La empresaria china Fang Fang Jin: «Si mis padres me dicen: 'Fang, esto no se debe de hacer', así debe ser»

La primera ejecutiva del grupo Town dirige tres restaurantes en A Coruña, otro en Shanghái, un gran almacén y dos tiendas de moda

«Si mis padres me dicen 'Fang esto no se debe hacer', así debe ser» Dirige tres restaurantes en A Coruña, uno en Shangai, un gran almacén y dos tiendas de moda

redacción / la voz

De la señora Lin, su madre, le viene la vena empresarial. Fang Fang Jin (nació en la provincia de Zhejiang, el 5 de marzo de 1975) es la primera ejecutiva de un grupo de empresas integrado por tres restaurantes en A Coruña (Simbo, Town [el primer chino de la ciudad] y Shouri, de comida japonesa), dos tiendas de ropa (Lala Shanghái), el gran almacén China Mágica (está localizado en el polígono de A Grela) y otro restaurante en Shanghái (se llama Praga), y tiene previsto poner en marcha un nuevo negocio hostelero en Madrid. Asegura que no ha memorizado a cuánto asciende la facturación del Grupo Town, que en Galicia cuenta con unos 40 trabajadores. La empresaria participa también en China en un negocio de moda que ya cuenta con más de 200 tiendas, y en el que se metió un poco de casualidad, porque el mejor amigo de su marido les pidió el favor.

-¿De dónde salió su espíritu emprendedor?

-De mi madre. Es muy peleona. También del pueblo en el que nací. Todos sus habitantes quieren ser empresarios. La proporción es del 90 %, frente al 10 % que optan por ser funcionarios.

-¿Y su padre?

-Es más artista. Él es tallador de piedras, un maestro. En China tenía más de 20 alumnos. Les enseñaba a tallar cuatro letras chinas en una piedra preciosa del tamaño de la uña del pulgar. En la cultura china es muy importante el cuño. La firma sola no vale. Se necesita firma y cuño.

-¿Es usted la principal accionista del grupo?

-Sí, soy la que tiene mayor porcentaje. Pero nosotros somos muy de familia. Aunque mis hermanas tengan una participación pequeña, cuando abordamos una cuestión es como si todo fuera de todas. Cuando tengo que tomar una decisión importante, mis padres siempre participan. Nos reunimos. Casi todos los días estamos juntos. A mis padres les tengo mucho respeto, y a mi suegra. Aunque tenga la decisión tomada, siempre les consulto. Ellos me suelen dar el okey, pero si me dicen: «Fang esto no se puede hacer», así debe ser.

[De familia directa son 11 miembros, incluido su marido, un chino al que conoció en Madrid, y su suegra].

-¿Por qué abrir un restaurante en Shanghái? ¿Por la crisis?

-Sí, vimos diferentes oportunidades. La crisis es dura y estamos aguantando desde el 2007. Son muchos años. Habíamos decidido hacer algo allá porque tampoco sabemos dónde querrán quedarse mis dos hijas [con 15 y 12 años, hoy cursan sus estudios en un colegio internacional]. Tendrán las dos opciones. En Madrid queremos hacer un restaurante fusión. Allí tengo amistades, contactos y familia.

-Visto su carácter... ¿es piscis?

-Ni idea. Soy dragón, con un carácter perfecto para ser empresario: fuerte y bastante mandona.

-Cuando abre un negocio, ¿sigue algún tipo de ritual?

-Es muy importante fijar el día que empieza la obra. Lo miramos en el calendario chino. El peldaño del negocio tiene que ser un poquitín más alto que el suelo. El día de la apertura te tienes que poner algo rojo, y no blanco.

-¿Sus empleados son chinos?

-No todos. En las tiendas solemos contratar a personas de aquí. Por el idioma. La mayor parte de los chinos que están en A Coruña son mayores, de 35 y 40 años, y para ellos, quizá, es difícil aprender español. Los más jóvenes saben hablarlo. Mi prima, por ejemplo, está trabajando en Inditex. Sabe chino y español. Es como si hubiera nacido aquí. Los jóvenes tienen muchas salidas y son competitivos para empresas que tengan contactos con China. Estas les pagan más que yo en una de mis tiendas. También una parte de los camareros son españoles.

-¿Es difícil pagar los sueldos todos los meses?

-Para nosotros lo primero son los empleados. Si ellos han cumplido con las horas, no tienen la culpa de que tú ganes el dinero suficiente o no. Si no puedes pagarles, échalos y trabajas tú. Yo antes de no pagar al empleado prefiero cerrar el negocio.

«Si un chino muere, se traslada. Nos gusta nuestra casa»

Dicen que las hojas cuando caen vuelven a las raíces, igual que los chinos al morir.

-Sabe que se comenta que no mueren chinos en España....

-Sí, sí, lo dicen.

-Pero la muerte llega cuando llega.

-No sé si conoce el feng shui... Está relacionado con el yin y el yang. Nuestros antepasados, que están enterrados en nuestra tierra natal, son la protección para los descendientes. Mi abuela murió con 64 años, pero a los 50 empezó a buscar los terrenos para hacer su tumba. Decidió su localización, hacia donde tenía que colocarse su cuerpo. Para nosotros es una creencia muy importante porque de ella depende el futuro de los descendientes. Todo el mundo quiere ir a morir a su casa. Cerquita de la tumba de la abuela está la del hijo o la hija. 

-Si un chino se muere en España...

-Se traslada.

-¿Por eso no hay entierros chinos?

-Eso es. Nos gusta nuestra casa. Creemos que allí protegeremos a nuestros descendientes. Mis padres siempre dicen que los chinos somos muy respetuosos con los mayores, pero yo creo que los mayores hacen todo por sus hijos y nietos.

-Otra curiosidad en torno a los negocios chinos: ¿de dónde sale todo el dinero para abrir los negocios?

-Cuando mis padres vinieron traían el dinero de la venta de su fábrica. Al poco tiempo abrieron su negocio aquí. Otros emigrantes chinos no tienen esa suerte. Vienen y van creciendo poco a poco, como hormiguitas. Llegan y no gastan. Ahorran todo su sueldo. El 90 % quieren ser propietarios y no trabajar para otros. Comienzan con un negocio de poco valor, como una tienda de frutos secos de 20 metros cuadrados. Trabajan mucho y acumulan experiencia y dinero. Cuando ya tienen algo ahorrado, abren un negocio más grande o se hacen socios de otro chino.

-Y sobre la calidad de los productos chinos... No tienen buena fama.

-Es igual que en cualquier país. Si pagas, consigues calidad. Si me das diez euros, te doy un producto; si me das cien, te doy otra cosa. El empresario que compra en China quiere o no quiere pagar. La calidad, precisamente, depende de su actitud.

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