Despensa estradense contra la morriña

Distribuidora Barros se ha especializado en la venta de todo tipo de productos latinos que no existen en el súper


a estrada / la voz

La morriña no es solo cosa de los gallegos. Esa melancolía del que está lejos de su tierra la sienten a diario en A Estrada cientos de vecinos que han aterrizado en el municipio desde la otra punta del planeta. De historias de emigrantes saben mucho en el locutorio Barros. Empezando por la suya propia. Lo cuenta Luisa García, venezolana de pura cepa que llegó a A Estrada de la mano de su marido Francisco Barros, un hijo de estradenses emigrados en Venezuela que creció a caballo entre uno y otro país. Hace ya doce años que la familia se asentó en A Estrada. «Cuando la cosa se empezó a poner un poco peligrosa y veíamos que iba en decadencia vinimos a probar suerte. Y tanto probamos que nos quedamos», explica Luisa. «Ahora tenemos un hijo de 11 años y estamos instalados. La situación ahora allá es terrible, pero estamos esperando a que se corrija para poder volver... al menos de vacaciones», cuenta.

Al desembarcar en A Estrada, la familia supo ver en los locutorios un nicho de mercado. Entonces las llamadas telefónicas internacionales eran prohibitivas y pocos tenían Internet en casa. Así arrancó el negocio. Como locutorio y cíber. Muchos cayeron desde entonces, pero el de los Barros no. ¿Por qué? Porque ha sabido ir con los tiempos y adaptarse a la demanda. Ahora que casi todo el mundo tiene Internet en el móvil y que hay mil opciones de llamada y videollamada, los Barros han retirado la mayor parte de las cabinas para dar cabida a un supermercado peculiar. Tanto, que no hay ninguna marca de las de las habituales en losl súper locales. «Solo el Kit-Kat», cuenta Luisa como anécdota.

Lo que venden los Barros son productos de medio mundo para paliar la morriña de los estradenses procedentes de otros países. Sobre todo de los que han cruzado el charco. Venezolanos, colombianos, brasileños, pakistaníes, senegaleses, marroquíes, uruguayos, paraguayos o argentinos peregrinan a la tienda en busca de los sabores auténticos de su tierra. «El plátano de aquí no tiene nada que ver con el que nosotros traemos de Venezuela. Ni el aguacate, que es mucho más grande y sabe diferente», explica Luisa. De otros artículos no se encuentran ni análogos en el súper. «Los venezolanos, por ejemplo, vienen mucho a buscar harinas, sazones o chucherías de allá, como las de la marca Susy o Chocolates Toronto. Los de Brasil, distintos tipos de harinas de yuca o frijoles. Los dominicanos, gandulas...», comenta. El listado de productos exóticos es amplio. Desde la leche de coco a la bebida de tamarindo. De las hojas de hallaca a la harina para tamal. La tienda tiene además sección on line con la que reparte bocados de patria allá donde se necesiten.

Salvavidas para la familia

Junto con los productos de la tierra, el otro pilar del negocio son ahora los envíos de dinero o paquetería. Latinos, marroquíes, paquistaníes, senegaleses o nigerianos -algunos que acuden a la feria de los miércoles- se acercan a diario al locutorio para enviar salvavidas a los suyos escapando de las elevadas comisiones de los bancos.

Desde que la cosa se ha puesto peor en Venezuela, también se están enviando muchos paquetes de medicinas o de ropa que se entregan puerta a puerta. «Todas las semanas salen», cuenta Luisa con el corazón encogido.

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