilómetros de la frontera con Galicia) encontramos el rastro de cuatro minas de antracita y hulla. Dos cerradas, una en proceso de liquidación y la más próxima ha reabierto con un proyecto mucho más modesto de 23 trabajadores.

La mina de Cerredo, desierta tras un ERE de extinción.
La mina de Cerredo, desierta tras un ERE de extinción.

El lavadero sigue siendo el edificio con más protagonismo de Villares de Abajo. Hace casi diez años que no se utiliza, abandonado después de que se anunciase el cierre de Minas de Tormaleo, que en aquel momento contaba con más de 200 empleados. Fue una liquidación bronca y prolongada en el tiempo, con tensiones constantes entre los trabajadores, empresarios y responsables políticos. Un símbolo de la resistencia minera. Hoy el complejo sigue en pie, con cierto aire fantasmal por los cristales rotos en sus ventanas, la maquinaria oxidada por todas partes y la falta de actividad a su alrededor.

El lavadero de la antigua mina preside Villares de Arriba.
El lavadero de la antigua mina preside Villares de Arriba.

Siguiendo la carretera hacia Villares de Arriba, subiendo hacia la mina de Miura, casi una veintena de barracones ofrecen también buen testimonio de lo que fue este enclave. En otro tiempo acogieron a los mineros que trabajaron aquí, pero hoy han perdido su función y parecen parte de un decorado impostado para cualquier película de ciencia ficción.

Llegando a Fondodevilla, la mina de Peña Furada se ha convertido en un enorme apiario, alguien protege 57 colmenas con un pastor eléctrico en la explanada colindante a la antigua zona de aseo. Los edificios se mantienen abiertos, a medio derrumbar y en lo que un día fue la caseta de seguridad aparecen registros de la actividad de los trabajadores en un viejo escritorio carcomido por el sol y la lluvia.

La ruta que sigue hasta Cerredo, perteneciente ya al municipio de Degaña, deja otra parada singular: la balsa de Tormaleo, una mina abandonada a cielo abierto que luce hoy anegada por un agua sospechosamente turquesa.

Balsa de Tormaleo, una antigua mina anegada de agua
Balsa de Tormaleo, una antigua mina anegada de agua

Material abandonado y desprotegido en la mina en liquidación de Cerredo

La minera Astur Leonesa se quedaba en enero de este año con apenas 17 trabajadores para tareas de mantenimiento en la explotación de Cerredo. Cualquiera puede acceder al complejo sin problemas, deambular, abrir puertas o llevarse material sin que nadie le salga al paso. Solo una parte, un hangar con maquinaria, está vigilado por cámaras de seguridad.

Hay pocas dependencias cerradas bajo llave y todo parece haber sido abandonado a la carrera, como si una alarma hubiera sonado y hubieran tenido que evacuar a todo el mundo de golpe, en apenas un momento. En los cuartos de aseo, cuelgan los cascos y los monos, esperando a los que fueron sus propietarios, como si estos fueran a reaparecer al día siguiente. Hay ropa tirada, cajetillas de tabaco, calendarios, manuales de riesgos laborales y botas desparejadas esparcidas por el suelo. También hay polvo, mucho polvo negro, por todas partes.

Las ropas de los trabajadores quedaron colgadas en los vestuarios.
Las ropas de los trabajadores quedaron colgadas en los vestuarios.

Una inversión millonaria

Hace no tanto, en el 2007, FERPI (la compañía de transportes y obra pública) trabajaba en el pozo inclinado de esta instalación para dotar a la mina de unas dimensiones pioneras en la minería subterránea. Las obras terminaron a finales del 2010 y se consiguió duplicar la capacidad de extracción de Cerredo, alcanzando una producción de un millón y medio de toneladas anuales. «Estas actuaciones aseguran el trabajo para los próximos 30 años», decía un vídeo promocional sobre la actuación grabado en abril de ese año.

Europa tenía otros planes y a pesar de aquella inversión millonaria del pozo de Cerredo ya no se extrae hulla apenas 9 años después. Más de medio millar de trabajadores llegaron a ganarse el pan en esta mina y, a finales del 2018 (con el ERE en plena ejecución) todavía eran unos 150 los que mantenían su puesto de trabajo.

Las subvenciones hicieron saltar el modelo por los aires

Los vecinos tienen claro que el modelo de negocio todavía era rentable. «Pero si este carbón no les vale...», dice con resignación un extrabajador de Cerredo encogiéndose de hombros. Es un sentir general que cuando España abrió el grifo a las subvenciones que llegaron desde Europa, el sector minero del país firmó su sentencia de muerte. «En la mina hay carbón y aquí hombres con ganas de trabajar, nosotros no queremos que nos regalen nada, queremos ganarnos la vida haciendo lo que sabemos, con el oficio que hemos aprendido», argumenta con desesperación un vecino que trabajó en la mina hasta hace poco.

Las ayudas que llegaron al carbón desde finales del 2010 trajeron otro problema aparejado en Cerredo. Un conflicto entre el empresario propietario de la explotación, Victorino Alonso, y el Gobierno de España, por los pagos a la Seguridad Social, terminó con la congelación de las subvenciones y el fin de una fuente de ingresos importante. El pulso se saldó con deudas millonarias con los trabajadores, que veían cómo las nóminas de varios meses no llegaban a sus cuentas corrientes.

«Yo tuve que pedir una baja por depresión, tenía dos hijos, mi mujer no trabaja y no entraba ningún tipo de ingreso en mi casa. A día de hoy me siguen debiendo el dinero de muchos meses», confiesa otro de los que trabajó en esta explotación hasta hace unos meses.

Los pueblos fantasma trufan un paisaje alterado por la actividad

Pasear por cualquiera de estos pueblos raya lo deprimente. La mayoría experimentaron en su día un crecimiento urbano y poblacional importante gracias a las explotaciones mineras, otros se crearon directamente gracias a ellas, pero hoy las huellas de la desbandada dejan calles desiertas y villas fantasmas.

Cuarto de aseo de la mina de Cerredo.
Cuarto de aseo de la mina de Cerredo.

La parroquia de Cerredo, la más poblada del municipio de Degaña, llegó a ser la más rica del Principado y hoy sigue teniendo uno de los PIB más altos. En torno a la mina se levantaron casas, se abrieron bares, supermercados o sucursales bancarias y la mano de obra llegaba de todas partes, sobre todo de Ibias. Hoy los edificios siguen ahí, pero la mayoría están vacíos y muchos de los negocios, al borde del cierre. Paseando a última hora de la tarde, apenas se ve gente.

«Antes en el colegio había unos 40 críos por curso, ahora no llegan a diez, serán siete u ocho chavales en cada uno», explica Miguel, un extrabajador de la explotación ya jubilado. «Aquí el recurso era la mina, todos vivíamos de ella. Aunque hay abiertos varios negocios, los clientes eran trabajadores de la mina. Ahora están todos en la calle, la empresa ha dejado unos 20 de mantenimiento, ¿quién va a gastar el dinero en los bares o en los comercios?», se pregunta.

La realidad que pone sobre la mesa es demoledora. El ERE de liquidación que pesa sobre la mina de Cerredo deja al pueblo sin trabajadores y a sus hijos sin futuro. Toda una generación de hombres jóvenes ha quedado en el paro de forma prematura, muchos acogiéndose a la fórmula de la prejubilación cuando ni siquiera han cumplido los 40 años. La mayoría han hecho las maletas y han salido a buscar la prosperidad en otra parte.

La alternativa: Carbones La Vega vuelve a extraer en la Braña de Eiroa

Carbones La Vega lleva año y medio trabajando en la Braña de Eiroa, en un proyecto en el que ahora mismo tiene involucradas a casi a una treintena de personas. «La idea es ir creciendo poco a poco hasta duplicar el personal de aquí a un año», comenta Roberto Valdés, el ingeniero a cargo. Explica que lo que extraen de la mina de Miura «es un carbón de una calidad especial, con más poder calorífico, que podemos dedicar a otros usos, como la fundición». La antracita, el tipo de carbón que explotan de la cara sur de la montaña de Luiña es el que presenta mayor contenido de carbono. Se distingue a simple vista porque brilla bastante más que la hulla.

La vuelta de la actividad a esta zona ha sido una buena noticia para los habitantes del valle, deprimido desde que en el 2003 Minas de Tormaleo cesó sus extracciones tras 28 años de explotación. Carbones La Vega apenas lleva un par de meses sacando el mineral de la montaña.

La vista de la zona sur de la corta impacta al visitante por las toneladas excavadas. Los trabajos de esta empresa se están llevando a cabo en la capa cuatro del yacimiento, en interior, porque según el informe que presentó en su día la compañía «se hace aconsejable continuar la extracción del recurso de carbón hacia la zona sur de la corta de la Braña de Eiroa, dado que la continuación de la explotación a cielo abierto ofrece ratios que desaconsejarían un método de explotación que no sea de interior».

Un proyecto más modesto

Poco tienen que ver las dimensiones de este proyecto con lo que había anteriormente. La empresa que la leonesa Carbones La Vega tiene en marcha en la Braña de Eiroa es meritoria, pero no se trata de una alternativa real para devolver el esplendor pasado a la comarca. Algunos mineros que recientemente se han quedado sin trabajo tras el fin de las ayudas confiesan que hay alternativas, como esta, marginales en el mercado laboral, pero que por muchas que haya nunca podrán paliar los cientos de miles de puestos de trabajo destruidos durante años. No hay que perder de vista que a principios del siglo XX trabajaban en Asturias cerca de 34.000 mineros

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