Amancio López Seijas: «Mis padres no dejaron que el destino determinara el futuro de sus hijos»

El presidente del grupo Hotusa fue uno de los primeros empresarios de España. Sostiene que «lo que no se aprende en casa ya no se aprende»


redacción / la voz

E ti de quen ves sendo? Esta fue la primera pregunta que le hizo el presidente del grupo Hotusa -1.150 millones de euros de facturación y 6.000 empleados directos- al fotógrafo de esta entrevista. Tras contestarle, Amancio López Seijas ató cabos. El encuentro fue en Vía Romana, una bodega asentada en una de las montañas que envuelven Belesar. En ese espacio se amontonan sus vivencias. Fue becado por la Fundación Barrié. Estuvo interno en un colegio de León y luego estudió en Monforte.

-¿Quién es este gallego de Chantada?

-Hacerle esta pregunta a un gallego es complicado. Es un mundo de cosas del pasado, de tus padres, de tus antepasados, de tu infancia, juventud y madurez. Hay una parte genética y otra, el entorno, que te va formando. Supongo, aunque no estoy muy seguro.

-¿Qué recuerda de sus padres?

-Todo. Como alguien dijo, la verdadera patria es la infancia. Aquí están mis recuerdos de los primeros años, y lo demás no deja de ser una consecuencia de este origen. Para mí, sus valores, sus principios son los fundamentos, que luego vas perfeccionando. Pero lo que no se aprende en casa ya no se aprende.

-¿Qué aprendió en casa?

-Ellos eran de una aldea, eran campesinos. Aquí delante teníamos una pequeña viña. Aprendí que nunca se quejaron de nada y que tampoco nunca permitieron que el destino determinase el futuro de sus hijos. Fueron capaces de encontrar una salida. Sin resignación ni victimismo, y con determinación para cambiar el destino.

-¿Cómo acabó en Barcelona?

-Con 17 años me fui a buscar trabajo a las Baleares, a Mallorca. Pasé por Barcelona. Era el año 73, y esa era la ciudad que Eduardo Mendoza definió como la ciudad de los prodigios. Había de todo, hasta escuelas de esperanto. Estuve cuatro o cinco días. Desde ese momento tuve claro que quería volver a la que era un referente de la Europa abierta. Fue una ciudad elegida.

-¿Cual fue su primer trabajo?

-En Menorca, en un hotel, donde estuve en la caja de una discoteca. Fueron solo dos meses. Después desembarqué en Cala D’Or, en Mallorca, como recepcionista del hotel Dolce Farniente, hace ahora 45 años, tal día como un 11 de mayo. Tras un par de años, regresé a Barcelona por aquel deseo. Trabajé dos años más en distintos hoteles y, después del servicio militar, también en Barcelona de pura casualidad (fui sorteado desde aquí), empecé con este proyecto de empresa.

-¿Cómo surgió?

-Tenía 22 años, y tres hoteles independientes decidieron unirse. Tuve la oportunidad de participar en ese proyecto y dirigirlo, con pocos medios. Lo inicié como directivo y pequeño accionista, con muy poco capital. La idea era que los hoteles individuales e independientes se asociaran para poder competir con grandes cadenas. Yo era el mayor de los profesionales que allí trabajábamos. A esas edades ni tienes vértigo ni temor a nada, y fuimos configurando un proyecto que lleva ya más de 40 años. La mezcla de rigor, ilusión, tenacidad y constancia... todo ese mix suele hacer una buena combinación.

-Le digo unas frases y las continúa: «Todo lo que no se sabe se aprende».

-Lo que sabemos lo hacemos, y lo que no, lo aprendemos. Lo más difícil es desaprender cuando uno se forma esquemas fijos que se vuelven rígidos. Aprender es fácil, desaprender es más difícil.

-«Se tiene una solución o se forma parte de un problema».

-La actitud es muy importante en la vida. O dedicas el tiempo a buscar soluciones o a explicar los problemas. El pesimismo, el optimismo son sentimientos que pueden ser estériles. Solo la actitud para buscar las soluciones es lo que importa.

-«La imaginación es más importante que el conocimiento. Este es limitado, la imaginación ilimitada».

-Además se retroalimenta. Cuanto más creativo eres más puertas se abren.

-Se ha dado cuenta de que estas frases son suyas. [Se ríe]. Seguimos. No le importa hablar de política.

-No me entusiasma.

-Pero no le importa.

-Sí me importa. Prefiero hablar desde el punto de vista empresarial. Para que la empresa tenga éxito, genere riqueza y cree puestos de trabajo, necesita estabilidad política, seguridad jurídica, certeza, confianza. Se necesita en el mundo empresarial y en todo en la vida.

-Y Cataluña...

-Está en una situación complicada. Confiemos en que las cosas no vayan a peor, y que poco a poco mejoren. Hay que evitar que la sociedad esté fracturada, dividida y que esta situación se consolide. Este es el mayor problema. La sociedad catalana, al margen de ideología, siempre había convivido magníficamente. Ojalá pueda seguir así. Soluciones rápidas y fáciles no se prevén. Espero que se encuentren caminos comunes.

-¿Es difícil cerrar todos los años con resultados positivos?

-Es una suerte que hemos tenido y una obsesión también. A veces digo en broma que hay dos normas: la primera, hay que ser rentable y ganar dinero siempre; la segunda, no olvidar la primera. Perder dinero da mala suerte. Aunque tengas una organización de una cierta dimensión, no te puedes basar en teorías generales. Tienes que ver cada caso, y tienes que hacer trajes a medida. Es como si uno tiene un montón de hijos pero no puede teorizar porque cada uno es distinto. Se establecen políticas generales que a veces te hacen perder la realidad. La estrategia es general; la aplicación, concreta.

-¿Le he entendido que el dinero es malo?

-No. El dinero es un medio. Hay personas para las que el dinero es un fin. Yo no pienso así. El dinero es un medio que te permite hacer cosas. Una de las características de nuestra organización es que siempre ha ganado dinero y nunca ha repartido dividendos. Todo lo que se ha ganado se ha reinvertido en la propia organización. Así que los beneficios han sido un medio para que el proyecto pueda continuar y perpetuarse en el tiempo

-¿Cómo está repartido el capital?

-Todos los accionistas son del inicio, los de aquellas 150.000 pesetas de origen. Algunos han vendido y yo he ido comprando. Ahora tengo mayoría, el 70 %.

-¿Qué tiene en Chantada?

-Un proyecto de futuro con más de 200 personas, de las que el 75 % son universitarios y más de un 60 % mujeres. Aquí tenemos una división de nuestros servicios centrales. Puede ser una prueba de que el mundo ha cambiado, de que la tradición de que la gente va a buscar trabajo adonde lo hay puede invertirse. Con el mundo de la globalización digital y tecnológica, el trabajo estará donde estén las personas. Seguramente a las personas no se las va a valorar solo por sus conocimientos, sino por su compromiso, por su responsabilidad, por su calidad humana. Cualquier lugar en Galicia, como Chantada, y no es un tópico, puede ser un punto fuerte, sobre todo en cuanto al grado de compromiso. En ámbitos rurales, la educación que aprendes de los padres y de los abuelos y de los tíos quizá tenga más profundidad de lo que te enseñan en un barrio de una ciudad. A mí algo me hace pensar que el entorno rural tiene un nivel de calidad, en ese sentido, superior al urbano. Eso puede dar sentido a que un proyecto como este tenga éxito. Está basado en la confianza en las personas y en el compromiso, con el único objetivo de que perdure en el tiempo, igual que las familias se preocupan de los nietos y de los hijos.

-Otra frase: «El líder tiene una actitud para construir».

-Adaptando un poco el ideal de Kant, yo digo que antes de una obra tiene que haber un proyecto y antes una idea y antes un ideal. El ideal por sí mismo no es suficiente, pero sin ideal jamás habrá nada.

Profundo y gallego

Este ejecutivo que en 1977 puso en marcha el primer consorcio independiente del mundo cree que el pesimismo es tóxico y corrosivo. Se extiende y te destruye. «Parece más brillante describir los problemas que buscarles una solución», remarca. Lo curioso, dice, es que la proactividad no está intelectualmente bien valorada. «Si todo el talento que tienen los economistas -argumenta- lo destinasen a solucionar problemas y no a dramatizarlos, mejor nos iría». Está casado con Ana, su puntal y la primera de ese grupo de personas «que no te mereces». Sus hijas Marina y Clara trabajan con él y en ellas tiene toda la confianza. Mirando hacia la montaña lucense, López subraya que el AVE cambiará toda Galicia para mejor.

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