Los cigarreros gallegos se jubilan en Logroño

Exempleados de la fábrica de tabacos coruñesa trasladados reviven el mal trago del cierre; el tercero para alguno de ellos


redacción / La Voz

David Eive se presenta como «hijo de cigarrera y bisnieto de cigarrera». Por eso no extraña que cuando en 1996, con solo 22 años, lo contrataron para trabajar en la antigua fábrica de tabacos de A Coruña, las compañeras más veteranas le felicitasen como si hubiera sacado plaza en una oposición: «Me decían "¡neniño, que sorte tes, ti xubílaste aquí!"». Desde este martes, no tiene tan claro que el augurio vaya a cumplirse.

Ese día, Altadis -el grupo heredero de la antigua Tabacalera, hoy en manos de una multinacional inglesa- anunciaba el cierre de la planta de cigarrillos de Agoncillo, a unos veinte kilómetros de Logroño, la única de este producto que mantiene activa en España. David es uno de los 471 trabajadores afectados por una decisión que, para él, tiene cierto tinte de déjà vu. Porque, pese a su juventud -tiene solo 41 años-, es la tercera vez que pasa por esta situación.

La primera fue en el 2002. En diciembre de ese año, el mismo en el que se retiró su madre, echaba el candado la fábrica gallega. «Yo me había comprado un piso y acababan de entregármelo», explica Eive, que no se lo pensó dos veces. Vendió la casa y, junto a su novia, que dejó todo atrás para seguirlo, puso rumbo a Alicante, uno de los destinos que le ofrecieron para recolocarse: «Lo elegí por la situación, porque como tenía costa pensé que me recordaría a Coruña», pese a que la mayoría de sus compañeros habían optado por la primera opción que les presentaron: Logroño.

La elección le salió mal. Pese a que todo apuntaba a que era la planta con más proyección del grupo -se había inaugurado pocos meses antes y en su construcción se habían invertido 40 millones de euros-, apenas aguantó siete años en activo. En junio del 2008 se repetía la pesadilla para David: Alicante también cerraba. Y, de nuevo, le pillaba con su vida montada allí y otro piso en propiedad, del que esta vez no se deshizo.

Aunque no era la primera vez que pasaba por el trance, la angustia fue la misma: «Siempre te pilla por sorpresa, es un shock que te deja sin dormir y sin comer un par de días». Tocaba otro traslado -«es la peor forma de emigración, porque no decides tú»- y, entre las dos opciones que le presentaron, Cantabria y La Rioja, optó por la última. Erró de nuevo, porque la de Santander, especializada en la fabricación de puros y cigarros, será la última planta que Altadis mantenga en activo en España, pero eso siempre es fácil decirlo a toro pasado.

De hecho, no fue el único que tuvo la misma intuición. Óscar Pita, otro de esos coruñeses que continuó la tradición familiar en Tabacalera, en su caso desde 1985, hizo el mismo viaje. Como David, eligió Alicante como primer destino y, una vez cerrada esta fábrica -para él un proceso «menos traumático que la primera vez, cuando tenías que irte del sitio en el que habías nacido»-, también descartó mudarse a Cantabria. «Se rumoreaba que iba a durar poco y no me podía arriesgar a que me pillase otro cierre con esa edad», explica. Así que también se decantó por Logroño.

Pero, deshechas las maletas, el ruido no tardó en volver: «Lo de aquí yo lo veía venir desde hace tiempo, porque llevamos años con bajadas de producción», explica Pita, que critica sin embargo las formas del anuncio, sin el margen que se dejó en ocasiones anteriores. En su caso, reconoce, «las sensaciones son contradictorias, porque yo me salvo -con 51, está dentro del grupo que podrá acogerse a la prejubilación, que le garantiza un 70 % del sueldo bruto hasta la edad legal de retiro-, pero quedan otros 290 compañeros que no saben lo que va a pasar con ellos».

El vaso, medio lleno

Conchita, Manolo, Plácido... Son más los gallegos que reviven estos días en Logroño el mal trago que hace trece años ya pasaron en A Coruña, aunque muchos no encuentran fuerzas para contar sus historias. Entre los que hablan sin tapujos no falta quien, pese al mazazo, prefiere ver el vaso medio lleno y reconoce sentirse «un privilegiado». Es el caso de Vicente Rodríguez, operario que, como antes habían hecho su padre y su abuelo, entró a trabajar en la fábrica coruñesa en el año 81. «Para mi vida laboral fue una suerte entrar en Tabacalera, gracias a ello soy lo que soy y he podido mantener una calidad de vida», reconoce, en parte aliviado por saber que, a sus 58, también entra en el grupo de los que no tienen ante sí el dilema de dónde recolocarse.

Él es el único de los tres que tiene claro que su siguiente parada está en A Coruña, pero ya como jubilado. Después de enviudar en La Rioja «no hay nada ya que me arraigue aquí», así que su plan es regresar a la ciudad en la que creó su familia y vio crecer a sus hijos, hoy ya adultos, hasta que su trabajo lo obligó a emigrar temporalmente.

Más incertidumbre se le presenta a David Eive. «Yo tengo 25 años por delante hasta la jubilación y no se qué voy a hacer, porque aunque me he preocupado por formarme llevo veinte años trabajando en lo mismo», explica, con cierta preocupación. Él no sabe dónde rehará su vida. Acababa de comprarse un piso en Logroño para cumplir su sueño de asentarse y poner fin a una vida «de nómada», pero mantiene el de Alicante, donde también está la familia de su mujer, así que tendrán que pensar con calma cuál será la próxima parada. Será, eso sí, una decisión consensuada, porque si hay algo de lo que se siente especialmente orgulloso es de haber hecho todo el viaje junto a su familia: «Siempre hemos pensado que lo que tuviésemos que hacer, hacerlo juntos». Y no duda en que esa actitud ha sido un acierto: «Muchos de mis compañeros que se han alejado de sus familias por trabajo han acabado separándose definitivamente».

A diferencia de él, Óscar Pita no tiene duda sobre su destino una vez prejubilado: «Yo necesito calorcito, frío ya tuve bastante durante 37 años», así que su idea es poner de nuevo rumbo a Alicante, donde conserva una vivienda, ya que el anterior traslado le pilló en lo más crudo de la crisis del ladrillo y vender no era la opción más rentable.

El fin de la tradición

Si la presión política y social no consigue torcer los planes de la empresa, el próximo 30 de junio cerrará la verja la fábrica de tabacos de La Rioja y, con ella, concluirá el viaje de decenas de cigarreros coruñeses que hace trece años se vieron obligados a emigrar. Quedarán algunos que todavía trabajan en la fábrica de Cantabria, la única que el grupo mantendrá operativa tras clausurar otras doce en los últimos 16 años, pero los que quedan asumen que el tiempo, los tiempos, corren en su contra. El sector languidece, incapaz de competir en costes con los grandes centros de producción en Europa del Este en un mercado que cada vez demanda menos tabaco. El que fuera uno de los pulmones industriales de Galicia, del que llegaron a depender en sus mejores días casi cuatro mil familias coruñesas, agoniza sin respirador.

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