El comercial alegre al que una parada respiratoria le había dejado secuelas

Jesús Calvo, vigués afincado en Lalín, pasó sus últimos años en una residencia


redacción / la voz

A Jesús Calvo Costas, natural de Vigo pero afincado en Lalín, la vida le dio un giro de 180 grados hace nueve años. Tenía él entonces 60, estaba en Pamplona trabajando como comercial y sufrió una parada cardiorrespiratoria de la que se recuperó, pero que le dejó secuelas graves. Aunque poco a poco fue mejorando, se convirtió en una persona dependiente a muy corta edad. Vivía en el Fogar Residencial San Miguel de Ponte (Silleda), un centro pequeño donde se sentía de la familia. Hasta allí iban a verle todas las semanas los suyos. Ora era capaz de hablarles y preguntarles por todo lo que hacían, ora estaba algo más despistado por sus secuelas. «Tenía muchos días buenos, en los que me preguntaba por mi trabajo, por todo...», cuenta su único hijo.

En esta residencia, desafortunadamente, también se coló el coronavirus. Y Jesús dio positivo. Le trasladaron entonces a Santiago, al Cegadi, una de las residencias preparadas para dar cabida a enfermos de covid-19. Al principio, estaba asintomático. Pero pronto empezaron las malas noticias: «Nos dijeron que empeoraba y que no era un paciente que pudiese ir a la uci, porque con sus patologías no era viable», indica su hijo. Su empeoramiento fue enorme en pocas horas. A su familia le queda la pena de no haber podido estar con él en este tiempo. De que no hubiese despedida.

Su hijo Pepe, que define a Jesús como un hombre alegre y festeiro que siempre iba de traje y corbata por su trabajo de comercial, le queda el recuerdo del último día que fue a verlo en la residencia. Ya no pudo entrar a abrazarle. Pero sí le vio a través de un cristal. Su padre le hizo un gesto con el pulgar para que supiese que estaba bien. No fue más que un ademán al otro lado del vidrio. Pero ahora se ha convertido en todo un símbolo para su hijo.

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