Rehenes del cortoplacismo


Brillante, carismático, seductor. Así lo definen a Mario Conde algunas de las personas que lo conocen, y lo cierto es que esos atributos coinciden bastante con la imagen que desea trasladarnos. Pero, ¿lo consigue? Tengo mis dudas. ¿Dónde está la brillantez de vivir pegado a los tribunales?, ¿qué carisma tiene el que no ha conseguido ni 20.000 votos en unas elecciones autonómicas? o ¿cómo puede seducir quien debe a la Agencia Tributaria cerca de diez millones de euros? Mario Conde siempre me recuerda aquel antiguo anuncio que rezaba «Así te ves, así te ven». Y lo cierto es que, sin negar la existencia de algunos que lo admiran, observando en él a un mártir del establishment, creo que la mayoría siguen detectando una imagen caduca, de otros tiempos. Al representante de una estética que parecía desaparecida y que los múltiples casos de corrupción han mostrado que solo estaba agazapada. La España casposa, del dinero fácil. En donde la pobreza es sinónimo de estupidez y el triunfo es de quien domina el pelotazo, gestiona brillantemente el tráfico de influencias o simplemente conoce el mundo a base de viajar de paraíso fiscal en paraíso fiscal. La realidad social reflejada por El Lazarillo de Tormes en versión siglo XXI.

Alguno me dirá «se ha de demostrar que Mario Conde ha blanqueado capitales y/o repatriado parte del dinero desaparecido de Banesto». Cierto y, aun en el caso de que las sospechas del fiscal tengan fundamento, tampoco tengo claro que un juzgado llegue a condenarlo. Nuestra Justicia muestra una incapacidad manifiesta para perseguir delitos económicos con base internacional. Demasiado complejo, la falta de medios y el transcurso del tiempo juegan siempre a favor del imputado. Lo que sí tengo claro es que Conde representa el fracaso de quien, aun siendo inteligente, se hunde por un exceso de ambición. Son rehenes del cortoplacismo, incapaces de esperar, hambrientos de reconocimiento social.

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