Sentimiento de orfandad en el arte gallego

Laxeiro fallecía en su casa de Vigo a los 88 años, entre el pesar del mundo cultural gallego por la pérdida del pintor de Lalín, «un home de aldea» que lideró la renovación de la plástica en el siglo XX


lalín / la voz

«Un pintor jamás se retira, solo lo jubila la muerte». La frase, de Laxeiro, resume la templanza, la rotundidad de un sabio, «un home de aldea» capaz de introducir el arte gallego en la vanguardia del siglo XX, una voz propia que se extinguía hoy hace 24 años. Casi cinco lustros sin el pintor de A Romea, un lalinense ilustre y vigués de adopción. Sombrero de ala ancha, pañuelo o bufanda al cuello, José Otero Abeledo era mucho más que un maestro del pincel y los óleos, del lápiz y el papel. Detrás palpitaba un poeta, gran amigo de sus amigos y de casi todo el mundo, conversador incansable y chispeante, capaz de sorprender a cada instante, capaz de leer el pregón de la Feira do Cocido tumbado sobre el escenario. Si no hubiera existido Laxeiro habría que inventarlo.

El pintor lalinense fallecía a última hora de la tarde del 21 de julio de 1996 en su casa de Vigo, tras haberse encontrado mal por la mañana. Un último viaje sin sufrimiento, tras los muchos que emprendió en su vida, con el salto a América incluido. Su indiscutible protagonismo en la plástica gallega, entre los pocos elegidos que la renovaron y universalizaron el pasado siglo, hizo que su óbito provocase una cascada de reconocimientos además de un hondo pesar en la sociedad gallega. Dejaba atrás una obra ingente, en múltiples formatos y técnicas, entre ellos dibujos a vuela pluma hechos en bares como el Goya vigués, su segunda casa, y que regalaba como las palabras de ánimo a los jóvenes artistas que acudían en busca de su aval, de un prólogo para esa primera exposición que impulsase sus sueños de vivir por y para la pintura.

«Cuando te sitúas ante un lienzo en blanco, el primer trazo te dice ya lo que tienes que hacer», «yo solo me escucho a mí mismo, no me importa que hablen bien o mal ni hay que preocuparse por el que dirán, porque de lo contrario no se es libre». Dos frases plenamente laxeirianas, entre las últimas declaraciones realizadas a La Voz. Su muerte llegaba en plena retrospectiva de su obra en el Centro Galego de Arte Contemporánea (CGAC) en Santiago, que después viajaría a ciudades como Madrid o Buenos Aires, donde el pintor lalinense vivió una década.

La Casa das Artes viguesa acogió la capilla ardiente presidida por una fotografía gigante de Laxeiro y la reproducción de un texto de su autoría, «nunca me olvidaré de ser gallego». Por allí pasaron centenares de personas, mientras en Lalín el Concello decretaba tres días de luto oficial por la muerte de uno de sus hijos ilustres. En la capital dezana también se veló su cadáver, en el museo municipal Ramón María Aller, para que los vecinos pudiesen despedirse de Laxeiro antes de ser enterrado en el cementerio de A Romea, en Donramiro. Un emotivo acto donde sonó la muñeira dedicada al artista por el gaiteiro Plácido Rozas, con concejales de todos los grupos de la corporación y cuatro artistas dezanos portando el féretro hasta su tumba, el panteón familiar donde desde entonces reposa junto a sus dos mujeres, Luisa, su esposa, y Lala, su compañera de muchos años de vida.

Numerosas personalidades de todos los ámbitos acudieron tanto al funeral en Vigo el día anterior, como al celebrado en Lalín antes de su entierro el día 23 de julio de 1996. A esa última despedida también asistieron desde representantes del mundo político al empresarial, además de compañeros artistas y gentes de la cultura. El féretro del pintor, envuelto en una bandera gallega, estuvo acompañado de numerosas coronas de flores. El panteón familiar está presidido por una paloma pedida por el propio Laxeiro al escultor Manolo Paz. Una obra que generó uno de esos comentarios socarrones que definían la personalidad del creador de A Romea: «Manolo, carallo, pedinche unha pomba e fixéchesme un sillín». Hubo música, versos con cuatro poetas, un sentido mensaje de quien fue su chófer y amigo y un puñado de claveles blancos sobre la tumba pusieron el broche entre aplausos a esa despedida.

«Guiñou un ollo, pero anda por aí», comentaba al salir del camposanto otro grande de la pintura, Xaime Quessada. Porque el marqués da Romea, como le conocían algunos, su obra expresionista y universal en constante evolución durante toda su vida, sigue tan vigente como hace décadas. Desde la Fundación Laxeiro en Vigo con un trabajo constante para visibilizar su legado y promover el arte, desde el Concello de Lalín con la Bienal Pintor Laxeiro creada en 1993 o la exposición permanente de obra de titularidad municipal. Restan ahora 365 días para que un 21 de julio del 2021 se cumplan esos veinticinco años sin el genial pintor. Hay tiempo para aprovechar esa oportunidad de oro y prestigiar su legado.

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