Droguería Mato, 75 años de servicio en Lalín

El establecimiento fue fundado en 1945 por Antonio Mato Blanco y su hijo, José Ángel, lleva desde que tenía 15 años tras el mostrador de este emblemático establecimiento lalinense en el que encontrar casi de todo


Lalín / la voz

A los lalinenses nos gusta seguir el curso de las estaciones mirando los escaparates y el de la droguería Mato es un ejemplo de esas tiendas en las que con un solo vistazo uno sabe qué marca el calendario. En estos momentos tocan castañas y avanzar la época de matanzas. En el interior de este veterano establecimiento uno puede encontrar casi de todo.

La tienda, ubicada en la rúa Colón a pocos pasos de la famosa estatua del cerdo, la fundó Antonio Mato Blanco en 1945. Su hijo, José Ángel Mato Rodríguez, lleva desde los 15 detrás del mostrador y ya tiene 65. «Igual aguanto dous ou tres anos para a xubilación pero non vou quedar aquí para sempre», bromea. Ninguno de sus hijos quiere tomar las riendas del negocio y de momento, dice, no sabe aún qué futuro deparará a la droguería. Algo que preocupa especialmente a los vecinos que temen perder este local insignia que de tantos apuros saca a cualquiera.

José Ángel explica que su padre estuvo dos años en Madrid y allí aprendió gran parte de un oficio que en aquellos años incluía realizar un sinfín de preparados de droguería y farmacia. El lugar de la tienda «era unha casa vella, en riba estaba a telefónica». En 1975, con José Ángel Mato, en la mili allá por Ceuta, la casa se tiró y su padre compró «o baixo e algo máis». Durante dos o tres años, en parte por las obras, estuvieron en otro bajo de la familia en la rúa Principal frente al bazar que desde hace décadas regenta su hermana. En la calle Colón donde está la tienda de A Maragota, estaba Casa Elvira, que era mesón y pensión y a cuya cocina «levaba meu pai os tarros de mel que nos traían os viaxantes dende a Alcarria para que se derretera porque como era mel pura co frío solidificábase», cuenta. La miel «mercábase só para un remedio e aquí non había case daquela». Era un producto caro y José Ángel recuerda vender tarros a «dúas mil e tres mil pesetas». Los días de feria los callos de Casa Elvira embriagaban la calle con su olor.

En sus inicios se vendía «todo tipo de preparados que se facían con substancias a granel». Muchos de ellos estaban destinados a curar las enfermedades de los animales que eran el sustento de muchos de los vecinos. A falta de ortopedias, el establecimiento surtía también de «bragueiros, sondas, faixas, para o estómago caído, a columna...». La clientela llegaba, explica, «de Rodeiro Dozón, de Agolada, de Cruces, da zona de O Candán... era local de referencia para toda a contorna». Durante la semana había poca gente y la mayoría de las ventas se llevaban a cabo los días de feria. Unas jornadas en las que no se cerraba y no se paraba ni para comer. Mato recuerda las horas que se pasó chupando para llenar de petróleo, con la ayuda de una goma, la infinidad de latas y botellas que dejaban los vecinos a primera hora de la mañana y que recogían cuando se iban. El petróleo se servía «en bidóns de 200 litros. Chupabas, chupabas e tamén chupabas para dentro ás veces». Lo peor, dice, era «o carburo, que cheiraba moito e era moi engorroso».

En aquellos tiempos, añade, «facíanse legías e pinturas con aceite de liñaza, terra. Facíamos as cores: siena, negro humo... e cortábanse cristais a medida». Vendían una larga lista de productos químicos. «sulfato de cobre, e os ácidos todos: cítrico, sulfúrico, tartárico...permanganato...». Doña Encarnación a meiga de Goiás les mandaba clientes en busca de aceite de ricino para la desnutrición y flor de azufre para los eczemas y un dentista amigo de su padre a los vecinos a los que sacaba alguna pieza para que se enjuagaran con perborato. Recuerda a vecinos de Toiriz que les dejaban pieles de nutria y de zorro «que debían mandar para Santiago» y las innumerables veces que su padre iba al banco a firmar «para axudar a algún e prestarlle cartos. Levou moitos paus, pero a xente, en xeral, era moi cumpridora». José Ángel Mato señala que «veu unha señora díxome que meu pai lle deixara cartos para ir a Venezuela e a moitos con eses cartos lles cambiou a vida».

En la droguería, que abarcaba múltiples sectores, se vendían también aguas minerales de Cabreiroá, de Sousas o mosto Palacio y muchas colonias de Myrurgia, frascos de Maja, Joya o Maderas de Oriente, que en la versión de un litro se compraban para llevar a América. Prácticamente todo era a granel, incluida la cera para el suelo que llegaba en depósitos de diez kilos y se iba cortando. Hoy, al igual que antaño, se continúan vendiendo todo tipo de semillas, aunque de aquella también eran al peso y se servían en paquetitos hechos a mano con papel. También la repostería sigue llenando estantes ofreciendo los instrumentos para todo tipo de dulces. En Carnaval, señala, las ventas de esencias de azahar, vainilla, anís o cremor tártaro eran un furor.

«Cando a xente empezou a emigrar a Europa foron mudando as cousas. A emigración valeu moito, trouxo cartos, e a xente viu mundo», rememora. En los años 60 y 70 se vendían muchas maletas y baúles para los que cruzaban el charco. El establecimiento recibía un ejército de viajantes que se desplazaban desde Barcelona, Navarra o Valencia cargados con maletas y hacían noche y con los que se establecían relaciones de décadas.

En toda la historia de la droguería no dejaron de vender vino de misa, «que sempre daba moitos problemas porque viña en garrafas de cristal lacradas. Chegaban en tren ou en camión e sempre rompía algunha». Ahora vienen en botellas de plástico y se sigue vendiendo incienso, carbón litúrgico, y todo tipo de velas y velones que surtían a las parroquias del contorno.

Harían falta varias páginas para enumerar los productos que se pueden encontrar en Mato y que abarcan casi todo lo imaginable pero había algo que se llegó a vender casi en secreto por ser un tema tabú, y eran los preservativos. Cuenta Mato que «unhos viñan como cigarrillos nunhas caixas de plástico e outros nunhas con talco e a xente non ía a farmacia, viña aquí porque coñecían a meu pai. Entraban con apuro e ían a parte de atrás».

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