La economía del fin del mundo

El último morador de una aldea gallega explica cómo afronta la crisis


monforte / la voz

«Cando me preguntan onde vivo, non digo o nome da aldea. Sempre contesto que vivo no fin do mundo». Emilio, 80 años, prácticamente todos discurridos allí, vive en Vilardemouros, una aldea fin de trayecto, de esas en las que mueren las pistas rurales. Él y su mujer son los últimos moradores de un núcleo donde vivieron decenas de familias y del que todas se marcharon. Todas menos la suya. Allí, aislados del ruido de fondo, a unos cuantos kilómetros de cualquier cosa, Emilio explica cómo le ha tocado la crisis y, sobre todo, cómo elude su siniestro manto.

«¿Como non me vai afectar? Sóbenme a luz, o butano... aféctanos a todos. E temos que pagar polas fincas que non dan nada. Eu deixei as terras polo xabarín que é unha pobreza; o peor que lle puido pasar ao campo». Emilio acaba de llegar de uno de sus escasísimos viajes a Monforte (16 kilómetros), a pasar por el médico y arreglar otras gestiones: «Non me gusta nada ir. Queres cruzar un paso de cebra e os coches non paran. Estou moito mellor aquí».

Boina calada y cara al sol que entra a cañón en la calle desierta, dice que ve todos los días los informativos de televisión («el parte»), pero no sabe o no quiere saber de los mecanismos que han acabado por subirle la bombona de butano y el recibo de la luz: «Eu voume coa corrente... hasta que se poida. Non me preocupo moito desas cousas». Pero Emilio sabe lo esencial: «Se a xente non ten traballo, non paga, e acabarán por quitar as pensións. E iso que os traballos agora xa non son os de antes. Iso ben o sabe vostede».

Esa información no le ha venido del parte. Le llega de su hija, que vive en Monforte y tiene uno de «esos trabajos», donde se cobra menos y se hacen más horas. Así que cuando Emilio desgrana su lista de gastos fijos mensuales, incluye las frecuentes ayudas a la chavala («para o gasoil»), que ya es una señora de 43 años. Sin esa última parte, los gastos apenas alcanzan los cien euros al mes. A lo que hay que añadir la alimentación. Pero Emilio aún cultiva sus patatas, tiene su huerta, sus gallinas, conejos a veces, cuatro ovejas siempre... De vez en cuando la hija sube algunas bolsas del súper con yogures, algo de pescado, fruta, leche... Y ahí sí que termina definitivamente la lista de gastos.

Habilidades

¿Cómo pasa el día Emilio? «Levántome cedo; arréglome un pouco, almorzo e voume coas catro ovellas». Tres o cuatro horas. Y otro par de ellas por la tarde. «Estou con elas. Vexo como mama o año, se o hai, como pacen... Por iso as teño, porque cústanme máis do que producen. Senón ¿que vou facer? Para falar un pouco, xente non hai».

En eso tiene razón. Es más fácil ver un jabalí o un corzo que una persona. Por eso, la conversación que empieza con un tono de desconfianza, se va dulcificando. Emilio me pregunta si sé el día de la semana en el que nací. Lo sé. «Pois dígame a fecha». No dudo ni por un momento de que pronto me dirá que nací en domingo, como así lo hace. Alardea de otras habilidades, como calcular la Pascua. «¿Sabe como o sei? Polas lúas. As lúas fan a Pascua».

Reconduzco hacia la economía, quiero saber qué opina de Rajoy, si se acuerda de Zapatero... «¡Que máis da! Se me puxeran a min sería a mesma cousa. ¿Quén pode levantar a casa cando hai tanta miseria? Isto é moi malo de arreglar». Da la impresión que de la boca de Emilio no salen más que verdades. La crisis aquí, donde hubo familias, vacas, trigo, vida... ya pasó, hace años, y dejó desolada la aldea de Vilardemouros. Así que el daño que causa la prima de riesgo llega muy amortiguado por el estruendoso silencio que rodea a Emilio, roto por la música de las ovejas al pacer.

«¿Quen pode levantar a casa cando hai tanta miseria? Isto é malo de arreglar»

«Deixei as terras polo xabarín que é unha pobreza; o peor que lle poido pasar ao campo».

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