La congelación del salario mínimo ensancha la brecha con Europa

Los precios de los alimentos convergen en la UE más que los sueldos


Redacción / La Voz

La congelación del salario mínimo en los 753 euros mensuales (645,3, en 14 pagas) para el 2014 no solo tendrá un efecto virtual en las prestaciones que toman el SMI como referencia, sino un efecto real, de empobrecimiento, entre los trabajadores que, cada vez en mayor número, perciben el salario mínimo como sueldo. La ministra Fátima Báñez señalaba, al explicar la congelación, que esos trabajadores solo son 124.500, frente a 16 millones de ocupados que hay en el país.

Pero esa cifra debe de ser hoy mucho mayor. Al finalizar el año 2012, según la Agencia Tributaria, los trabajadores que cobraban el salario mínimo eran 215.300. El año anterior eran 48.000. A falta de los datos del ejercicio pasado, si se mantiene la tendencia de reducción salarial que facilitó la reforma laboral, serán, como mínimo, unos 300.000, el doble de los que señaló la ministra de Empleo, y quizás se acerquen más al 35 % de la población asalariada en que los cuantificó el año pasado un estudio de la Fundación Primero de Mayo, de Comisiones Obreras.

Poder adquisitivo en caída

El salario mínimo español sigue distanciándose del sueldo medio; hoy se sitúa en torno al 40 %, cuando la Carta Social Europea recomienda que se acerque al 60 %, lo que haría subir ese salario mínimo hasta los 983 euros mensuales. De acuerdo con un documento conjunto de CC.?OO. y UGT, desde que comenzó la crisis los trabajadores peor pagados han sufrido un 7 % de retroceso en su poder adquisitivo. Y, desde que Fátima Báñez llegó al ministerio, el SMI ha subido cuatro euros mientras que la cesta de la compra de subsistencia se ha encarecido en 40 euros. Si se examinan los precios del consumo más corriente, veremos que, al contrario de lo que ocurre en otros países europeos del sur, el SMI español no llega ni siquiera para poder pagar el alquiler de una vivienda de dos dormitorios en el extrarradio de las grandes ciudades.

Para desgracia de los trabajadores más pobres, el coste de los alimentos y de los bienes de consumo básico son hoy muy parecidos en las capitales europeas, mientras que las brechas salariales siguen siendo enormes. En el gráfico se puede ver la escasa diferencia de precio en una barra de pan, se compre en Londres o en Madrid. Este producto es, curiosamente, más caro en Atenas que en Madrid, pero eso se debe a un encarecimiento de la harina que ha dado lugar a protestas en el país heleno; en cambio, en España, el precio del pan ha caído hasta mínimos históricos por estrategia de alguna gran panificadora, que se ha contagiado en cadena a todas las grandes superficies.

Comer un menú del día en restaurantes modestos cuesta hoy casi lo mismo en cualquier ciudad europea, con la salvedad de que en países como el Reino Unido y Holanda lo habitual es el plato del día: una sopa de tomate o unos filetes de pollo con patatas fritas que se ingieren a mediodía y que para la tradición mediterránea serían un tentempié. Allí, la comida fuerte es la cena, y los ciudadanos suelen hacerla en casa.

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