La nueva hornada del balonmano vigués

Martín Gayo y Rubén Fernández, que juega en el Lalín, destacan y la Federación se ha fijado en ellos


Martín Gayo (Vigo, 2000) y Rubén Fernández (Vigo, 2001) harán las maletas en unos días y pondrán rumbo a Granada. Su trayectoria y el nivel al que rindieron en los Campeonatos de España de selecciones territoriales les pusieron en el escaparate y el área técnica de la Federación Española de Balonmano les ha convocado para una concentración de tecnificación a nivel nacional, -también acude Brais González del BM Lalín-. La confirmación, de que su trabajo marcha por el buen camino.

Vigueses los dos, Martín y Rubén compartieron la camiseta del Seis do Nadal durante años, hasta que esta temporada Fernández, por estudios, se marchó a Lalín y fichó por el club dezano. Allí se ha convertido en jugador clave del equipo de División de Honor, al que aporta envergadura y carácter desde el puesto de pivote. «Para mí ir a la concentración es un reto personal», confiesa. «Había estado con las selecciones promesa y juvenil, y creo que esto es un paso adelante».

El caso de Martín es similar. «Estoy muy orgulloso, la verdad es que no me lo esperaba», asegura, aunque, vista su evolución del último año, a la gente que le rodea no le pilla por sorpresa. El salto que ha dado el lateral en los últimos meses ha sido brutal. La temporada pasada, en edad juvenil, le reclamó el equipo de Primera Nacional y ya alternó los dos vestuarios. Este curso es jugador del primer equipo a todos los efectos. «El año pasado noté bastante el cambio, este me encuentro más cómodo. Creo que es también porque he evolucionado físicamente, he adelgazado y estoy más fuerte», razona. Sus goles con la selección gallega en los Campeonatos de España pusieron el foco sobre su juego.

El sueño de ser profesionales

Martín y Rubén compartieron objetivos bajo el paraguas del Seis do Nadal y ahora comparten retos. El lateral y el pivote sueñan con llegar a ser profesionales algún día, y aunque saben que no será fácil, tienen en su mano los instrumentos que necesitan. «Llegar lo más alto que pueda, esa es mi meta. Tengo que entrenar mucho y esforzarme en todo lo que haga», recita Rubén a modo de mantra, y lo secunda Martín. «Quiero pelear por llegar lo lejos que se pueda, sé que es un camino largo y que exige esfuerzo, todo el mundo me dice que trabaje mucho». Y a eso se dedica. Ha visto cómo en un año pasó de juveniles a sénior por la vía rápida y que con esfuerzo cualquier cosa es posible. En su familia, con sus padres y sus tíos con pasado en el mundo del balonmano, le apoyan. «Me dan bastantes consejos», admite.

Mientras a Martín el balonmano le llegaba de familia, Rubén llegó a la disciplina medio de casualidad. Las escuelas de balonmano le abrieron las puertas a su deporte cuando apenas tenía cinco años, pero lo dejó. «Volví a los diez al Seis do Nadal», y desde allí se trasladó este curso a la capital dezana, donde no ha tardado en ganarse un sitio importante y se ha enganchado a tope al balonmano. Su poderío físico, que le habilita a la perfección para ejercer como pivote, le ayuda. Con la Federación vigilante, Martín y Rubén abanderan una nueva hornada de balonmanistas que sueñan con llegar lejos.

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