Argimiro Fernández Janeiro: «Soy aldeano, me siento orgulloso. Nadie puede renunciar a sus orígenes»

El empresario dirige una compañía con presencia nacional y que desde este mes ha comenzado a operar en Portugal


redacción / la voz

Argimiro Fernández Janeiro (17 de febrero de 1974) es empresario, de esos de familia humilde y hechos a sí mismos. Sus primeros años de vida los pasó estudiando y ayudando en casa: «En la panadería y atendiendo a las vacas por las tardes». A los 14 su padre le puso a él y a su hermano una ferretería de 50 metros cuadrados, en Dozón. Lograron facturar un millón de euros. Fue escalando posiciones en la industria, donde hoy es referente con sus dos empresas de suministros GSI y Sumiagua, dedicada a la distribución de tuberías y accesorios para obra pública y calefacción.

-Empecé a los 14 años. Soy un aldeano, nací en una aldea, y con mucho orgullo lo digo. Todo era sacrificio. Había que ayudar a mis padres. A los 18, mi hermano entra en el mundo de la banca y yo me quedé con el negocio. ¡Las vueltas que da la vida! Quería ser camionero, y al final soy empresario. Hemos conseguido vender más allá de Dozón, de Lalín, y situarnos entre las primeras empresas a nivel nacional del sector de suministro industrial. Vendemos en Galicia, en el resto de España y, desde este mes, en Portugal, pues abrimos una delegación en Maia.

-¿Cómo nació la empresa? Dicen que fue la de las palas de Cuíña [uno de los conselleiros de la época de Fraga con mayor peso, ya fallecido].

-La empresa nació en el 2000, y entre ese año y el 2006, la familia Cuíña estuvo en el accionariado. Tenían el 50 % y yo el otro 50 %. Pensé que había la necesidad en Galicia de un proyecto de ferretería de suministro industrial global, y los hermanos Cuíña tenían ganas de crear más empresas. Así nace el proyecto GSI, y circunstancias de la vida y del mundo político, acabamos siendo víctimas del Prestige.

-¿Qué pasó?

-Una venta ínfima de GSI (no sé si de unos 20.000 euros a una empresa de Pontevedra) sirvió como cebo político y se sacó de contexto. Salían portadas: «Una empresa de la familia Cuíña vende miles de trajes de agua para el Prestige». Y cada traje desechable blanco costaba 0,60. Mil son menos de mil euros. Eso nos pasó una factura comercial enorme, que arrastramos durante muchos años. Me dolía porque se señalaba a GSI como la empresa de la familia Cuíña y esta solo era uno de los dos accionistas. Yo era el otro y había un equipo humano que tiraba del proyecto y peleaba en el día a día. Al final daba la sensación de que ese equipo no existía -y aún están hoy- y que nos venía todo dado del aire.

-Confiesa que lo ocurrido en esos años le hizo mucho daño. A usted no le gusta la política.

-No, no, no. Ni me gusta ni la piso. Me marcó. Yo tenía 28 años. Jamás había estado en un medio de comunicación y en 24 horas tenía a todas las cámaras a nivel nacional delante de la puerta, y yo dando ruedas de prensa. Esa situación te marca para la vida. Los empresarios tenemos que estar totalmente desvinculados del mundo político. Convivimos con partidos de todos los colores.

-A partir del 2006 usted asume el total del accionariado.

-Sí, e iniciamos una nueva etapa. Construimos las actuales instalaciones de más de 12.000 metros cuadrados (entre las dos empresas) y multiplicamos la capacidad de almacenamiento por cinco con un plan estratégico a cinco años con un crecimiento importante. Pero en el 2007 nos encontramos con la realidad de que los mercados se van abajo. Nos reajustamos para pasar una crisis muy dura.

-Usted dice que es un aldeano.

-Lo digo porque lo soy, y me siento muy orgulloso. Nadie puede renunciar a sus orígenes. Las oportunidades que hay si naces en una aldea o en una ciudad no son las mismas. Yo pisé la playa por primera vez a los 13 años. Eso se puede extrapolar a mil cosas: idiomas, deportes... Te aporta otros valores muy importantes. Por ejemplo, te exiges más a ti mismo. Reconoces el sacrificio de tus padres para sacar a la familia para adelante. Intento no perder los principios de humildad, de sensatez, quiero tener los pies en la tierra (cometiendo errores, que los cometemos todos), busco un nivel de autoexigencia de seriedad, de esfuerzo, de sacrificio. Mis padres se levantaban a las cuatro de la mañana y se acostaban entre las 11 y las 12 de la noche. Dormían cuatro horas. Me acuerdo de inviernos de no ver a mi padre. Cuando nos levantábamos no estaba y cuando nos acostábamos ya se había ido. Mi padre durante el invierno gastaba dos o tres trajes de agua. Estaba prácticamente mojado todos los días y todo el día. Veía a mi madre cogiendo sacos de 50 kilos de harina del suelo. Hoy nos quejamos por todo.

-Antes de la entrevista, me reconoció que tiene alguna fobia.

-Tengo varias fobias y temores. Me da pánico el agua. Fue a raíz de un susto con 14 años. Me encantaría aprender a nadar pero no he sido capaz. No soy una persona insegura, pero tengo temor al fracaso, a fallar, a los errores. Soy muy exigente conmigo mismo. Pienso muy a menudo en que es importante tener los pies en la tierra. He visto a gente en posiciones buenas, infinitamente más sólidas y pudientes que la mía, que se les fue la cabeza. Perdieron los principios de control, se les escapó la empresa, la vida personal... Todo repercute en el proyecto. Es triste porque, además, no te arruinas tú solo, sino a un montón de familias. Yo no tengo dinero, y no trabajo por dinero. En mis empresas no se reparten beneficios. Disfruto con los proyectos; el equipo humano es mi segunda familia. Los conozco a todos y tengo un trato directo con cada uno de ellos. Son de primera división. Me respetan y me apoyan.

-¿Desde Lalín no es difícil llevar una empresa como GSI?

-A nivel logística no hay diferencia. Y en cuanto a personal, Santiago y Ourense están a tiro de piedra. La gente se implica más.

-Tiene una hija de 23 años, y usted tiene cuarenta y pocos.

-Con 21 años no estás preparado para ser padre. Estoy orgullosísimo de ella. Es hija, confidente y amiga. Acaba de terminar magisterio infantil.

-¿Su hija se quedará con la empresa?

-La empresa está lo suficientemente profesionalizada para que, aunque yo no esté, salga adelante. Pero el mercado está muy cambiante. GSI está en posición de crecer, en posición compradora. Atentos a cualquier movimiento del mercado.

-Más del 90 % de los trabajadores de la plantilla son fijos. ¿No le da miedo?

-No. Tienes que confiar en el equipo. Además, a día de hoy, tal y como están las leyes, qué más da. Es poco más. Desgraciadamente para los trabajadores. Para un empresario, evidentemente, si se ve obligado a paralizar una actividad y hacer frente al pasivo laboral, es un problema. Pero no puedes pensar en eso. A la gente la tienes que ver motivada.

-¿Empezará otra crisis?

-Uf. No hay más que ver el problema catalán, las declaraciones del presidente vasco, cómo está la política... La banca no está ganando dinero, y eso no es normal. Los empresarios no podemos comprar dinero al 1 %. Es un error, en mi humilde opinión. Si la banca no gana dinero, no se va a sostener. Iremos a una mayor concentración del sistema financiero y en unos años habrá menos oferta. La poca que quede planteará unos precios que provocará que nosotros no seamos competitivos.

-¿Cuántas referencias manejan ahora?

-En almacén hay 24.000 referencias, a las que se suman las que hay en catálogo. En GSI sacamos más de 1.500 líneas de pedido diarias, que están entregadas en menos de 24 horas después de que el cliente haya realizado el pedido.

[Al preguntarle por los clientes, insiste en los grandes empresarios de Galicia].

-Además de Amancio Ortega e Inditex, que es de otro nivel, me gustaría destacar por haberse hecho a sí mismos también a personas como Cortizo, las familias Regueira, Froiz, Tojeiro, Calvo, Escurís... Mantienen valores fundamentales. Creo que los empresarios en Galicia no nos valoramos lo suficiente. Fuera reconocen más nuestro trabajo.

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