El bautismo aéreo a lo grande de Conchita

Tras una vida en tierra firme la septuagenaria recorrió medio mundo al vuelo para asistir a la boda de su hijo

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a estrada / la voz

Hasta hace poco Conchita Valladares solo había visto los aviones desde la barrera. Cuando iba al aeropuerto a llevar o a recoger a su hermana Marina, que vivió en Londres más de 50 años. Por más que ella le rogaba una visita, la estradense nunca se atrevió a dar el salto. «Miedo a volar no tenía, pero el médico no me lo aconsejaba», cuenta la estradense.

Con esa prescripción, lo más lejos que llegó Conchita en sus 78 años de vida fue a Andorra, a donde fue en coche arrastrada por su hermana Mercedes, que reside en el Principado desde hace décadas. También estuvo una vez en Asturias. Pero ahí se acabaron los viajes de la estradense fuera de las fronteras gallegas.

Sin embargo, el verano pasado el anuncio de boda de su hijo Jesús volatilizó todos los miedos de Conchita y la animó a embarcarse en una aventura de 12.000 kilómetros surcando el cielo. O más, porque esos son los que hay en línea recta entre A Estrada y Manila, pero su ruta no fue tan directa.

Jesús López lleva cinco años trabajando en Yeda (Arabia Saudí) para Copasa, una empresa gallega contratada para las obras del AVE a La Meca. Allí conoció a Aliza Laus, una azafata originaria de Filipinas que trabajaba en una línea aérea saudí. Cuando la pareja fijó la fecha de la boda, le dio a Conchita la alegría de su vida.

El enlace iba a ser en la región de donde es originaria Aliza, en Tagaytay, a unos 60 kilómetros de Manila. Tras un momento inicial de duda, Conchita tomó la decisión de estar allí. En adelante, ya nadie pudo frenarla. Ni los achaques de la edad ni los consejos proteccionistas de sus parientes.

El marido de Conchita murió hace 21 años. La tristeza aún asoma a sus ojos cuando lo recuerda. «Ya que Jesús no tiene padre, yo tenía que estar allí», sentencia.

«Jesús no quería que fuese allá. Tenía miedo, porque yo tengo una edad y tengo mala circulación y una úlcera en una pierna que me hincha mucho», reconoce la estradense. «Él prefería hacer aquí una fiesta después, pero yo le dije: ‘Si me pasa algo me pasó. Por lo menos voy contenta», cuenta Conchita. Y ya no hubo quien le tosiese.

Fue así como la estradense inició una peculiar ronda de consultas médicas y consiguió el diagnóstico que quería oír. «Fui a una comida en casa de mi hermano en la que cuatro de los invitados eran médicos. Todos me animaron. Mi hermano decía que era una ‘tolería’, pero ellos no le veían problema», cuenta la viajera. El otorrino que la atiende por sus problemas de vértigos también le dio su bendición. Con ella y con la de su hija Chicha, Conchita se lanzó a la aventura.

El viaje empezó con mal pie. El avión Vigo-Madrid llegó con retraso y descuadró de entrada el resto del plan de vuelo. Así que la estradense tuvo que empezar haciendo noche en Madrid, perdiendo un día de viaje y cambiando la ruta Madrid-Yeda- Riad-Manila por la de Madrid-Doha (Catar)-Manila. Otros viajeros se habrían desesperado, pero ella se lo tomó con filosofía. «El aeropuerto de Doha, el mejor», indica. Y hasta las ocho horas del vuelo Doha-Manila se le pasaron en un periquete. «No miré películas ni nada, iba mirando por la ventanilla, mirando en mapa de los países sobre los que volábamos... Se me pasó enseguida», cuenta.

Conchita viajaba con su hija Chicha, con sus nietos Manuel y Moira y con María, amiga inseparable de Moira. Pero se las hubiese apañado sola perfectamente. «Yo de inglés solo aprendí a decir ‘hello’, ‘bye’ y ‘thank you’, pero yo me hago entender. Conté 14 azafatas. Una era de Costa Rica y hablaba español. Me buscó un asiento en el que pudiera llevar la pierna estirada y me dejó su maleta y una manta para ponerla en alto», explica. «Cuando bajé del avión eran todos amigos míos y se despidieron a besos y abrazos. Carmen, la azafata de Costa Rica, me pidió mi teléfono y me dijo que cuando en mayo venga a Madrid me va a llamar», cuenta Conchita entusiasmada.

Ni jet lag ni nada. «Cuando llegué me encontraba estupendamente. Yo ponía la pierna en alto para que mi hija no se enfadara, pero estaba muy bien. De la emoción ni dormía ni nada. Estaba fuera de mí y quería ver todo a la vez», cuenta.

Ella que es señora de procesión y de mantilla española, esta vez pasó la Pascua en Filipinas sin acordarse siquiera de si era Jueves o Viernes Santo. Eso sí, la mantilla la lució igual. En la boda de su hijo.

De mantilla por sorpresa

«Me apetecía, porque es algo nuestro, pero no le dije nada a Jesús porque a él no le gustan estas cosas. Le aparecí así por sorpresa», cuenta con mirada traviesa. «No me la supieron colocar bien. Las amigas cuando ven las fotos me lo comentan, pero yo ya les digo que no iba de Verónica ni de Viernes Santo, que iba de madrina», zanja Conchita.

Después de la boda, a la estradense aún le quedaron energías para coger otro vuelo y pasar unos días en Puerto Princesa, en la isla filipina de Palawan. «Es un paraíso», recomienda. «Un día vimos dos rayas en la orilla de la playa, que estaba llena de cocoteros. Y fuimos a una excursión a ver un río subterráneo que es una de las siete maravillas naturales del mundo», cuenta pletórica.

De vuelta en casa, Conchita está convencida de que ir a Filipinas «fue la mejor experiencia de mi vida». «Repetiría sin duda», asegura. Ahora que se ha soltado, no descarta nuevos destinos. «No tengo nada planeado, pero ya le dije a Jesús que, si me invita, yo voy de visita a donde haga falta», se apunta. Entretanto, repasa en el sofá de su casa las fotos y vídeos del viaje y pone la pierna en alto para coger fuerzas para el siguiente asalto.

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