La bailarina de cruceros que atracó tierra adentro

Después de recorrer medio mundo danzando Priscilla conoció a Jose en un barco y echó el ancla en A Estrada


a estrada / la voz

Es un mito que todos los brasileños lleven el ritmo en el cuerpo. Aunque, con Priscilla Amorim, la presunción acierta de pleno. A los 3 años su madre la llevó a clases de ballet. Desde entonces ha vivido bailando y espera poder seguir haciéndolo hasta los 100.

De niña, cuando vivía en Sao Paulo, el baile era una actividad más. «Creo que probé todas las actividades extracurriculares que había. Probé a tocar la guitarra, la viola, la batería... Hice también yudo, voleibol, balonmano...», recuenta. Ni se acuerda de la lista completa.

Con seis años consiguió plaza en la Escuela Municipal de Ballet Clásico de Sao Paulo. Era una escuela pública con duras condiciones de acceso pero de la que se salía a los 14 años convertida en bailarina de los pies a la cabeza.

El baile fue comiendo espacio al resto de su vida y el abanico de extraescolares se cerró. Todo era baile. De todos los tipos. Iba a baile contemporáneo, moderno, jazz, danza del vientre o zapateado. Todo le gustaba y todo se le daba bien. «Quería bailarlo todo. No sé cómo se las apañaba mi madre para llevarme y traerme», explica Priscilla. «Mi madre era muy exigente con los estudios. Si sacaba menos de un siete me castigaba sin llevarme a ballet. Yo hacía hora y media de camino a pie para no perdérmelo», cuenta.

Pero en el fondo, María Natalina Botellho estaba más que orgullosa de su hija. Con 13 años ya estaba dando clases de ballet a niños de infantil y con 20 fue seleccionada para una temporada de un show brasileño en Osaka (Japón). «Estuve allí un año y me encantó la experiencia. Conocí a gente de todo el mundo», cuenta.

De los 13 a los veintitantos, Priscilla dio miles de clases de baile en Brasil. Después, empezó a brillar en la televisión nacional.

Brillando en la televisión

«En Brasil se valora mucho el baile. En cualquier programa de televisión hay un grupo. Hasta en el telediario. Cada cadena tiene su propio ballet», explica.

Ella trabajó en el cuerpo de baile de tres cadenas -Red Globo, SBT y Record- y compaginó la pequeña pantalla con su faceta como bailarina en varias orquestas y con las giras acompañando a los cantantes y grupos brasileños del momento. Como Zezé di Camargo y Luciano o Bruno Marroni. Recorrió medio mundo bailando sin saber que el mejor viaje estaba a las puertas.

La aventura comenzó en el 2003. Aquel año fue a un casting para trabajar como bailarina en los cruceros de Pullmantur. «Por suerte pasé aquella audición», se felicita. Para embarcar tuvo que dejarlo todo. La tele, las orquestas y las giras internacionales.

Eligió la ruta del Mediterráneo y puso rumbo al futuro. Diez meses de crucero continuo y dos en Brasil preparando la siguiente temporada. Así se pasó cinco años. Hizo amigos por España, Francia, Italia, Malta y Túnez, de semana en semana. «Al final haces vida casi normal. Los jueves iba al gimnasio en Roma, los lunes sabía que podía quedar con amigos en Barcelona...», cuenta.

«Fue una etapa muy bonita. Si cambias de ruta, puedes conocer el mundo entero», sugiere. Priscilla podría haberse ido al Caribe o a los fiordos. Pero repitió Mediterráneo en bucle. Hasta que el destino quiso que un estradense se subiese a su barco.

Él era Jose Sánchez y tampoco estaba de vacaciones en el crucero. Tenía contrato temporal en el barco como vigilante de seguridad. Baile a baile y milla a milla el amor fue sobre ruedas. Así que pusieron fecha para la boda sin saber aún si su nueva vida iba a ser un crucero continuo o una estancia en tierra firme. «Uno en el barco y otro en tierra no funcionaría. Los dos lo teníamos claro. El barco es fiesta y lujo todos los días. Conoces a 1.500 pasajeros todas las semanas», explica Priscilla.

Jose terminó su contrato a mitad de año y regresó a tierra pendiente de una renovación. Ella, a la espera de lo que sucediera con Jose, tenía previsto seguir hasta el fin de su contrato en diciembre. La boda tenía que ser en Barcelona, un 8 de octubre de 9.00 a 13.00 horas, lo que duraba la escala del crucero en la ciudad.

Pero el tiempo de separación se les hizo eterno. Así que él volvió a coger el barco como pasajero y ella pidió el desembarco antes de tiempo. «Yo siempre fui muy responsable en mi trabajo, así que hablé con la empresa, busqué y preparé a la bailarina que me iba a sustituir y, cuando el espectáculo salía perfecto, me bajé del barco yo también y me fui a A Estrada», cuenta Priscilla.

«Fue en septiembre, pero como ya teníamos todo el papeleo en Barcelona para la boda tuvimos que volver a casarnos allí. Vinieron todos los amigos del crucero y la fiesta fue un desayuno en el bar de al lado del Ayuntamiento, porque a la una salía el barco de nuevo», recuerda.

¿Y como se encuentra una brasileña que ha surcado los mares en un pueblo de tierra adentro? «Yo me adapto en cualquier sitio. Si voy a la Antártida, me adapto. Seguro», dice.

A su llegada a A Estrada trabajó cinco años en una tienda de moda. Pero la crisis la empujó al baile de nuevo. Estando en paro, empezó por ofrecer clases gratis en el Banco do Tempo. El boca a boca hizo el resto y cada nuevo local se le fue quedando pequeño. Ahora ella y Jose tienen dos críos de 2 y 6 años, Alexander y Sofía, que, como su madre, lleva el baile en el cuerpo. Priscilla ha contratado a tres bailarinas y da clases de zumba y pilates la semana entera. «Es un placer transmitirle a los alumnos mi pasión por el baile. La danza es mi vida», asegura. Y no puede ser más cierto.

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