Vivir con una inflación del 13.800 %

La gestión de Maduro ha llevado a una de las peores crisis de la historia, según el FMI. Él culpa al sector privado, como ha hecho con Banesco

Venezolanos tras llegar al aeropuerto de Boa Vista, en Brasil, intentando dejar atrás la crisis
Venezolanos tras llegar al aeropuerto de Boa Vista, en Brasil, intentando dejar atrás la crisis

caracas / corresponsal

El 30 de abril, el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, anunció el tercer aumento del salario mínimo del año. El incremento fue de 95 % y lo llevó a 2.550.000 bolívares; al cambio no controlado, unos 4 euros. Esto no generó precisamente felicidad a sus gobernados: corrieron a los supermercados, dejándolos más vacíos de lo que estaban anteriormente. Buscaban deshacerse de su dinero antes de que la inflación se lo comiera, lo que sucede en horas. El 2 de mayo, tras el festivo, ese salario básico de los venezolanos apenas alcanzaba, de nuevo, para un pollo o para una cesta de 30 huevos.

La inflación en Venezuela estaba, en marzo, en una tasa interanual del 13.800 %, pero las perspectivas del Fondo Monetario Internacional (FMI) estiman que puede superar el 100.000 %. Los venezolanos están recibiendo apoyo del Programa Mundial de Alimentación de la ONU en Cúcuta, la primera ciudad tras la frontera con Colombia.

Pero hay más datos que permiten advertir esta monumental crisis. El 70 % de los venezolanos comen menos de tres veces al día, según la encuesta de condiciones de vida elaborada por las tres universidades más prestigiosas del país. Casi un tercio de los niños presentan desnutrición, indica Cáritas, y las escenas de gente comiendo en la basura se han vuelto tan cotidianas que ni son noticia.

El PIB cayó un 15 % el año pasado, y más de un 40 % desde el 2013, una depresión que el FMI estima como una de las peores crisis económicas de la historia. El 70 % de los comercios están cerrados. Hay escasez del 90 % de los medicamentos y del 80 % de los productos básicos de la cesta de la compra. El transporte y los servicios están colapsados por la carencia de repuestos y el control de precios. Cada aspecto de la vida diaria de los venezolanos es, literalmente, un calvario.

La huida del país

Las frías cifras se ven en la calle: Venezuela, que recibió a millones de inmigrantes, ha visto como más de 900.000 de sus ciudadanos han escapado del país en el último año; a Galicia llegan 250 cada mes. Desde que gobierna el chavismo, 4 millones se han ido. El país está sumido en una ruina pese a que la década pasada Venezuela vivió un bum sin precedentes de precios del petróleo, que permitió a Chávez construir un modelo populista que Maduro intenta replicar... pero sin dinero ni producción petrolera.

Al mandatario venezolano frecuentemente se le compara con Robert Mugabe, exdictador de Zimbabue, por su hostilidad hacia el libre mercado. La política de acoso y derribo al sector privado que el jueves sufrió Banesco se ha repetido cada vez que ha habido procesos electorales, indica Cedice, un think tank (laboratorio de ideas) liberal.

En su búsqueda de culpables externos, Maduro suele apuntar a la empresa privada. Acusa al empresariado de una supuesta guerra económica, según la cual misteriosos agentes económicos se estarían llevando los billetes venezolanos al exterior, tesis improbable si se toma en cuenta que el billete de más valor equivale hoy a ocho céntimos de euro.

Su Gobierno, tras salir derrotado en las elecciones parlamentarias del 2015, ha abandonado todas las cortapisas de impresión de dinero, y la masa monetaria creció más de 5.000 % el año pasado para financiar bonos que, además, está intensificando ante las elecciones del 20 de mayo.

Detrás de tal gestión está Alfredo Serrano Mancilla, economista a quien Maduro denomina «el Cristo de la economía». Y resulta que sus tesis marxistas no se cortarán si Maduro, como está cantado, gana los comicios. Al contrario, propone más controles a una economía en la que no se puede comprar un dólar libremente desde hace 15 años. El Gobierno ha puesto una alambrada de púas en todas las actividades económicas, incluyendo el petróleo, cuya producción, controlada por el Estado, ha caído a los niveles que tenía en el año 1940, agravando aún más un panorama que, los economistas coinciden, no tiene solución mientras se mantenga el régimen actual.

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