El «otro» Nobel de Economía del 2004


Profesor de la USC

F. E. Kyndland, premio Nobel de Economía del año 2004 compartido con E. E. Prescott, ha impartido esta semana una conferencia magistral en la Universidad de Santiago de Compostela. El laureado economista de origen noruego ha declarado recientemente que el freno de la productividad es la principal causa del actual riesgo de pobreza de una parte significativa de la fuerza de trabajo. Kyndland puso como ejemplo a la economía argentina, en la que el empobrecimiento de los trabajadores se debió a «decisiones estúpidas» de política económica a corto plazo que se adoptaron en el pasado y que degeneraron en caídas de empleo y salarios.

Kyndland se refiere, en parte, a las decisiones de política monetaria aplicadas en Argentina durante el corralito financiero, fenómeno crítico en primer plano en el 2004, año en que se le concede el prestigioso galardón. Pero quizás no conozca una anécdota (que ya ha mutado en categoría analítica) protagonizada por Roberto Lavagna, reconfirmado ministro de Economía del primer mandato de Kirchner que, ante el callejón sin salida de la crisis financiera, viaja urgentemente a Washington para entrevistarse con el secretario del Tesoro estadounidense, Paul O'Neill, y con la segunda autoridad del Fondo Monetario Internacional (FMI), Anne Krueger. En la cartera del ministro argentino solamente se encontraban peticiones de renegociación de deuda y créditos adicionales para dotar de liquidez a una economía en retroceso hacia el trueque medieval. Aparte de estas peticiones, Lavagna llevaba, entre sus lecturas, un artículo de Kyndland-Zarazaga, Argentina's Lost Decade.

El viaje fue inútil. El secretario O'Neill advierte al ministro Lavagna de que Argentina estaba en el punto de mira de importantes fondos de inversión internacionales que facilitarían nueva liquidez. Los fondos buitre habían olfateado la descomposición de una economía exhausta. Y tras la visita al FMI, la subdirectora Krueger le hace a Lavagna dos regalos en forma de parábola: un archivador vacío (para guardar definitivamente artículos académicos de política monetaria) y un pequeño cofre metálico en el que se ingresara la facturación de los restos del sector público aún no privatizados en la etapa menemista. El primer regalo, constituía una curiosa invitación a que el Banco Central Argentino cediera la autonomía de gestión monetaria y financiera; el segundo, a recordar que la prioridad de la política económica argentina era satisfacer puntualmente sus compromisos internacionales antes que cualquier demanda social interna. Si el gobierno argentino adoptara iniciativas diferentes, seguro que se podrían considerar «decisiones estúpidas».

El mismo año 2004, la Academia sueca no sólo galardonó a Kyndland y Prescott sino que, además, rechazó el reconocimiento a corrientes críticas y alternativas a la tradicional ortodoxia. En este sentido, se activó la candidatura de apoyo internacional para la concesión del Nobel a Celso Furtado como un reconocimiento a posiciones heterodoxas siempre postergadas en dicho premio. Y no sería por falta de candidatos de indiscutible solvencia que ya forman parte de la historia del pensamiento económico: Kalecki, Sraffa, Prebisch, Galbraith, Sweezy, Hirschman, Furtado... Incluso, es difícilmente comprensible que, en 1969, primer año de concesión de este galardón, no fuera concedido -aunque fuera simultáneamente con Frisch y Tinbergen- a la gran economista Joan Robinson.

Celso Furtado, el otro Nobel de Economía de aquel 2004, falleció en noviembre del mismo año. Pero seguro que, en los fastos del aniversario facultativo, los miembros de la comunidad universitaria (en el salón de grados o en el salón noble) nos volvamos a reafirmar en que el conocimiento de las principales aportaciones científicas en nuestra disciplina -como las formuladas también por F. Kyndland- no supongan en modo alguno la esclavitud del pensamiento único.

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