La receta de la felicidad, escrita con pincel

Begoña Rodríguez Sotelino
begoña r. sotelino VIGO / LA VOZ

DEZA

M.Moralejo

Iria Blanco compagina su intensa faceta artística con su no menos absorbente trabajo como especialista en farmacia hospitalaria en el Cunqueiro. Pinta todo lo que puede y donde le dejan, con o sin marcos

13 jul 2022 . Actualizado a las 05:00 h.

Se podría afirmar, sin mentir, que la farmacéutica Iria Blanco (Vigo, 1976) se automedica. Pero no es que abuse de los recetarios que tiene tan a mano como empleada del Sergas. En absoluto. Su caso no tiene remedio ni se arregla con pastillas. Su medicina es la pintura. La atracción por los pinceles es una enfermedad incurable que le brotó de niña aunque en el aspecto profesional siguió los pasos de sus padres, médico y enfermera, estudiando Farmacia en Santiago. Pero el arte nunca lo dejó de lado. Combina ambas facetas, que le apasionan, con sobredosis extralaborales de brocha y colores sobre lienzos de lo más diversos.

Los soportes en tela se le quedan pequeños, los marcos ahogan sus ganas de expandir las creaciones a las que da forma en espacios expositivos también muy variados, desde las tradicionales salas destinadas a ese fin, a lugares de lo más heterogéneo. En su propio lugar de trabajo en el Hospital Álvaro Cunqueiro pintó la escuela y los pasillos de las velas E y F de la tercera planta, la infantil, tras siete meses de sequía pictórica al tener que dedicar el tiempo a estudiar las oposiciones para consolidar su plaza como especialista en farmacia hospitalaria. Iria Blanco ya tenía obra en el edificio, trece cuadros en la planta 4ª, la maternidad, para la que acaba de llevar uno nuevo.

También decoró las paredes del colegio Ría de Vigo y un circuito en el Bouza Brey de Ponteareas. Los murales son ya una constante en su trayectoria. Había hecho alguno cuando en el 2015 le encargaron uno a pie de calle en el parque de Navia para el programa Vigo, cidade de cor. La autora reconoce que tiene una espinita clavada porque aunque ya participó, nunca se subió a un andamio de una medianera. Del Vigo Vertical, a ella le tocó el horizontal «Me encantaría que me dieran la oportunidad», reconoce sin muchas esperanzas, porque repetir autor es difícil. Para resarcirse aceptó un encargo en una casa familiar de ocho metros de altura en Nerga. De todas formas, asegura que la experiencia en Navia fue «una maravilla que me permitió acercarme a la comunidad, a la gente del barrio, a sus perros, a los niños..., y a muchos los retraté para este trabajo, que fue precioso», afirma.

La artista también pintó otros dos parques infantiles modernos en la ciudad y espacios singulares como el circuito municipal de automodelismo de Samil o el palco de la música de Saiáns. Como su afición no tiene límites, ahora dibuja los muros de una finca familiar en la cuesta que da a la playa de Patos. «Pinté todas las paredes del perímetro interior, la casa y el cierre exterior. Me encanta integrar la naturaleza con la pintura. Me hace muy feliz. Hay muchos trampantojos de pájaros y flores, de forma que se confunde lo real con la obra. Lo que me gusta es embellecer los espacios donde me dejan y puedo», aclara añadiendo que busca «dar alegría a lugares y personas, llenarlos de vida y que de la sensación de que estés acompañado», explica. Blanco, surfera desde los 13 año, ha llenado el muro de la bajada a Patos de ballenas, sirenas y motivos marinos como guiño a los que surcan las olas. Ella hace tiempo que no se sube a una tabla, pero las pinta.

Iria Blanco se matriculó tardíamente en Bellas Artes. «Hice hasta tercero y luego lo dejé por las oposiciones del Sergas», justifica, porque exprime el tiempo para pintar todos los días tras su jornada laboral, pero no siempre le da para todo lo que quisiera.

Aunque su puesto físico está en el Hospital Álvaro Cunqueiro y cuando le toca hace guardias en el Meixoeiro, acude diariamente a las residencias DomusVi Barreiro y Doral. Ese trabajo también le apasiona y disfruta del contacto con los pacientes, no solo coordinando los pedidos o haciendo el seguimiento farmacológico. Hasta las residencias también han llegado sus creaciones plásticas. La viguesa no para. Cuenta que tiene varios encargos en cartera, uno dentro de una fábrica de piezas para coches en O Porriño y dos en comunidades de vecinos. «También me llamaron de la asociación Bicos de Papel para hacer unos talleres con los niños de oncología y me gustaría pintar un mural al lado de la sede de Apamp, retratando a los usuarios del centro para personas con parálisis cerebral que salen a pedalear en bici con el proyecto Discamino», afirma la inquieta artista que está aprendiendo a tocar el violín e integra el jazz en muchas de sus piezas.