Las razones de la actuación del BCE


Adam Smith, en su conocida obra La Riqueza de las Naciones, lanzó la máxima: «No es la benevolencia del carnicero, ni del cervecero ni del panadero la que hace que ellos provean de bienes el mercado, sino su propio interés». Smith, con esta afirmación, desgajó a la economía de la filosofía moral y la catapultó hacía un espacio propio en donde la ética perdía protagonismo y pasaba a estar supeditada al sistema de preferencias de los agentes económicos. Es decir, si queremos vivir bajo el reinado de la solidaridad o la cooperación hemos de creer que estos marcos cooperativos aportan valor.  Y en esta Europa que nos toca vivir, hay dos cosas claras, la primera, que el líder natural es Alemania, y la segunda, que en ningún modo cree que lo que es bueno para españoles, italianos o franceses, ha de ser bueno para ella.  

Mario Draghi, hace unos días, le quitó el camuflaje al armamento del Banco Central Europeo (BCE) y mostró su capacidad de fuego. Los medios de comunicación se llenaron de analistas que afirmamos que estábamos ante un cambio de época, que el crecimiento pasaba a ser una obsesión para Europa. Y hasta aquí la historia es muy hermosa, pero muchos de los que escucharon o leyeron estos discursos han pensado y ¿por qué ahora y no hace seis meses? Otros se han preguntado, ¿Europa tiene que esperar a ver como sus hijos acuden a un comedor escolar durante julio y agosto para que mueva pieza? La respuesta oficial está clara, los riesgos de entrar en el pozo de la deflación no eran evidentes y por tanto tocaba esperar. La verdad es otra, Alemania tenía miedo a que estas medidas sobrecalentasen su economía. Al sur de Europa no la ve ni mirando por el espejo retrovisor.

Los germanos llevan tiempo conviviendo con una inflación inferior al 2?% pero esta situación no parecía quitarles el sueño hasta que en mayo han observado que el crecimiento interanual de los precios se les cae por debajo del 1?%, lo que no ocurría desde el 2010; y por otro lado, demasiadas partidas de su gasto como alimentación, comunicaciones, ocio o cultura se están acostumbrando a vivir con continuas bajadas de precios. Aunque dentro del sistema financiero alemán se han criticado las medidas de estímulo, lo cierto es que Ángela Merkel necesita compartir ejes transversales con el resto de la Unión. Debe evitar que su nación se instale en la permanente soledad, tiene que compartir estrategias. Su interés ya coincide con el nuestro. Lo que es bueno para Berlín también lo es para Europa. Ahora, si a esta conjunción de intereses le damos un poco de sal y pimienta, ya podemos construir, de cara a la historia, una nueva etapa de cooperación europea.

Ya remamos todos en la misma dirección y con el patrón gritando a viva voz cual es el camino. Pero como nos han robado la cartera en alguna ocasión y no nos hemos enterado (bueno, desde estas páginas sí lo hemos advertido) y otras veces el patrón nos ha dirigido contra las rocas, toca analizar con detalle el despliegue de armas del BCE. Y un análisis a vista de pájaro proporciona un paisaje esperanzador.  

Una parte de las medidas se basan en generar liquidez, las otras en canalizarlas hacia el sector privado no financiero. De las primeras no deberíamos esperar nada, se aplicaron en el pasado y apenas sirvieron de algo. El temor a la quiebra de España y las otras economías del sur, trasladó decenas de miles de millones tanto hacia la deuda pública alemana y francesa, como hacia el tejido empresarial germano. El miedo que generábamos, y otros alentaban, anegó de liquidez al norte de Europa. Mientras, aquí no solo fallecíamos por sed, sino que aún nos hacían sentir culpables, por haber vivido como vagos y maleantes. ¡Lo que hemos tenido que aguantar!

El otro paquete se divide en dos partes, una muy fácil de vigilar, que sería la compra de títulos de préstamos tanto industriales como domésticos, no se admiten hipotecarios. Aquí la dinámica funciona del siguiente modo, las entidades conceden la financiación, posteriormente la convierten en un título de deuda que será vendido al BCE. Con el dinero obtenido, el banco debería conceder nueva financiación y así sucesivas veces. Esta dinámica se denomina titulización de activos y era muy habitual en los tiempos previos a la crisis, la diferencia era que en aquellos tiempos pasados quienes compraban estos títulos eran los mercados internacionales y no el BCE. Es decir, el banco central no inventa nada, simplemente está jugando un papel que le correspondería a los mercados.

El punto crítico es la denominada barra de liquidez, es decir las inyecciones condicionadas a conceder financiación. En este caso, al no haber adquisición de préstamos solo hay una manera de controlar el destino del dinero, la supervisión. La cuestión es ¿seremos capaces de supervisar con éxito al sistema bancario? Lo dudo. ¿Volverá la banca a decir una cosa y hacer otra? Todo es posible.

Venancio Salcines es presidente de la Escuela de Finanzas

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