Rebajas fiscales: el populismo más popular


Uno de nuestros economistas de referencia y mayor credibilidad escribía recientemente un artículo sobre la delicada relación que en la actualidad se ha establecido entre capitalismo, desigualdad y democracia. Sobre todo en países desarrollados que, como España, están batiendo todos los récords de fragmentación social.

Concluía Antón Costas que para evitar males mayores se necesitaban, al menos, tres cosas: volver a meter el genio financiero en la botella; restaurar la capacidad recaudatoria y equitativa de los sistemas fiscales; y definir las prioridades del gasto público para construir una sociedad de oportunidades.

Es bien sabido que en España tenemos la mayor desigualdad de Europa, que estamos ocho puntos de PIB por debajo de los ingresos fiscales medios en la UE y que esa brecha se amplía a diez puntos en el gasto.

En ese contexto, las medidas fiscales del Gobierno (autodenominadas reforma fiscal) no cumplen con las prioridades del contrato social que postula Costas, pues no restauran la capacidad recaudatoria ni definen prioridades de gasto para enfrentar la rampante desigualdad, precariedad social y desempleo.

El Ejecutivo se limitó hasta ahora a trasvasar recursos de unas partidas (prestaciones por paro y nóminas de funcionarios) a otras (intereses de la deuda), trasvase que, para cumplir con el objetivo de déficit, requirió subir la presión fiscal a las rentas salariales medias. Mientras hacía esto, se plegaba al genio financiero saneando entidades con dinero público que muy rápido se privatizaban, o asumiendo sus pufos (por ejemplo en autopistas de peaje o el déficit tarifario de las eléctricas). Más deuda pública.

Una vez abierto en canal este trasvase, ahora el Gobierno promete a los ciudadanos un ligero alivio fiscal a cambio de olvidarse del insostenible Estado de bienestar. Bonificaciones en las cotizaciones sociales sí, pero caída del poder adquisitivo de las pensiones y vaciado del fondo de reserva. Menos ingresos sí, pero deterioro de la enseñanza y la sanidad públicas. Menos impuestos sí, pero caridad en vez de protección social.

Para las rentas altas (en buena medida no declaradas) es jauja: retienen en su bolsillo sus impuestos, su plan privado de pensiones, su colegio concertado, sus universidades privadas, su seguro médico... Pero para las (menguantes) rentas medias y las bajas es puro populismo: ponérselo cómodo, barato o fácil a cambio de un deterioro galopante de lo que obtendrán a cambio. No estamos, ni por asomo, ante un contrato social.

Quizás se confía en que las rentas altas disparen su consumo, y aún así queda por saber si será en productos que generen empleo en España.

Albino Prada es profesor de Economía de la Universidade de Vigo.

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