La mano amiga del rural estradense

El perito Moncho Brea fue pieza clave en parcelarias y procesos catastrales


a estrada / la voz

A Ramón Brea Villaverde (Castrovite, 1953) su padre le dijo un día: «Se non podes facer ben, polo menos non fagas mal». Moncho hizo del consejo su bandera y, como perito municipal, se convirtió en mano tendida al rural, en mediador eficiente y en defensor de las personas frente a una administración deshumanizada.

A Moncho Brea -que acaba de jubilarse como perito del Concello de A Estrada tras un cuarto de siglo de dedicación- el oficio le viene de familia. Su abuelo materno, Faustino Villaverde, había sido perito y agrarista militante en los tiempos de Pedro Varela. Recorría A Estrada y Silleda a caballo. Moncho pilló tiempos mejores. El ya fue siempre a los trabajos de campo en coche. Aunque más de una vez quedase enterrado y aunque la semana pasada, como simbólica despedida, el vehículo apareciese pinchado. Se ve que también quería retirarse.

En A Estrada, casi no hay vecino que no conozca a Moncho en su papel de perito. De lo que pocos saben es de su esforzada escalada hasta llegar a ello. Tras estudiar ingeniería técnica agrícola en Lugo, el primer trabajo de Moncho fue en un almacén de piensos en Silleda. Cargaba y descargaba la mañana entera sacos de 50 kilos hasta vaciar y volver a llenar camiones de 25 toneladas. «Pola mañá cargaba e descargaba camións, a mediodía repartía e pola tarde vendía», recuerda. «Tiña todos os colos das camisas pintados de vermello, da cor dos sacos», cuenta.

Tiempo después montó por cuenta propia un almacén de piensos. Llegó a gerente de la marca Purina en Pontevedra y a llevar la línea Pet Foods. «Aí xa empecei a ter unha nómina. Cambioume a vida», comenta.

«A vida non son cartos»

Su siguiente paso profesional lo dio fichando para una empresa de fertilizantes. «Levaba a zona de Galicia e Asturias e durmía moito en Vilalba. Botei dous anos, porque despois dinme conta de que a vida non son cartos. Naceu o meu fillo Ramón e un día escapou da cama porque me metín eu. Case non me coñecía», recuerda.

Cuando habla de sus hijos Ramón y Carlota y de su mujer, María Jesús Fernández Bascuas, a Moncho los ojos se le iluminan más de lo corriente. «Chus é o meu faro. Coñecémonos de mociños. Bailamos nunha festa na Bandeira, porque daquela había que bailar por necesidade, e ata agora», cuenta. Desde entonces Moncho poco más bailó, pero llevan 42 años felizmente juntos.

La paternidad le hizo ver claras las prioridades a Moncho, que dio un giro en su vida hacia la estabilidad familiar. «Foi cando entrei a traballar para unha empresa que facía concentracións parcelarias. A primeira concentración de Dozón, en Maceiras-Pereirón, fíxena eu. Ao principio arrancaron os planos porque non a querían, pero eran moi boa xente», recuerda.

Antes de ser perito, Moncho Brea también pasó por el mundo docente. Se apuntó en unas listas de FP y dio clases de Tecnología en Someso y en Conxo. «Os rapaces son aterradores. Lembro un que levaba unha cajetilla de Winston. Eu funlle dicir que non fumara e mirei dentro e levaba unhas barras de silicona, de material da clase. Díxenlle que por favor non o volvera facer. Despois foi un alumno exemplar. Moitas veces a man dura non leva a nada», dice el maestro. Su etapa docente le dejó tiempo libre para preparar las oposiciones a perito del Concello, el último paso de la carrera profesional a la que acaba de poner punto final.

«Din moitas voltas, pero sempre foron positivas. O esforzo ten sempre un premio», cuenta Moncho resumiendo.

Un burro abandonado por un peregrino, una caída en un pozo y un machetazo esquivado

El espíritu dialogante, sereno y conciliador de Moncho Brea fue clave para la ejecución de muchos proyectos locales. Fue él quien gestionó las expropiaciones de los terrenos para ampliar los jardines. Con tan buena mano que uno de los propietarios acabó regalándole el escritorio de cerezo del despacho de su padre en la casa que se derribó. Negoció también las expropiaciones para las aceras de Vilar o las de la academia de policía, visitando puerta a puerta a 250 propietarios. No obstante, de lo que más orgulloso está es de haber conseguido las cesiones para acabar las aceras de Fernando Conde. «Decíase que os propietarios ían poñer pegas, pero eu penso que nunca se falara con eles sequera. O alcalde encargoume o traballo e non houbo problemas. Para min é unha satisfacción ver a obra acabada», cuenta.

Los destrozos de las obras del AVE y de la utopista AP-53 le dieron mucho trabajo a Moncho, igual que los incontables expedientes de deslindes y denuncias entre vecinos o el medio centenar de caminos que destrozó el temporal del 2000.

En su carrera no faltan anécdotas, como cuando tuvo que subastar un burro que abandonó un peregrino, cuando se salvó por los pelos de un machetazo o cuando se cayó en un pozo de Guimarei. «Menos mal que acababa de facer un curso de natación», cuenta riendo.

«Catastro martiriza aos paisanos. Esixe e non da nada a cambio. Ás veces é necesario reclamar»

Moncho ha sido siempre una mano amiga en el departamento estradense de Rural. Una persona empática que echó un cable a muchos vecinos para solucionar trámites engorrosos. Como cuando en el 2000 se hizo la regularización catastral de 1.288 explotaciones ganaderas. «Os afectados ían a Pontevedra, onde había colas inmensas, e non atopaban as súas propiedades nos planos. Ao final pedimos copias de todo e axudámoslle aquí, evitando que se desesperasen en Pontevedra. Botamos tres meses traballando mañá e tarde», recuerda.

«Cando renovaron o Catastro había 70 millóns de pesetas para a renovación catastral de todo o concello e 80 millóns só para as bases da concentración parcelaria de Codeseda. Ese catastro non podía estar ben. Moita xente xa entraba dicindo: ‘O catastro é unha catástrofe’ e eu nunca os corrixín. Lembro unha vez que fun entregar un papel a Pontevedra e había que sacar número. Tiña o 300 e ían polo 60 e dixéronme que igual me atendían pola tarde ou ao día seguinte. Sen alterar a voz, presentei unha reclamación. Á semana seguinte había citas diferenciadas para consultas e para entregar papeleo. A xente ás veces é moi cohibida e non presenta reclamacións, pero deben facelo. Iso non pode ser», comenta. «Catastro martiriza aos paisanos. Esixe e non dá nada a cambio. Os erros catastrais páganos os veciños do seu bolsillo», dice sin pelos en la lengua.

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