Una lareira de Lalín ilustra la obra «Historia de Galiza» de Otero Pedrayo

La imagen, de la que se desconocía su lugar preciso, pertenece a Don Freán


lalín

La observación atenta de una fotografía para efectuar su lectura, puede proporcionar una amplia y valiosa información. Siguiendo esta premisa pasamos a comentar la imagen de Unha lareira en Lalín, aparecida en el segundo volumen de la prestigiosa obra Historia de Galiza, publicada en 1973 bajo la dirección de Ramón Otero Pedrayo por Ediciones Galicia, del Centro Gallego de Buenos Aires ?obra inconclusa de la que solo se llegaron a editar tres volúmenes? 

Al tratar de la cocina en el rural se ilustra con la fotografía ?pág.101, fig.72? a cuyo pie dice textualmente: «Unha lareira en Lalín. Á direita, o fogar co pote, a pota, a gramalleira e as trébedes; á ezquerda, o cantareiro coa ferrada».

De la mencionada fotografía no se especifica ubicación precisa. Tampoco figuran datos suficientemente explícitos en otra foto de la misma serie que hemos localizado en el Archivo Gráfico del Museo de Pontevedra ?realizada desde diferente ángulo y en el mismo momento? a cuyo dorso indica: «Cocina de un pazo (Lalín). Fot. : Anónimo». Esta instantánea, de la que solicitamos copia, fue la que hemos elegido para realizar este trabajo, por considerarla más adecuada y por captar un singular rayo de luz que abordaremos más adelante.

El fotógrafo centra el foco en el lar donde se enciende la lumbre, en que se reconocen diversos enseres, así como partes arquitectónicas antiguas. De todo ello desarrollaremos comentario y, al hilo, algunas adicciones y aportaciones inéditas.

En cuanto a la datación de las fotografías las situamos dentro de las primeras décadas del siglo XX, por lo tanto considerablemente anteriores a la edición del susodicho libro de Otero Pedrayo. Tocante a su ubicación concreta, pertenecen a la «cocina de abajo» del pazo de Don Freán, sito en la parroquia de Catasós, Lalín, Pontevedra.

Antes de centrarnos en valorar la imagen fotográfica, pasamos a esbozar unas notas de las sucesivas etapas que acontecieron en esta cocina; la razón de denominarse de abajo, y de su simplicidad en los últimos tiempos, nada equiparable con su primer estado.

Según fuentes documentales que obran en el archivo del pazo de Don Freán la antigua cocina aparece bajo diferentes nombres: casa de fuego, torre de la cocina, cuarto terreno de la cocina y cocina de abajo. La última denominación tuvo lugar a partir de coexistir dos cocinas. Este hecho tuvo su origen al pasar la cocina a instalarse en la planta alta, después de desmontar la antigua para convertirla en capilla bajo la advocación de la Inmaculada Concepción. En su construcción se utilizaron los espacios que ocupaban la cocina antigua; la panera ?donde se guardaba el grano y la harina para hacer el pan u otros alimentos? y la antepanera, creando de este modo una dependencia unitaria de grandes dimensiones, correctamente orientada con acceso directo desde la planta noble a la tribuna. En estas obras, realizadas a mediados del siglo XVIII, se suprimieron importantes elementos de la antigua cocina, entre los que cabe destacar la chimenea exterior, hasta entonces nombrada por su forma y tamaño «torre de la cocina».

Por otra parte se construyó un arco triunfal de medio punto de considerable tamaño, emplazado entre ventanas, que fueron abiertas en el muro norte para proporcionar iluminación a la nave y al presbiterio. A estas obras de cuidada realización, le prosiguieron otras intervenciones de tono menor. 

Coexistencia de dos cocinas

Debido al acondicionamiento para la capilla, la cocina fue trasladada a la planta alta, como hemos señalado anteriormente. Diversas vicisitudes que se escapan a las limitaciones de este trabajo, hicieron que la cocina retornase a su lugar de origen en la planta baja, pero esta vez con un carácter extremadamente simple, al haber sido anteriormente desmantelada por completo. A partir de este momento coexistieron dos cocinas: cocina de abajo y cocina de arriba. Ambas estuvieron comunicadas por una escalera interior de piedra, iluminada bajo la luz de una claraboya, estableciéndose en el personal de servicio de la época dos diferenciaciones: «criados de escalera arriba y criados de escalera abajo», encargándose cada cual de tareas específicas. 

Interpretación de la fotografía

Expuestos estos breves prolegómenos, pasamos a realizar la lectura de la fotografía, en donde se recoge el hogar o lareira, como núcleo central y principal de la cocina. En la imagen es de notar cierta escenificación de los enseres: como la sella, colocada al pie de la lumbre en lugar prominente, cuando su ubicación cotidiana era en las proximidades del fregadero. Otra puesta en escena son los paños blancos impolutos que cubren los estantes de la alacena, dispuestos para la ocasión.

Siguiendo el orden descriptivo de abajo hacia arriba, comenzaremos tratando del pavimento, que se halla solado en cantería en su totalidad.

El hogar se halla emplazado a corta distancia del muro testero, elevado del suelo mediante una plataforma de un palmo de altura, que corre paralela al muro con una anchura de 1,80 metros. Como dato curioso quisiéramos descartar la acción abrasiva producida por el fuego en la losa del hogar, cuya superficie o fogón presentaba una notable concavidad, por cuyo motivo se decidió darle la vuelta. Elocuente lenguaje de la piedra que nos habla de la constante actividad humana en torno al fuego: para cocinar, iluminarse, buscar calor, combatir la humedad y procurar descanso en las veladas, antes de retirarse a dormir. A este último respecto hemos recogido un antiguo refrán, muy popular entre los vecinos del lugar de Don Freán que aplican al robledal del pazo, en esas noches de riguroso invierno mientras desde la cama escuchan el rugido del vendaval, que dice: «Cando a carballeira canta, sabe ben a manta». 

Ferrada o sella

La vasija que aparece en primer término es la conocida en el país con el nombre de ferrada o sella, construida de madera de roble, herrada con anchos aros de latón pulido y asas del mismo metal. Su forma afecta a la de un cono truncado. Se cierra con tapa que encaja en el borde de la boca, provista de un pequeño pomo en forma de perilla. Su finalidad era transportar, contener y conservar el agua. Las asas laterales verticales o de oreja, diametralmente opuestas, además de servir para manejar el recipiente, están ideadas para alzarlo sobre la cabeza, donde se transporta en equilibrio. Sobre la cabeza se interponía un rodete o rosca de trapo hábilmente retorcido llamado rodilla, en muchos casos húmedo, para adaptar de forma óptima la testa contra el fondo plano del recipiente. Su misión resultaba de capital importancia para conservar el equilibrio de la sella, que era potenciado por su forma cónica, sabiamente diseñada con el centro de gravedad bajo. 

Cuando se acudía por agua a fuentes públicas, las tapas de las sellas se solían dejar en casa para no confundirlas con otras durante el llenado, o que, mientras tanto, fuesen objeto de pícaras sustracciones. Durante el regreso con la sella llena, sin la tapa, en muchos lugares se acostumbraba a recurrir a un remedio para que no se produjera el inevitable chapoteo del agua con el movimiento al andar. Consistía en echar a flotar una hoja de berza. Con este simple método se acababan las salpicaduras.

Potes fabricados por Sargadelos

Siguiendo con la descripción de las piezas pasamos al caldero, colocado sobre la lumbre en un trespés de hierro ?utensilio que goza de plena vigencia en las cocinas rústicas?. En esta época, huelga consignar la utilización generalizada en los hogares de las ollas de hierro conocidas por potes. De las diferentes manufacturas de hierro colado que fabricaban potes mencionaremos ?por no ser muy conocida? la fábrica de Sargadelos, que cerró su producción siderúrgica en 1861. Como es sabido el pote está provisto de patas en trípode en la parte inferior de la panza, para su buena estabilidad. Entre sus cualidades dignas de destacar citaremos su diseño, por el óptimo aprovechamiento de la acción del fuego, que envuelve de forma natural la panza.

El banco que nos ofrece la imagen es de dos plazas con respaldar, fabricado artesanalmente con carácter utilitario. Debido al simplismo de su estructura las tablas del asiento fueron reforzadas por debajo con barrotes para evitar alabeo. Las patas están compuestas por tableros laterales, con un recorte triangular en el extremo inferior que origina un hueco central ?el pie posterior del lado derecho debió quebrarse por defecto en la madera, siendo sustituido por un palo?.

A nuestro juicio, el recorte triangular en la base de la pata responde a la forma simplificada de un arco, que deriva del clásico arco gótico conopial, también llamado flamígero, muy utilizado en los pies y faldones de los bancos en esta época del gótico tardío.

El singular interés de este funcional y rústico asiento ?de donde derivó un modelo de confesionario? radica en ser un ejemplar de transición, por encontrarse a medio camino evolutivo entre la forma más sencilla de banco, compuesto de una tabla sin respaldo con patas de extremos recortados, conocido en algunas partes por meso, y en otros lugares por mesa ?utilizado como mesa en ocasiones para comer sentándose a horcajadas? y el tradicional y pesado escaño o escano. El más característico mueble de asiento de las lareiras de tradición, que descansa sobre patas, en el que se podían sentar hasta cuatro o cinco personas. Su estructura es en caja cerrada por paneles y dispone de reposabrazos en los extremos, que suelen curvarse en el puño como ornamento y comodidad para posar la mano.

De las características del sencillo banco que nos ocupa destacaremos su funcionalidad con respecto al escaño, debido a su liviano peso que permite moverlo o cambiarlo de lugar, dependiendo en algunos casos de la intensidad de la lumbre.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
2 votos
Comentarios

Una lareira de Lalín ilustra la obra «Historia de Galiza» de Otero Pedrayo