«Miedo hay que tener un poco, pero no hay lugar para el nerviosismo»


de militar pasó a la construcción y llegó al Índico. Este albaceteño es uno de los vigilantes embarcados en los atuneros.

-¿Cómo es un día en su trabajo? ­-Muy monótono. Cada uno tiene su manera de sobrellevarlo. En las horas que tenemos de descanso, la gente realiza diferentes actividades, bien haciendo algo de deporte, estudiando... Se realizan prácticas de todo tipo para mantener a la gente entrenada en diferentes situaciones, lo que nos permite estar coordinados a la hora de enfrentarnos a cualquier tipo de alerta.

-¿Se ha visto en algún aprieto?

-Sí, pero afortunadamente solventado con éxito.

-¿Ha tenido que disparar?

-Lamentablemente, sí, pero tengo claro a lo que voy y a lo que me expongo.

-¿Había manejado armas del calibre que lleva ahora?

-Sí, en la unidad del Ejército donde estuve manejé todo tipo de armas y de diferentes calibres.

-¿Y el proceso de adaptación?

-A mí me fue muy bien, en cuatro o cinco días estaba perfectamente adaptado al barco.

-¿Siente miedo, nerviosismo o alguna vez lo sintió?

-El miedo es lo que nos hace a las personas estar alerta, por lo que creo que siempre habría que tener un poco. Para lo que no hay lugar es para el nerviosismo. Sabemos lo que tenemos que hacer en cada caso y sabemos hacerlo, no hay que ponerse nervioso. Además, es fundamental transmitir seguridad y tranquilidad a los marineros.

-¿Qué hacía antes y qué le impulsó a irse al Índico?

- Tras el Ejército me dediqué a la construcción y, cuando vi esta oportunidad, lo tuve claro: tenía que estar allí. Vine por la experiencia sin saber si iba a repetir, y ahora llevo varios embarques.

-¿Qué es lo que peor lleva?

-La distancia y el tiempo sin ver a la mujer, la familia, amigos...

-¿Se siente uno más de la tripulación?

-Sí, porque convivimos durante meses. Aunque ellos forman un equipo y nosotros otro diferente.

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