Xosé Crespo: «El cocido es terapéutico»

El alcalde de Lalín, recuperado totalmente del covid, lamenta el aplazamiento de la popular fiesta a causa de la pandemia


Directo, locuaz, intenso, cercano, energético, Xosé Crespo (Lalín, 1959) es el alcalde prototípico. Fue el más joven de Galicia y ahora es uno de los más veteranos. Vale la pena una charla con él, pero les doy un consejo: si tienen prisa, no le pregunten por el cocido.

—Usted fue uno de los primeros en contagiarse del covid.

—Tuve mucha suerte porque a otros familiares que también lo pasaron, les quedaron importantes secuelas. A mí, de momento, no. Me dio suave, aunque tardé seis meses en recuperar el olfato. Aún tengo anticuerpos.

—Al principio, el covid aún daba mucho más miedo. ¿Cómo se sintió cuando le dieron el diagnóstico?

—Nosotros, mi mujer y yo, nos infectamos los dos juntos. Ya empezaba a morir muchísima gente así que, cuando me lo dijeron, me entró un acongojo importante. Yo me sentía bien, pero decían entonces que los problemas respiratorios y la uci podían llegar en cualquier momento. Por consejo de un médico yo hacía un ejercicio de respiración que consistía en llenar los pulmones y mantener el aire diez segundos. Si lo conseguías sin toser, en teoría no tenías problema. Yo, en teletrabajo, hice actividad prácticamente normal, ni siquiera cogí la baja.

Lo que sí ha conseguido el covid es fastidiarles el cocido.

—Sí. Hemos decidido cambiarlo para el 16 de mayo, aunque no estamos seguros de poder celebrarlo. El día grande del cocido, Lalín concentraba hasta 70.000 personas y otros muchos eventos y eso, lógicamente, no se va a poder hacer. Será un cocido light, si es que finalmente lo tenemos. Para nosotros, es muy malo, porque el cocido es algo transversal que beneficia a mucha gente.

—¿Qué tal le sale el cocido a usted?

—Entiendo que bien. Me defiendo. Lo importante radica en la materia prima, porque el cocido es muy sencillo, solo hay que saber cocer. Es gastronomía a la antigua usanza, de fartar. No hay que pintar el chorizo con una salsa. Como se dice ahora, es slow food. Cunqueiro, que fue el primer pregonero, decía que en el cocido de Lalín se distinguen hasta 27 sabores distintos. Y los enumeraba. Es el plato más completo de la Península Ibérica. Y además, aunque es una comida pantagruélica, como es hervido, es fácil de digerir. Se decía que era malo para la salud, pero no; malo para la salud es no comerlo. Además, requiere tertulia. En este mundo tan acelerado, el cocido es terapéutico.

—Me ha entrado hambre. Cambiemos de tema. Usted fue alcalde 25 años, le desbancaron y ahora ha vuelto a la alcaldía. ¿Cómo vivió ese período fuera del despacho?

—Ser alcalde es lo más sacrificado, pero también lo más bonito. Yo lo fui 25 años que me pasaron como un relámpago; no me enteré. Y en mayo de 2015 me descabalgaron por un puñado de votos. Fui a la oposición, que fue un aprendizaje, duro. Pero no me resigné al proyecto que yo tenía para mi pueblo. Así que seguí luchando. Con dificultad, porque hay que decir que fuera de la alcaldía hace frío. Me reinventé, cambié el equipo y volvimos a saca mayoría absoluta. Me decían que era imposible que la recuperara y ahora demostraré también que la segunda parte será mejor, porque tengo la experiencia de gobierno y la de oposición. Tuve algún momento en el que estuve a punto de tirar la toalla, pero no lo hice.

—¿Cómo era de pequeño?

—Yo nací en una buena casa de aldea, en una explotación ganadera. Iba caminando al colegio, que estaba a tres kilómetros. Cuando cumplí los 10 años fui para el seminario de Lugo, del que guardo un grato recuerdo. Los años más felices de mi vida los pasé allí. Los compañeros nos reunimos todos los años aunque no tuvimos mucha suerte en el tema de curas. Empezamos 52 y después del COU no quedó ninguno para cura. Recuerdo que el rector presentó su dimisión. Pero nos prepararon bien para los problemas de la vida.

—Fue un niño de aldea.

—Sí; la aldea es más auténtica. Y eso es una suerte. En todos los órdenes de mi vida me ayudó mucho ser de aldea y tener un galleguismo pragmático que es ver el mundo con ojos gallegos. Te enseña a ser más precavido y tener un poco más de malicia en el mejor sentido de la palabra.

—Después del seminario estudió filología.

—Sí, pero no terminé. No es que esté orgulloso, pero yo quería dedicarme a lo que me gustaba, así que me puse a trabajar en la explotación familiar y la modernicé. Ayudé a montar la cooperativa Aprodeza y un buen día vino Pepe Cuíña y me pidió que lo acompañara en las listas. Cuando Fraga ganó las elecciones y se llevó a Cuíña de conselleiro, me quedé de alcalde. Cambié las vacas por la política.

—¿No le hubiera gustado participar de otros ámbitos de la política?

—Me lo ofrecieron pero tenía que dejar de ser alcalde y no quise. Yo soy un municipalista convencido. Y defendí siempre la fusión de municipios. Y no valen las fusiones amigables, porque no se van a producir ni en cien años. Tienen que ser de arriba a abajo. Técnicamente es viable. Somos muchos; de cada diez, seis alcaldes sobramos. Y me incluyo. Esa se reforma, algún día se hará. Estoy convencido.

—¿Celta o Dépor?

—El Celta, porque soy de la provincia de Pontevedra, pero no soy futbolero. Me gustan otros deportes como el ciclismo y sobre todo, andar. El fútbol invade demasiado nuestras vidas y eso es malo.

—Defínase en pocas palabras.

—Soy una persona responsable, trabajadora y que me ilusiono muchísimo con las cosas. Cuando pongo una cosa en mi hoja de ruta llego a olvidarme de otras que son importantes. Soy un poco testán, un poco tozudo.

—Elija a uno de estos tres para ingresar en la encomienda del cocido: Pablo Iglesias, Puigdemont o Donald Trump.

—¡Qué difícil me lo pone! Pablo Iglesias seguro que no, ni en broma. Tampoco a Puigdemont. Y a Donald Trump... está un poco loco, pero tiene su puntito. Si me obliga a elegir a uno de los tres, elegiría al que le diera más fama a Lalín. Sin duda, el que más le daría sería Trump. Imagíneselo haciendo un pregón del cocido. Entre simpatizantes y manifestantes, tendríamos Lalín abarrotado. Pero si estuviera en mi mano, no se la pondría a ninguno de los tres.

—Me dijeron que le gustan las motos.

—Sí. Tengo una Harley que es más vieja que Matusalén. Decía mi abuelo: «Agora que teño pan, non teño dentes». Yo, de chaval, tenía la ilusión de una moto. Ahorré mis primeros sueldos hasta que la pude comprar, pero me quedé sin tiempo para usarla. La moto tiene más de 30 años y 10.000 kilómetros. Me gusta ir a 60 por hora y por carreteras secundarias.

—Dígame una canción.

—A me gusta igual AC/DC que A Sementeira de Fuxan os Ventos. Sí, esa es la canción de mi vida, la que más veces he tarareado.

—¿Qué es lo más importante en la vida?

—Ser feliz. Cualquier proyecto de vida debe ir destinado a ser feliz.

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