China se ceba con el beicon en el año del cerdo

La guerra comercial hunde el precio de la panceta en EE.UU.


redacción / la voz

El cinco de febrero arrancó el año nuevo chino. Toca el del cerdo. Un animal sobre el que los asiáticos tienen mucho que decir. Además de ser uno de los mayores consumidores mundiales (45 kilos per cápita), el país es uno de los principales productores de este tipo carne (54 millones de toneladas en el 2018, la mitad de la producción de todo el planeta) y el primer importado, con algo más de 1,5 millones de toneladas compradas el año pasado, principalmente a los Estados Unidos.

Y es que, si hay alguien que sepa de la posición de dominio que tienen los chinos en el sector porcino son los granjeros norteamericanos. Llevan meses sufriendo en sus carnes -en las de sus animales, más bien- la feroz guerra comercial abierta entre ambos países, que ha desencadenado una subida del 50 % en los aranceles de los productos cárnicos procedentes de suelo estadounidense.

Esta decisión han provocado un torrente de reacciones en cadena: las exportaciones se han reducido drásticamente, lo que ha aumentado los excedentes de materia prima y, por tanto, originado el desplome de los precios. Tanto, que los ha colocado en los niveles más bajos de los últimos diez años. Este viernes mismo, la cotización del cerdo para mayoristas se situaba en 44,29 centavos por libra (0,82 céntimos el kilo), prácticamente la mitad del que se registraba hace año y medio.

La noticia, sin embargo, no parece afectar demasiado al norteamericano de a pie que, lejos de preocuparse, está sacando partido al hecho de que productos tan habituales en su dieta como el beicon registren precios históricamente bajos.

Incluso los restaurantes de comida rápida parecen querer aprovecharse de esta circunstancia. De ahí que hayan puesto en marcha iniciativas en las que el tocino se convierte en el protagonista principal de su oferta gastronómica. Es el caso de cadenas tan conocidas como McDonalds o Wendy's -en conjunto tienen más de 20.500 establecimientos repartidos por el país-, que han aprovechado el desplome para incluirlo de forma gratuita en todos sus menús. Todo un señor reclamo. Tanto es así que, en su evidente afán por aumentar clientela, han puesto incluso campañas promocionales en marcha como la denominada hora del beicon, en la que se ofrece este producto de forma gratuita durante 60 minutos diarios o la creación del Cheesy Bacon Fries, un plato especial con patatas fritas, beicon y queso. Eso sí, ambas firmas se han apresurado a desmentir que su repentino interés por el beicon guarde relación alguna con la caída de los precios del cerdo.

Sea como fuera, lo cierto es que los consumidores de beicon norteamericano, que son muchos -el 53 % de los hogares reconocen incluir diariamente este producto en sus desayunos- están encantados con una medida que, sin embargo, tiene contra las cuerdas a las grandes granjas productoras del país.

La escalada arancelaria entre EE.UU. y China arrancó en enero del pasado año cuando el presidente Trump decidió subir del 30 al 50% los impuestos a las importaciones chinas de paneles solares y distintos electrodomésticos. El Gobierno de Pekín reaccionó un par de meses después haciendo lo propio con más de un centenar de mercancías estadounidenses, entre ellas la carne de cerdo. Producto que volvió a penalizar en octubre pasado con un aumento del 50 al 62 % en el tipo arancelario que se aplica a su importación. Esto ha provocado que los mayoristas chinos hayan dejado de lado el cerdo americano y empiecen a apostar por proveedores como Argentina, Chile, Brasil o Nueva Zelanda.

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