El nuevo imperio comercial que anhela China

sara r. estella PEKÍN / E. LA VOZ

ECONOMÍA

JASON LEE | AFP

El gran proyecto globalizador de Xi Jinping supondrá una inversión de 900.000 millones de dólares

22 may 2017 . Actualizado a las 07:35 h.

En el barrio musulmán de Xi’an aún retumba el eco de la antigua Ruta de la Seda, de la que esta ciudad, hoy conocida por sus guerreros de terracota, fue el punto de partida. Herencia de los comerciantes que se asentaron en la época, hoy en día siguen abiertos cientos de comercios y vendedores que en plena calle ofrecen dulces de sésamo, carne de cordero a la brasa o platos más típicos de la gastronomía china, como los noodles. «Cada día veo en el periódico noticias sobre el proyecto de la Franja y la Ruta, hay mucha información», dice un heladero de 58 años que prefiere no dar su nombre. «Exactamente no sé de qué se trata ni si me influirá a mí», añade bajando la voz.

La ambiciosa y todavía abstracta idea de volver a unir Oriente y Occidente a través de proyectos de infraestructuras y comerciales la nombró por primera vez el presidente chino, Xi Jinping, en el 2013. Hace unos días, en un foro celebrado en Pekín, la presentó en sociedad ante 29 jefes de Estado y de Gobierno, entre ellos Mariano Rajoy, y representantes de más de 100 países. La cifra que más llama la atención de todas las que fueron desgranándose en esta cumbre es esta: 900.000 millones de dólares (casi tanto como todo el PIB español) que se invertirán en su materialización.

«La iniciativa de la Franja y la Ruta (nombre oficial del foro) no son una serie de proyectos definidos», explica Tom Miller, autor del libro China’s Asia Dream. «La economía china se está ralentizando y Pekín necesita urgentemente abrirse a nuevos caminos», añade Miller. Uno de los principales desafíos de China es dar salida a la enorme sobrecapacidad en industrias como el acero o el cemento, por lo que estos proyectos son su mejor opción.

Una de las suspicacias que han surgido en torno a esta propuesta es si China será capaz de hacerla bajo los parámetros internacionales. Tanto el Banco Mundial como el Fondo Monetario Internacional advirtieron durante el foro de la dificultad de cumplir las promesas del plan, como la de «beneficios para todos». Países como Alemania o Estados Unidos, que no estuvieron representados por sus presidentes, insistieron en que Pekín debe garantizar una mayor apertura comercial y de inversiones.

«Nos comprometemos a promover un sistema de comercio universal regulado, abierto, no discriminatorio e igualitario, bajo el marco de la Organización Mundial del Comercio», reza uno de los epígrafes del comunicado conjunto que se hizo público al finalizar la cumbre.

Los que sí ven con buenos ojos este ambicioso boceto son los países menos desarrollados de Asia, por donde principalmente se pretende revitalizar esas viejas rutas comerciales con nuevas infraestructuras que por sí mismos no se podrían financiar. El objetivo de China es que en total se inviertan cuatro billones de dólares en la creación de corredores económicos a lo largo de las antiguas rutas comerciales. Los fondos irán destinados a puertos, carreteras, líneas ferroviarias, oleoductos y otras infraestructuras.

Para la prensa occidental esto semeja una Plan Marshall chino. Lo cierto es que este ambicioso proyecto es más que eso, porque a la búsqueda de beneficios económicos se une también la posición geoestratégica. En otras palabras, China quiere aprovechar la retirada de Estados Unidos de planes estratégicos en Asia, como el acuerdo del TPP, para ocupar su hueco y dar un giro al poder político mundial. «La cumbre sobre la Nueva Ruta de la Seda se convocó para cimentar la determinación china de asumir un liderazgo global constructivo y moldear las relaciones internacionales según sus ideas», explica el experto Jan Gaspers a DPA. Así, puede conseguir que países como Pakistán, donde China podría perder el 80 % de lo invertido, pasen a depender de Pekín como pago por su endeudamiento.