Dos Santos profanos para combatir el fuego

Carlos y Alberto comparten la afición a los ralis, la adicción al riesgo y el trabajo diario en el parque de bomberos


lalín / la voz

Carlos Santos no comulga con la recomendación a los padres de que no se hagan amigos de sus hijos. «Terás que te poñer na posición de pai cando te teñas que poñer, pero ser amigo do teu fillo é o máis bonito que che pode pasar», dice. A los 23 años tuvo a su hijo Alberto y, a fuerza de compartir algo más que cenas y techo, consiguió una complicidad especial con él. Lo apoyó cuando quiso correr en los ralis recién sacado el carné y lo volvió a apoyar cuando al acabar el ciclo superior de Márketing le dijo que quería ser bombero. Entonces Carlos ya conocía desde dentro los riesgos de la profesión. Pero a los Santos no les asusta eso. «Na vida tes que facer o que che guste. Se che gusta máis isto que estar nunha oficina, telo que facer», le aconsejó.

Carlos Santos es uno de los siete bomberos que quedan en Silleda del equipo que en 1999 estrenó el parque intercomarcal. Su adicción al riesgo le viene de la época de la mili, en la que ya se curtió en la extinción de incendios. De vuelta a casa, tras una temporada trabajando como mecánico, otra en Protección Civil de Vila de Cruces y cuatro campañas en extinción forestal, aprobó la oposición para el nuevo parque de Silleda.

En realidad, Carlos es originario de Arzúa. Fue el fútbol el que acabó colocándolo en Deza. Jugó en el Gimnástico de Santiago y en el Arzúa. Hasta que un amigo lo convenció para que fichase por el Cruces en su primera temporada. Entre partido y partido, apareció Rosa María y Carlos se quedó en Cruces para siempre.

En casi dos décadas de servicio, Carlos ha pasado muchos «sustos». Hace mes y medio, en un incendio en Desguaces Rolán el suelo cedió y un compañero vio la muerte de cerca. «Engancheino polo equipo autónomo cando estaba a punto de caer ó vacío», recuerda.

Si de algo se arrepiente Carlos es de no haber tomado notas en este tiempo para sus memorias. «Houbo moitas gardas de dous bombeiros e incluso de un solo en época de vacacións. Tenme pesado non coller apuntes para escribir un libro», dice. Hasta le tiene dos títulos: «Cómo hacer tres bomberos el trabajo de nueve sin morir en el intento» o bien, más poéticamente, «El bombero desnudo». «Porque cando non hai medios, vas en pelotas, falando mal. Vas á guillotina. Aquí agora, por exemplo, estamos indo tres persoas ós incendios, a metade que noutros sitios», explica.

Pese a todo, a Carlos le encanta su profesión y le ha contagiado esa pasión a su hijo Alberto. Antes de tener edad suficiente para tener todos los carnés necesarios, el joven ya tenía claro que quería ser bombero. «Márketing gustábame, pero cando o estaba facendo xa tiña en mente preparar as oposicións e aproveitei para sacar os carnés que piden e para prepararme fisicamente», cuenta. «Despois estiven catro anos estudando e adestrando. Continuamente da academia a adestrar e de vez en cando ó fisioterapeuta, cando rompía. Non facía outra cousa», cuenta Alberto.

El esfuerzo valió la pena. Del medio centenar de aspirantes, solo seis lograron pasar las pruebas físicas. Él tuvo la suerte de estar entre esa media docena. Aunque no comparte para nada el sistema. «Cada vez esíxese máis no aspecto físico. Penso que é un erro. Vexo normal esixir uns mínimos, pero vaisenos moito a cabeza. A xente leva o corpo ó límite e cando empeza a traballar arrastra problemas físicos derivados da preparación», explica.

En caso de no haber llegado a bombero, Alberto también habría hecho un buen piloto. Tenía madera, solo le faltaban euros. «Ós 12 anos o meu avó Ramón xa me ensinou a conducir», cuenta. «E cando tiña tres meses de carné fomos correr ralis. Tiña que ir coa L colgada e á xente chamáballe moito a atención», cuenta el padre. «Corremos dúas temporadas e despois vendemos o coche, en parte tamén para pagar os carnés e a preparación das oposicións», recuerda el hijo.

Si hubiese seguido, quizás hoy el nombre de Alberto Santos sonaría junto al de los grandes. En una ocasión, tras dos años sin rodar, el joven cruceño se presentó a una selección de pilotos. El ganador se llevaba un volante gratis para tres pruebas del campeonato de España. Eran 150 candidatos. Alberto logró colocarse entre los cinco que llegaron a la final, con Iván Ares -campeón de España el año pasado- y con Adrián Díaz -piloto oficial de Suzuki en el 2017-. «Resumindo, o único que non chegou a nada fun eu», dice Alberto riendo.

La carrera de piloto no pudo ser, pero el cruceño es ahora bombero orgulloso, pese a los sustos que ya le han tocado.

En un incendio de una nave de puertas en Agolada sufrió un golpe de calor por las elevadas temperaturas alcanzadas. «A estructura de ferro parecía de plastilina», describe. Y en los incendios del domingo negro de octubre él, su padre y otro compañero quedaron rodeados por el fuego y se salvaron casi de milagro retrocediendo 300 metros en Cortegada. «O de xogarnos a vida vainos no cargo», dicen padre e hijo.

Una gran familia

En el día a día, Carlos y Alberto se protegen mutuamente. Pero no como padre e hijo, sino como compañeros. «Nesto o teu compañeiro é o teu anxo da garda. Todos somos un e non podemos fallar, senón é como unha mesa que lle falta unha pata», comenta Carlos. «Aquí ademais é un parque pequeno e somos todos como unha gran familia», indica.

Lo único que desencanta a los Santos es la falta de apoyo institucional. «Estamos moi ben valorados a nivel cidadá, pero non político. Deixando a un lado os cartos, aínda que somos dos peor pagados de España, a profesión está sen regular e cada administración fai o que lle parece. Temos que poñernos tesos», dice Alberto.

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