Adiós al comodín del petróleo en África

En los países más dependientes del oro negro, su caída hunde las monedas y agrava el déficit


Acra / Colpisa

La fecha está grabada a sangre y fuego en la historia del continente africano. El 9 de julio del 2011, tras un largo peregrinar por el desierto, Sudán del Sur obtenía su ansiada independencia del vecino norteño y se convertía en el país más joven de la Tierra. Al margen de la libertad, las expectativas monetarias eran evidentes

Por aquel entonces, y hasta su separación, la producción total de petróleo de Sudán era de 459.900 barriles diarios. Y con el 75 % de las reservas de crudo en territorio del Sur, el panorama se antojaba esperanzador. Sin embargo, tres años y medio impera la desidia. El barril de crudo del país es, en la actualidad, el más barato del mundo (entre 20 y 25 dólares), debido a la caída generalizada de los precios y el deficitario sistema de infraestructuras. «Como parte de las negociaciones que llevaron a la independencia, el país acordó un pago fijo por el uso de un oleoducto que pasa por su vecino norteño», apunta el analista local Godfrey Okony. Por ello, el país comienza a diversificar su negocio. ¿Su proyecto más reciente? La gestación de una red de carreteras cercana a los 7.000 kilómetros. El coste, eso sí, no será barato: 4.000 millones de dólares (3.460 millones de euros) para un país cuyo presupuesto anual ronda los 10.000.

El caso de Sudán del Sur es el paradigma generalizado de los productores subsaharianos: el problema de economías que se jugaron su futuro a una sola carta, la del crudo -el 99 % del presupuesto nacional dependía de esta materia prima-. Y en la mayoría esa apuesta empieza a perderse.

A día de hoy, las exportaciones de petróleo representan entre el 40 y el 50 % del producto interior bruto (PIB) para Gabón, Angola y la República del Congo, y el 80 % en Guinea Ecuatorial. En los tres últimos países representa también el 75 % de los ingresos nacionales.

Para paliar esta dependencia, más aún en tiempos de crisis del sistema, algunos países reaccionan, aunque lentamente. Angola anunciaba en diciembre que destinaría 1.400 millones de euros para respaldar proyectos de infraestructura y hoteles ante un hipotético futuro en el que el oro negro no reluzca tanto

No obstante, la confianza en el sistema, que permite al Gobierno de Luanda producir 1,83 millones de barriles al día, todavía es desmesurada. «Sabemos que la economía de Angola se basa en el petróleo, por lo que debemos esperar a que este primer trimestre muestre una tendencia creciente en los precios», reconocía José María Botelho de Vasconcelos, ministro angoleño del Petróleo a principios de año. Entonces, en una semana, el precio por litro de gasolina se había elevado en las calles del país desde los 75 hasta los 90 kwanzas (0,74 euros)

Nigeria, en riesgo

Es un caso similar al de Nigeria. Pese a producir cerca de 2,5 millones de barriles al día, y ante la ausencia de refinerías eficientes, el país africano importa casi todo el combustible que consume, principalmente de Estados Unidos. Por ello, ajeno a las subvenciones estatales, el litro de gasolina se encuentra en 97 nairas (0,45 euros). «Nigeria necesita que los precios por barril sean superiores a los 100 dólares para que las finanzas no se hundan en el déficit», reconoce el consultor Rodger Ekemini.

«La caída del precio del crudo constituye una oportunidad para que muchos países reduzcan los subsidios a la energía», explican los economistas Rabah Arezki y Olivier Blanchard. Sin embargo, como ambos reconocen, «la caída del precio del petróleo ha contribuido a una abrupta depreciación de la moneda en diversos países exportadores», con caídas de hasta el 10 % en el 2014.

Pero la pérdida de valor del barril no es la única vía de agua. El pasado año, el gobernador del Banco Central de Nigeria, Lamido Sanusi, acusaba a la petrolera nacional (NNPC) de saquear los ingresos derivados del oro negro.

En una comparecencia en el Senado, sostuvo que de los 67.000 millones de dólares vendidos entre enero del 2012 y julio del 2013, 20.000 continúan «perdidos». La respuesta gubernamental fue apartarle del cargo.

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