El absurdo del absurdo se da en las oficinas de empleo

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Lo que ocurre en el Servicio Público de Emprego de Galicia es tan increíble que llega a rozar el absurdo del absurdo. Con una eficiencia que raya el ridículo, su mejor marca fue haber colocado a dos de cada cien parados gallegos, según los últimos datos oficiales que fueron analizados detalladamente en esta misma sección por Gabriel Lemos. Contó el periodista que, de los más de 822.000 gallegos asalariados que había el año pasado en Galicia, solo 13.900 (el 1,7 % del total) habían accedido al puesto gracias a las gestiones del antiguo Inem, y resaltó que eran menos de la mitad de los que entraron en el mercado laboral a través de las empresas de trabajo temporal.

Con esta realidad encima de la mesa, la pregunta es: ¿por qué no funciona el antiguo Inem? Con arañar solo un poquito en el funcionamiento de la institución se constatan los siguientes fallos, que son graves y de base:

Primer problema. Las oficinas del servicio público de empleo prácticamente se limitan a hacer un tratamiento administrativo de los parados.

Segundo problema. Esa labor no significa que exista un buen sistema de inscripción, lo que se traduce en una explicación de libro, muy fácil y de pura lógica: la oferta (en caso de que la haya, que eso está por ver) y la demanda jamás pueden encajar. Encontrarle un empleo a un parado pasa por conocer pormenorizadamente su vida laboral (cuántos contratos tuvo anteriormente, durante cuánto tiempo, qué tipos de trabajo realizó, etcétera). Hoy esta información no existe en el sistema y, si existe, no está actualizada. Dicho de otra manera, está obsoleta, lo cual no se entiende, porque la propia Administración, concretamente la Seguridad Social, la tiene en su poder. Con teclear el DNI del parado tendría que ser suficiente para tener acceso a sus datos profesionales. «Así se explica que cuando nos piden albañiles les enviemos encofradores. El tratamiento de la información no existe y esto provoca errores garrafales», comenta un funcionario quemado por la situación.

Tercer problema. Los empleados públicos no destinan parte de su jornada laboral a visitar empresas con el fin de conocer pormenorizadamente cuáles son las necesidades reales en ellas. Este es otro factor que hace imposible casar oferta y demanda.

Cuarto problema. Si el parado no tiene bien asignado su CNO (codificación de su ocupación), jamás saldrá su nombre para realizar un empleo que sabría desempeñar perfectamente. La solución pasa por incrementar el personal técnico. Desde los sindicatos se calcula que, en una medida óptima, sería uno por cada 600 trabajadores.

Quinto problema. La formación. Ni se dan cursos que demanda el mercado laboral ni se trata de un aprendizaje continuo, explican las mismas fuentes consultadas.

Sexto problema. Una vez al mes, los parados que están adscritos a un itinerario de inserción tienen que acudir a la oficina de empleo. Allí su tutor los mirará a los ojos y les explicará, por ejemplo, qué cursos deberían hacer. «Todo es una farsa, una mandanga. Esa formación no se impartirá jamás. Les darán el mismo curso de siempre, el que repiten una y otra vez sin tener en cuenta los cambios económicos y sociales», revela una de las fuentes consultadas, que advierte que aquellas profesiones con mayor nivel de precariedad y de rotación suelen ser las que se consideran por parte de la Administración como «emergentes».

Séptimo problema. Hay 625 personas trabajando en las oficinas de empleo gallegas. Su realidad laboral es cuando menos difícil. Es lógico pensar que su motivación desaparece cuando saben, de antemano, cuál va a ser el fruto de su trabajo. Casi ninguno.

Octavo problema. ¿Quieren cambiar los responsables políticos esta realidad?

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