Este es el bocazas que solo busca la poltrona y al que pagamos usted y yo

A sus 51 años, Dijsselbloem ha dejado claro que solo quiere seguir en su poltrona

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Su nombre es difícil de pronunciar para los españoles: Jeroen Dijsselbloem. Holandés de nacimiento (Eindhoven, 29 de marzo de 1966) preside en la actualidad el Eurogrupo y ocupa el cargo de ministro de Finanzas en funciones de los Países Bajos. Por ello, podríamos presuponer que sus conocimientos en economía son admirables, pero cabe la duda.

Primera mentirijilla

Es verdad que estudió ciencias económicas aplicadas a la agricultura en la Universidad de Wageningen y que también hizo un máster en investigación en Economía de la Empresa en Cork (Irlanda). Pero no es menos cierto que jamás obtuvo tal título y su equipo se ha visto obligado a corregir las biografías oficiales [primera mentirijilla que demuestra cómo es el paisano]. Aunque pasa muchas horas en la capital europea, Dijsselbloem vive con su pareja y sus dos hijos en una localidad de 38.000 habitantes. Su casa tiene un huerto donde este político que dice ser socialdemócrata planta sus verduras y cría una pequeña piara de cerdos. Se hizo visible públicamente en su país cuando criticó la violencia de los videojuegos y las referencias sexuales en la música. Pero poco más.

Segunda mentirijilla

Siempre fue subiendo en los escalafones políticos de la mano de alguien y cuando llegó a Bruselas casi no se le conocía y se advirtió de su poco peso político. Sin embargo, él con paso decidido puso su granito de arena en el rescate de Chipre e hizo caer las bolsas estrepitosamente cuando aseguró que el modelo chipriota -los depósitos de más de 100.000 euros deberían de hacer frente a los bancos en pérdidas- se iba a extender a toda Europa. Rectificó. No le quedó más remedio aunque la hemeroteca recuerda que en una tertulia nocturna de la televisión holandesa dijo que había tenido dificultades con el inglés. Nadie se lo creyó [segunda mentirijilla] porque este hombre cuenta con un nivel excelente de la lengua que domina el mundo gracias, entre otras cosas, a que tuvo un profesor de altura: su padre. A pesar de su ideología, Dijsselbloem también fue el interlocutor más duro con el rescate de Grecia. A juicio de algunos, hizo entrar a los griegos en vereda; para otros, se encargó de que se arrodillara ante la política capitalista más atroz.

Y tercera mentirijilla

La última de este hombre reconocible por su llamativa tez y sus rizos de escándalo se fraguó en una entrevista en un periódico de referencia de Alemania cuando declaró: «Como socialdemócrata considero la solidaridad extremadamente importante, pero quien pide, también tiene obligaciones. No puedo gastarme todo mi dinero en copas y mujeres y seguidamente pedirle su apoyo». Ahí se montó la de San Quintín. Fue acusado de racista, machista, xenófobo, pidieron su dimisión... Y él, ¿qué hizo? Nada. Ni disculparse.

Miguel Urban, eurodiputado por Podemos, cree que Dijsselbloem midió milimétricamente sus palabras y no se equivocó en lo que dijo porque «intenta contentar a Alemania y atacar directamente al ministro español De Guindos», su principal contrincante para ocupar la presidencia del Eurogrupo. Dijsselbloem la puede perder porque su puesto está íntimamente relacionado con el que se ocupe en el país. Y él y su partido han sufrido un descalabro estrepitoso en las últimas elecciones. «Pero no quiero a ninguno de los dos. Estaríamos cambiando de personas pero no de políticas», subrayó Urban.

Ante la indignación desatada en los países del sur de Europa, Dijsselbloem, educado en el catolicismo, se intentó explicar [y aquí surge su tercera mentirijilla]: «Lamento si alguien se ha ofendido por el comentario. Fue directo, y se explica en el contexto de la estricta cultura del calvinismo holandés». Sin embargo, Jorge Fernández, portavoz de la Federación de Entidades Religiosas Evangélicas de España, hace una matización importante: «El presidente del Eurogrupo no puede disculparse de sus exabruptos y de su arrogancia amparándose en una presunta fe religiosa». Advierte que las palabras del holandés marcan diferencias, son estigmatizantes y gesto de una mala educación.

A sus 51 años, este bocazas de Dijsselbloem (dícese de aquella persona que habla más de lo que aconseja la discreción) ha dejado claro que solo quiere seguir en su poltrona, esa que le pagamos usted, yo, los portugueses, los italianos y los griegos.

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