Colgó su corbata en el árbol y entró en el mundo «jirafondo»

En el mundo jirafondo nadie, absolutamente nadie, lleva esa corbata que llega a ahogar hasta extremos insospechados


Llevaba más de 30 años trabajando en la misma empresa, y había visto salir de ella a tantos cientos de compañeros que él sabía que un día se iba a sumar al grupo de prejubilados. No le importaba. Es más, estaba dispuesto, lo deseaba, según confesaba entre los amigos. Un día recibió la llamada del «jefe del jefe», es decir del responsable de su departamento en Madrid, donde la compañía tiene la sede. Tenía que presentarse en el departamento de recursos humanos y allí preguntar por un responsable de relaciones laborales con quien mantendría la conversación. Como los rumores de ofertas de prejubilaciones en la compañía estaban a la orden del día, desde un primer momento supuso que le iban a hacer una proposición «decente», esperaba.

Tras la llamada del «jefe del jefe», lo primero que sintió es la ilusión de que sus deseos podían cumplirse. Él estaba dispuesto a firmar la prejubilación si la empresa quería, pero siempre y cuando las condiciones económicas que le ofertasen fuesen dignas. A los pocos días cogió un avión desde Galicia a Madrid, entró en aquel gran edificio y buscó el departamento de relaciones laborales. La entrevista fue muy cordial porque tuvo la suerte, dice, de que lo recibiera un antiguo compañero. Valoró la condiciones de prejubilación y la firma del documento no le llevó ni un minuto. De repente, sintió «una descompresión tremenda, que se entremezclaba con unas ganas enormes de salir del edificio». Quería hacer lo que llevaba años pensando hacer. Había llegado el momento. Su cerebro comenzó a proyectar la película de su vida laboral. Como persona educada, que lo es, nada más firmar, buscó a su responsable de la central de Madrid y le informó de que había firmado. Se despidió de todos sus jefes, y por supuesto de sus compañeros, a los que, está convencido, también les llegará el momento de las prejubilaciones, porque la reestructuración no está acabada. Abrazos, saludos, felicitaciones. Él, que hacía dos minutos que había firmado el papel, había pasado al «modo prejubileta, y con la sensación de una enorme seguridad», porque los que antes eran jefes con su papeliño firmado dejaron de ser tales. Los igualó en un tris. Salió del edificio y buscó un jardín. Fue en la calle Arturo Soria donde sacó la corbata y la colgó en un árbol. Esa fue la verdadera y única firma de su prejubilación y ruptura con un mundo laboral que un mes después le empezó a sonar lejano. Hace unos días una amiga lo vio paseando por el mundo «jirafondo», ese que Elba imaginó cuando tenía 6 años: «Es el mundo de las jirafas, que miran desde allá arriba, por encima de todo, y con sus ojos tranquilos y bondadosos. Porque la jirafa es tan grande como buena, apacible y bonita».

En el mundo jirafondo nadie, absolutamente nadie, lleva esa corbata que llega a ahogar hasta extremos insospechados, hasta situaciones de locura. Quien quiere entrar tiene que colgar su corbata en la rama de un árbol de un parque de niños.

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