El nicho de la agricultura ecológica

Cada vez son más los que vuelven hacia esta rama del sector primario. El valor de las ventas creció el año pasado un 20,5 % hasta los 31,2 millones de euros


F. Fernández

Muchos vuelven a mancharse las manos de tierra por necesidad, porque perdieron su trabajo, otros por pura conciencia y unos cuantos más porque sí. Porque quieren vivir de la agricultura y, encima, practicar la ecología. Son cada vez más, como muestran los datos del Consello Regulador de Agricultura Ecolóxica (Craega). El valor de las ventas creció el año pasado un 20,5 % hasta los 31,2 millones de euros y los inscritos, un 5,5 % hasta los 703. Como Judith, José Luis, Álvaro, Juan...

El que se recicló / José Manuel Vila Lago

«Los comienzos fueron durísimos y sigue siendo difícil vender»

José Manuel Vila Lago (Mos, 1969) se quedó sin trabajo por el azote de la crisis. Harto de ordenadores y hambriento de aire libre decidió volver a los orígenes familiares y hacerse agricultor. Lo es desde el 2010 y dos años después consiguió el certificado del Consello Regulador de Agricultura Ecolóxica de Galicia (Craega). Cuando le tocó decidir qué cultivar, optó por las hierbas aromáticas, medicinales y cosméticas. Y así vive, entre los intensos olores de tomillos, salvias y oréganos. Parece idílico, pero... «¿Los comienzos? Fueron durísimos y sigue siendo muy difícil vender», reconoce este agricultor. Ni siquiera tener un sello de producción ecológica le ha abierto demasiadas puertas, al menos no tantas como sería de justicia. Vende sus hierbas a tiendas, sobre todo del entorno metropolitano de Vigo, pero muchas son reacias a comercializarlas como ecológicas -y se las pagan casi como si fuesen de la agricultura convencional- porque este término arredra a algunos clientes por el mito de que se trata de productos más caros. «No lo son, desde luego no por el trabajo que dan y su calidad», aclara José Manuel. Sus manos son las encargadas de hacer casi todo. Incluso de quitar las malas hierbas una a una. Puede parecer que José Manuel está desanimado o arrepentido de lanzarse a la aventura agrícola. Pero subraya que no. Aunque el negocio de las hierbas aromáticas le da fundamentalmente para sobrevivir. De hecho, dos días a la semana los reserva para dedicarse a la venta ambulante de complementos para mascotas.

Los exportadores / Álvaro y Juan Pérez-Lafuente

«En Galicia hay poco consumidor ecológico por falta de conciencia»

Conservas Antonio Pérez Lafuente, en Vilagarcía de Arousa, tiene al menos un siglo de vida. Pero los descendientes del fundador decidieron imprimir un cambio de rumbo a la empresa. Hace once años lo apostaron todo a las conservas ecológicas. Y les va de cine, según cuenta Álvaro Pérez-Lafuente Suárez, que, junto a Ignacio Pérez-Lafuente Córdoba, llevan las riendas de la conservera, que emplea a 29 personas. Pero les va viento en popa gracias al mercado europeo. El 80 % de la producción la compran alemanes, franceses, ingleses... El resto, casi todo va a Cataluña. En Galicia se quedan pocas latas. «Aquí hay poco consumidor ecológico y yo creo que no por cuestiones económicas, sino por falta de conciencia, porque no se valora el producto», opina Álvaro. La verdad es que estas latas son más caras que las convencionales. Pero es que tienen que serlo. A saber. Todos los ingredientes de las salsas que se usan para conservar el pescado tienen certificado ecológico, incluido, claro, el aceite que sirve de base para todo el proceso. Hasta elaboran una salsa con mostaza de Dijon ecológica.

Los Pérez-Lafuente solo compran especies capturadas con artes sostenibles (no depredadoras) -el atún, por ejemplo, se pesca con caña- y en mares próximos (Cantábrico, Mediterráneo y océano Atlántico). El mejillón procede de bateas certificadas. «Es lo que quieren nuestros clientes», resume Álvaro. Pero ¿a qué saben estos productos? «Son sabores más fuertes y colores más intensos».

La recién llegada / Judith García Andrade

«El trabajo del campo es muy gratificante pero poco valorado»

¿Qué preferirían? ¿Estudiar oposiciones o trabajar la tierra? Judith García Andrade dejó lo primero para hacer lo segundo hace dos años y medio. Y «nunca me he arrepentido», confiesa, aunque la adaptación no tuvo que ser fácil. «Bueno, el trabajo del campo es muy gratificante, pero está muy poco valorado», lamenta. Judith es la dueña de La huerta de la Almuzara, una empresa de venta de productos de temporada ecológicos que ella misma trabaja en un terreno en Bergondo (A Coruña) que era de su propiedad y unos invernaderos cercanos. La idea de cultivar la tierra le rondó la cabeza por pura conciencia. Era consumidora de productos ecológicos y pensó: «¿Por qué no yo?». Se apuntó a un curso de este tipo de agricultura organizado por la asociación Reserva da Biosfera Mariñas Coruñesas e Terras do Mandeo y para adelante. Con las manos en la tierra y mucho papeleo por medio obtuvo el certificado de Craega -que mira con lupa cada semilla que compra y cada grano de abono- y afrontó el mayor problema: la comercialización. Poco a poco fue ganando la batalla contra la «incredulidad de la gente con eso de la agricultura ecológica» y vende sus productos de la huerta en tiendas de la ciudad de A Coruña. También ha conseguido una cartera de clientes a los que sirve cestas a domicilio una vez por semana. Los encargos los hacen por correo electrónico, WhatsApp o teléfono. Y también suministra a grupos de consumo. Judith reconoce que sus tomates o lechugas son algo más caras que las convencionales. Porque aparte de pagar la cuota anual al Craega, las semillas y los abonos en agricultura ecológica son más caros.

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