Galicia y los empresarios

Solo el 3 % del alumnado de las facultades gallegas quiere poner en marcha una compañía. La mayoría aspiran a ser trabajadores por cuenta ajena o empleados de las Administraciones Públicas


sofia.vazquez@lavoz.es

Si bien es cierto que la representatividad de las organizaciones empresariales gallegas -también nacionales- es prácticamente nula, no lo es menos que las luchas internas en la patronal gallega (CEG) que estamos viendo y leyendo a través de los medios de comunicación obedecen -según explican off the record en corrillos- más a un querer figurar y salir en la foto que a los negocios (propios y ajenos) que puedan impulsar desde las citadas organizaciones. También es verdad que en esta tierra hay grandes emprendedores en el más estricto sentido de la palabra (y sin limitarlos por razón de edad), aunque quizá existan por casualidad.

Empresarios representativos se preguntaron en el Foro Económico de Galicia -en el que a puerta cerrada se habla sin tapujos- cuándo llegará el día en que en las aulas universitarias de las facultades de Económicas y demás deje de ser menos del 3 % del alumnado el que quiera crear compañías que generen valor añadido, creen empleo y con las que ganen dinero. «La importación de empresarios es imposible -dijeron-, y para serlo en esta tierra hay que estar tolo porque en ocasiones te sientes como aquel hombre que quiere ser buzo pero vive en el Himalaya».

Su realidad la expusieron abiertamente ante buena parte de profesores universitarios y políticos, que tienen responsabilidades en el asunto. Ninguno de ellos contradijo a la clase empresarial. Quizá porque estaba abordando una verdad como un puño: la mayoría de los estudiantes piensan en ser trabajadores por cuenta ajena (aunque no siempre les sale bien y la cruda realidad los obliga a emprender) o empleados de las Administraciones Públicas.

Responsables de grandes compañías gallegas que estaban en el foro (y otros que no estaban, también) se quejan de que ser empresario no está bien visto socialmente. Es un estigma. «Es mejor pasar desapercibido porque si te mueves van a por ti», explicaba hace ya algunas semanas un importante ejecutivo de una compañía de la que posee prácticamente el 100 % del capital.

¿Tales afirmaciones se corresponden con una especie de complejo o con un no saber cómo alejarse de los escándalos de corrupción en los que también están metidos esos pseudoempresarios (realmente en este caso el sinónimo de la palabra que centra esta crónica sería el de conseguidores)? ¿Ese sentimiento obedecerá tal vez a reivindicar un trabajo que en muchas ocasiones lleva aparejado sacudirse toda la putrefacción que los salpica desde ese «pasas por el aro o ni hablar del negocio»?

Decisión sobre subvenciones

En un aviso a navegantes en este momento de salida de la crisis, se advirtió que la Administración tiene una gran responsabilidad en decidir a qué compañía ayuda y a cuál no. Porque todo el mundo conoce algún proyecto empresarial que venía a Galicia, tierra de acogida, con el único propósito de ser partícipe de subvenciones públicas pero no para hacer patria [nunca había desecho las maletas del todo] sino para inflarse sus bolsillos.

Como propuesta, empresarios presentes en el foro económico le pidieron a la Xunta que pensase en la posibilidad de realizar un censo de las empresas gallegas, de esas que nunca han hecho las maletas para deslocalizarse del territorio. ¿Por qué? Porque la única posibilidad de traslado de los centros de decisión es la muerte de la propia compañía. Nada se escuchó al respecto, nada se comentó. Habrá que esperar. Lo que sí quedó claro en el foro es que el denominado «efecto sede» existe y a él responden las más importantes decisiones, la riqueza de los territorios y el vivir mejor o peor de los ciudadanos de este país.

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