Antón Costas: «El modelo de bajos salarios es pan para hoy y hambre para mañana»

Este experto advierte que la pobreza debilita la capacidad de la democracia para responder a las necesidades sociales

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santiago / la voz

Observador privilegiado de la situación política y económica, Antón Costas Comesaña (Vigo, 1949) fue presidente del influyente Círculo de Economía barcelonés. Acaba de publicar El final del desconcierto. Un nuevo contrato social para que España funcione y hoy participa en Santiago en las II Jornadas de Auditoría, organizada por el Instituto de Censores Jurados de Cuentas y el Consello Galego de Economistas.

-¿Qué estamos haciendo mal en la salida de la crisis?

-Lo bueno es que hay un retorno claro al crecimiento económico. Tanto en España como en Europa. Pero ese regreso es incompleto y atípico.

-¿Por qué?

-No está beneficiando al conjunto de nuestras sociedades. Es un crecimiento sin salarios, sin buenos empleos, por tanto, sin progreso social. Y es atípico porque está muy empujado por la política monetaria del BCE, de dinero abundante. Y casi a coste cero. Es un crecimiento sedado, por decirlo así. Hay que ver qué pasa cuando el BCE retire estos estímulos, esta droga.

-¿En qué medida los bajos salarios explican la mayor desigualdad y el auge de la pobreza laboral?

-Es una de las dos causas. Estas retribuciones bajas afectan especialmente al 40 % de los hogares más pobres. El segundo motivo es que los precios de los bienes y servicios que afrontan esas familias no son precios de competencia, sino de monopolio. Gas, electricidad, agua e impuestos drenan de una forma extraordinaria la escasa renta disponible de ese 40 % de los hogares. Y esto hace que caigan en el umbral de la pobreza. El último dato de Eurostat así lo acredita.

-¿Por qué no se actúa desde el poder político si tan claro está el diagnóstico?

-Hay un hecho intrigante: cuanto más desigual es una sociedad y cuantas más personas están en la pobreza o cerca de ella peor funciona la democracia a la hora de recoger las necesidades de los más necesitados.

-¿A qué se debe esto?

-Hemos observado que los pobres tienen una menor propensión a votar. Si en A Coruña haces un mapa por barrios en función de la renta comprobarás que en las zonas más desfavorecidas la gente participa menos en los procesos: la pobreza debilita la capacidad de la democracia para ofrecer respuestas. Los que gobiernan, racionalmente, recogen las preferencias de aquellos que votan. Y los que votan son los acomodados.

-¿Está en peligro el modelo de clase media?

-Esa es una afirmación exagerada. La clase media patrimonialista, la que tiene vivienda en propiedad, no se ha reducido. Lo que sí es cierto es que, en todos los países desarrollados, la clase media ha tenido un crecimiento menor de su renta a lo largo de los últimos 15 años.

-¿Cree que peligra la sostenibilidad del sistema de pensiones?

-No soy tan catastrofista. Pequeñas reformas en muchos aspectos del modelo garantizarán su viabilidad. La sostenibilidad, en realidad, depende del funcionamiento de la economía. Si repartimos mal la riqueza, si hay trabajo precario, eso afectará a todos las pilares que suministran ingresos a los hogares. Hay que mejorar la renta de los hogares.

-¿Y cómo?

-Hay varios retos. El primero es conseguir una mayor estabilidad en el crecimiento de la economía, que no sea tan cíclica; segundo, que los mercados de bienes y servicios sean más eficientes, con precios en función de los costes; tercero, para competir hay que equilibrar el enfoque, huir del modelo actual de empleo precario, de bajos salarios: esto es pan para hoy y hambre para mañana. No tiene futuro. Lo que hay que hacer es aumentar el tamaño de las empresas, que es liliputiense, y que no puede tener mejoras de productividad. También hay que modificar el modelo de empresa predominante en España: es un modelo anticuado, de ordeno y mando, jerárquico y esclerótico. Aquí no hay productividad.

-Usted vive en Cataluña. ¿Cuál cree que será el coste económico real del independentismo?

-No solo hay que valorar la salida de sedes con una intensidad que no fui capaz de prever. Está la retracción del consumo por la incertidumbre o la salida de ahorros personales. Esto es muy importante. La producción de bienes y servicios sigue en Cataluña, no habrá caída del PIB, pero sí se perderá influencia. Si después de 21D Cataluña no transmite seguridad al inversor y al ahorrador, entonces la situación económica, lejos de mejorar, irá a peor.

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