El creador, que firma Maxolotl, abrió su primera individual en Vista Alegre
28 mar 2026 . Actualizado a las 05:00 h.En una sociedad más deshumanizada a cada segundo que pasa, se castiga y vilipendia, o al menos se ignora, a quien tiene unas capacidades diferentes a las cánones preestablecidos. Ni siquiera encontró empatía en los centros educativos donde presuponemos mayor delicadeza. Un sistema tan cruel como real que sembró dudas existenciales, pero a la vez se convirtió en caldo de cultivo para que floreciese Maxolotl, el nombre artístico de Max Estrella, un joven salvadoreño de 33 años afincado desde el 2018 en Galicia que protagoniza desde ayer su primera exposición pictórica individual en el centro cultural Vista Alegre de A Bandeira.
Entre coloristas pinturas de un estilo entre fauvista, expresionista y naif, resulta plenamente enriquecedor escuchar a Max. Con aires de gentleman, con sombrero y pañuelo al cuello en un estilo que le asemeja al de Laxeiro, desgrana su filosofía de vida ante la atenta mirada de su padre. Desde el primer segundo podemos apreciar que Conrado vive con la misma pasión que su hijo su creatividad artística. Una explosión de colores donde los protagonistas de los dibujos animados, del mundo de los videojuegos y el anime conviven con figuras humanas. Incluso en estos últimos tiempos con personajes tan simbólicos en Galicia como Castelao o Rosalía de Castro.
Expulsado del sistema educativo, tras un periplo por una veintena de colegios, entre ellos uno vinculado al reputado método Montessori, un aburrido y frustrado Max decide colgar la mochila. Y encuentra en el dibujo una vía de escape, un espacio para reflejar su personalidad, para expresarse ante un mundo exterior en ocasiones tan hostil. Comenzó a calcar sobre papel cebolla los dibujos de sus personajes favoritos, para saltar enseguida a plasmar sobre el papel los retratos de esas caricaturas pero también de personas de su entorno, como sus abuelos o sus padres y su querido primo Miguel. Todo ello, como refrenda su padre, sin una formación previa, en un camino de autoexploración y plenamente autodidacta.
En la casa familiar cuentan con libros de arte pero Max declina atisbar la obra de otros. A él le gusta leer sobre historia mexicana, principalmente, o española. Tampoco acude a exposiciones al margen de aquellas en las que hay presencia de sus coloristas lienzos. Pero no siempre había esa vibración de verdes, de rojos, de azules o amarillos. En una primera etapa creativa en El Salvador sus pinturas estaban marcadas por el blanco y negro. Poco antes de trasladarse a Galicia ya comenzó a introducir notas de color entre eso tonos más absolutos. Su único acercamiento a una academia lo tuvo en el estudio salvadoreño de Armando Solís, pero no para aprender técnica sino para plasmar libremente su mundo creativo bajo una supervisión sin interferencias del reputado artista, escritor, crítico y docente de ese país latinoamericano.
Del boceto al lienzo
Max reflexiona con pausa, a su ritmo, a la pregunta de cómo gesta cada una de sus obras. Un proceso donde primero surge un boceto, a lápiz y en ocasiones con algo de color, para después trasladar esa propuesta al lienzo. Aunque también en ocasiones ya comienza de forma directa a pintar sobre el soporte, esa caricatura que suele convertirse en el eje de la obra, o la figura humana que a veces le acompaña, para después plasmar el entorno y lugar. Así ocurre en una pieza donde incluso retrata al pintor colombiano afincado en Lalín, Carlos Santos, con un pato Lucas de la mano. Precisamente Santos comisaría la exposición en Vista Alegre, con 35 obras de dimensiones variables, desde pequeños a medianos y grandes formatos. Con él, un buen amigo como afirman al unísono Rolando y Max, comenzó a exhibir obra el pasado verano, en la Casa do Patrón de Doade con motivo de la malla, o en la Algarabía, y desde febrero en la colectiva Emporcarte en el museo municipal Ramón María Aller de Lalín.
«Pinto lo que siento, es una terapia importante, me ayuda a regenerarme, siento que el arte me está hablando, con los cuadros y los bocetos vivo algo especial», asegura este artista de personalísimo y único estilo, sin contaminar por las corrientes del mercado. «Me relaja hacer el cuadro, me tranquiliza y me sirve de medicina emocional», remarca, aunque en ocasiones llegue a discutir con ese terapeuta de colores.
Un Castelao con un ajolote de pajarita entre símbolos que definen Galicia
En ese universo tan personal y sin clichés pictóricos, su deriva tras recalar en Galicia le llevaron a plasmar a dos de sus figuras más emblemáticas. Tras cautivar a su padre su figura y obra tanto como para tatuarse su autocaricatura, o degustar el café en una taza que lo recrea, Castelao cobra protagonismo en una de sus obras. Aparece rodeado de un solo con ojos y una luna, con su bandera en una esquina. Y su pajarita aparece transmutada en un ajolote, un anfibio relacionado con la salamandra tigre que está en peligro de extinción y arraigado en México. Un ser al que el artista rinde tributo como a la historia que atesora detrás y que nace de un dios azteca, Tlaloc, guardián de los sueños, que narra al detalle con pasión tras reencarnase esa divinidad en un ajolote. De ahí deriva su nombre artístico, Maxolotl.
A Rosalía de Castro, coqueta y risueña, la rodea de rosas en su cuadro, pero a la vez de lugares u objetos significativos de las tierras gallegas. Podemos apreciar desde la muralla de Lugo al faro de Finisterre o una botella de buen albariño de las Rías Baixas, sin olvidar una palloza de O Cebreiro. El espíritu de la escritora bulle sobre el lienzo, como el propio interés de Max en aprender «a súa lingua nai». Estudia al menos una hora diaria de gallego, todo un ejemplo de integración y de apego a un lugar donde emprendió una nueva vida alejada de sus orígenes, tras saltar el charco.
Estamos ante un artista puro, sensible y sin contaminar a la hora de expresar lo que navega por su subconsciente. Todo un ejemplo de tenacidad y creatividad.