Rato construyó Bankia sobre una gran mentira


Minutos después de agitar con vehemencia y orgullo la campana con la que se daba la bienvenida a Bankia en la Bolsa de Madrid, Rodrigo Rato, el hombre llamado a pilotar la gran fusión de cajas en España, proclamaba a los inversores: «Bankia se centrará en unas premisas de gestión muy claras, la solvencia, la gestión rigurosa de riesgos, la eficiencia y la austeridad de costes». «Lo hemos conseguido», anunció. Ahora sabemos, tres años y medio después, que sus palabras y toda aquella operación escondían muchas trampas. En las conclusiones remitidas a la Audiencia Nacional dentro del llamado caso Bankia, los peritos repiten machaconamente que los números eran pura ficción: «Los estados financieros no expresaban su imagen fiel». Morosidad maquillada, refinanciaciones a empresarios del ladrillo para evitar declarar créditos fallidos, pérdidas ocultas... La salida a Bolsa en el verano del 2011 fue una cuestión de Estado para PSOE y PP. Bankia iba a ser, tenía que ser, el símbolo de músculo financiero de España. Y se convirtió en una vergüenza que obligó, un año después, a que el Rajoy hincara las rodillas y pidiera el rescate bancario. Se descubrieron los tahúres, se destaparon las vergüenzas de Blesa y de Rato -lo de las tarjetas black, siendo grave, no lo peor-, y ante la inacción del Estado, algunos particulares (la plataforma social 15MpaRato y UPyD) se decidieron a llevar el caso ante la Justicia. Por ellos conocemos ahora una batería de irregularidades que le costaron mucho dinero a clientes, a preferentistas y a grandes empresarios, todos accionistas a su pesar, confiados en esas palabras de Rato: solvencia, gestión, rigor. Bankia se construyó sobre una gran mentira, de la que no pudieron ser ajenos (y si lo fueron, peor), auditores y supervisores. Y es seguro que aflorarán muchas más.

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