Aquel verano que no olvidaré


El día que acabe la crisis me pondré una camiseta con el lema: «Yo sobreviví al 2007, 2008, 2009, 2010, 2011, 2012?». La crisis hizo su primera manifestación un verano del 2007. El mundo estaba lleno de dinero y el tipo de interés, por los suelos. Cuando esto ocurre, la ingeniería financiera hace su agosto y, cómo no, crea sus hijos bastardos. Así se gestaron las hipotecas subprime. De un día para otro, los bancos europeos, a excepción de los españoles, se encontraron con un cargamento de deuda pagada por sana y que había pasado a valer nada. Llegaron las nacionalizaciones bancarias. Aquí, el Gobierno entendió que esa no era su crisis y diseñó dos grandes paraguas. El primero, el FROB; el segundo, inversiones públicas que evitaran la destrucción de empleo. Los ahorradores internacionales se vuelven desconfiados. Han oído el derrumbe de la banca británica y alemana. Para comprar un bono emitido por una entidad desean conocer la robustez de quien lo emite. Empieza la crisis de solvencia y esta sí nos embiste de frente. La mitad del sector, las cajas, trabajaban con un capital ridículo y cargado de activos tóxicos de explosión retardada, los inmuebles. El mundo quería bancos con muchos accionistas dispuestos a dar la cara. Por ello, todos emiten acciones preferentes perpetuas, aunque una buena parte, los más ansiosos por venderlas, omiten la palabra acciones y lo dejan en preferentes. Miles de personas se convierten en accionistas sin derecho a voto. La construcción se hunde. El activo tóxico estalla. El paro se desborda. La morosidad enloquece. Los ingresos tributarios se desploman. Más déficit público. Las autonomías, al reírse de Zapatero, ensordecen a Rajoy. Demolemos el Estado de bienestar. Fin.

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Aquel verano que no olvidaré