Las horas más bajas del Deutsche Bank

Las acciones del mayor banco germano han perdido casi la mitad de su valor en lo que va de año


redacción / la voz

Ocho años después de que la caída en desgracia de Lehman Brothers sumiera al planeta en una de las peores crisis que se recuerdan, otro mastodonte bancario mantiene al mundo -al financiero, claro- con el alma en vilo. No es otro que el Deutsche Bank, uno de los mayores bancos del orbe y, sobre todo, el primero de una de las economías más fiables del planeta: Alemania. De ahí la preocupación.

La mejor muestra de lo mal que andan las cosas por el gigante germano es la caída en barrena de sus acciones. Solo en lo que va de año se han dejado en el camino casi la mitad de su cotización. La entidad vale ahora 16.900 millones de euros. Poco más de lo que podría tener que pagar a las autoridades estadounidenses por haber contribuido con sus manejos a esparcir la podredumbre de las hipotecas basura por todo el mundo. Porque, eso sí, últimamente no hay fregao que se precie en el que no haya estado metido el Deutsche, un banco con una presencia discreta en Galicia: seis oficinas y 10.800 clientes. Basta con recordar los 2.500 millones de dólares que tuvo que pagar por haber manipulado durante años el euríbor; o el mea culpa que hubo de entonar por haber hecho otro tanto con los precios del oro y otros metales preciosos. Escándalos que han hundido la credibilidad de un banco que durante años personificó como ninguno -o eso parecía- la seriedad, la estabilidad y el poderío económico de Alemania.

Y es precisamente eso, la desconfianza lo que lo ha arrojado al fango. Hasta tal punto que se especula con la posibilidad de un rescate. Tanto el banco, por boca de su consejero delegado, John Cryan, como el Gobierno de Merkel lo han negado. Y no una vez, sino varias. Pero los inversores tienen la creciente sensación de que así será. No hay quien los apee del burro. Y algunos medios alemanes han publicado incluso que el plan ya está en marcha. Pero también hay analistas que aseguran que al Deutsche le quedan muchos cartuchos que quemar antes de tener que pedir ayuda al Estado. Tiene 1,8 billones de euros en activos, unos 25.000 millones de recursos propios y, según ha comunicado a sus empleados, más de 200.000 millones en activos líquidos.

Pero, haya o no rescate, ¿cómo es posible que el banco haya llegado a esta situación? Al margen del daño que le han hecho los escándalos -no solo en términos de imagen, sino también económicos: lleva más de 7.000 millones gastados en litigios-, lo que ha convertido en barro los pies del gigante germano son, sobre todo, los errores de gestión. Un modelo de negocio particularmente arriesgado. Y eso porque le ha dado la espalda al negocio de toda la vida, el de la banca minorista, para volcarse en la inversión. Es la alemana una entidad extremadamente activa en el poco transparente mercado de derivados financieros. De ahí, los temores del mercado. Porque si algo demuestra la tormenta de las últimas semanas es que ocho años después de lo de Lehman la gente sigue teniendo dudas de lo que se esconde en los balances de la banca. Nadie sabe quién tiene qué, como cuando Lehman.

Y para acabar de redondear el panorama, el Deutsche, como todos, ha de lidiar con un entorno de tipos cero que en nada le favorece. 

Multa de 12.700 millones

Ahora todo está pendiente de lo que decidan las autoridades estadounidenses. Pero, aunque la multa final por los manejos con las hipotecas basura se quede por debajo de los 14.000 millones de dólares (unos 12.700 millones de euros), la cifra que está sobre la mesa del Departamento de Justicia, los problemas para el Deutsche seguirán ahí. Y algo tendrá que hacer para solventarlos y recuperar la confianza y el favor de los inversores. De momento, ha suspendido el dividendo, recortado los bonus de los altos ejecutivos, anunciado la supresión de 35.000 empleos y congelado cualquier contratación (ni siquiera telefonistas) , pero no ha sido suficiente.

Con todo, lo que muchos analistas tienen claro es que no habrá otro Lehman. El Deutshe, dicen, es un too big to fail de libro. Demasiado grande para que Alemania o el BCE lo dejen caer como hizo EE.?UU. en el 2008. 

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