Un año después que un rayo fulminase el medio de vida de una familia de Quintá y acabara con 22 reses, ya cuidan de un nuevo rebaño en pastoreo
31 may 2026 . Actualizado a las 05:00 h.Hace algo más de un año un rayo ponía patas arriba la vida de un matrimonio de ganaderos del lugar de Quintá, en la parroquia de Santa María de Pescoso, en Rodeiro. Cándido Pardo Vence y su mujer, Julia Méijome Cid, perdían de un plumazo su medio de vida después de que en segundos 22 vacas, que integraban la práctica totalidad del rebaño propiedad de la familia, cayeran fulminadas y muertas por un rayo. Hoy, un año más tarde, en los prados de Quintá pastan 27 vacas procedentes de diferentes puntos de Europa. Toda una Unión Europea en forma de rebaño con representación de animales de diferentes países que poco a poco se fueron adaptando a la forma de vida de un sistema de pastoreo.
El camino hasta llegar aquí no fue fácil. Ahora, comenta Cándido, «as vacas xa van estando encamiñadas e van bastante ben». Adaptarlas a la rutina y a las fincas, que conozcan la zona, y poder contar con alguna res, que sirva de guía a las demás no fue tarea fácil y requiere empezar de cero todo el proceso.
Cándido cuenta que «foi grazas aos veciños que ían con elas». Ellos se volcaron desde el primer momento en apoyar y en echar una mano en todo lo que pudieron a esta familia de Rodeiro después del duro golpe sufrido. Destaca este ganadero que «aquí levámonos ben e sempre tratamos de axudarnos uns aos outros, non hai problema».
En estos momentos la familia ya tiene el rebaño completo con unas 27 vacas frisonas de leche que están en régimen de pastoreo. Un cambio a simple vista es la capa de las vacas de Cándido y Julia. Antes eran fáciles de distinguir porque, aunque ya eran todas frisonas, lo eran rojas.
Un tipo de vaca que no siempre es fácil de conseguir por lo que ahora «son metade e metade», salpicando los prados en los que pastan con una mezcla de manchas negras y pelirrojas, según el tipo de vaca, sobre blanco. Cándido, que lleva cuidando las vacas toda la vida para acabar quedándose con la explotación de su padre. Al hacerlo se decantó por «as roxas porque sempre me gustaron máis e levo toda a vida pelexando coas roxas». Pero «como tiña xa non se dan conseguido vacas así». Las 22 que cayeron fulminadas por el rayo eran su orgullo y el de toda la familia que las cuidaba con cariño. A sus 63 años, lleva con las vacas «desde os 20 anos que collín a explotación e aquí estamos». Entre las integrantes de este nuevo rebaño hay reses «de todos os lados», adquiridas en Francia, alemanas, españolas, belgas... «temos de todo, pero agora xa entenden o idioma e xa van polo rego», asegura.
Hace unos días, el tiempo revuelto y tres días seguidos con tormentas volvió a poner el alma en vilo a Cándido que tiene claro es que no está dispuesto a volver a pasar por lo mismo otra vez y afirma con rotundidad «que non as volva a levar porque senón non quero saber máis das vacas». El presidente de la cooperativa de O Rodo, Suso Montes, fue testigo del duro trabajo de Cándido y su familia en el último año. Explica que volver a comenzar de cero e ir adaptando a cada animal a funcionar como un rebaño, que se adapten al terreno, y que funcionen como un grupo con alguna vaca que sirva de guía a las demás, es un proceso lento, difícil y que requiere tiempo. Contaron con la ayuda y el aliento de los vecinos.
Una tragedia que se gestó en pocos segundos
El 18 de mayo del año pasado alrededor de las seis y media de la tarde, Julia volvía a casa con un rebaño de 25 vacas por el camino habitual: una vereda estrecha que da servicio a las fincas y prados del lugar. Llovía de forma intensa y el agua inundó el camino. Eso hizo que Julia optase por seguir a las vacas de cerca pero caminando por una finca situada un poco más abajo. Algo que la salvó junto al hecho de calzar botas de goma.
Las vacas iban en fila cuando el rayo cayó en la zona. El agua que pisaban y que inundaba el sendero actuó de conductor de la electricidad. María, la hija del matrimonio, comentaba en su día que «miña nai sentiu o estralazo do raio, mirou e as vacas xa caeran mortas». Muchas de ellas estaban preñadas.
Ese estralazo lo oyeron también todos los vecinos de la aldea, incluido Cándido, que en esos momentos iba en el tractor. En aquel fatídico día, a sus 62 años, el primer pensamiento de Cándido fue dejarlo todo. Si a él le quedan pocos años para la jubilación a su mujer aún le quedaban más para poder retirarse. Todo el mundo se volcó ante la tragedia para ayudar y animar a la familia. En los siguientes días vecinos y ganaderos se ofrecían a regalarles vacas y se sucedían los mensajes de solidaridad y ayuda que la familia recibió con mucha emoción y un infinito agradecimiento. El seguro tramitó el suceso como siniestro por mortalidad masiva. Hace ahora un año, estos ganaderos decidían ya seguir adelante con la explotación e iniciaba el camino para ponerla andar de nuevo prácticamente de cero, ya que de las 25 vacas que iban por el camino aquel domingo solo se salvaron en un primer momento tres, pero que habían quedo ya muy tocadas y con muy pocas posibilidades de supervivencia.