La calle, privilegio peatonal (El espacio controlado. Parte II)


El regreso a la normalidad nos ha hecho valorar como nunca el espacio exterior, salimos a la calle y nos invade una sensación de libertad. Esta percepción no es auténtica, y no solo por las limitaciones sanitarias, existen restricciones de movimientos que por habituales no advertimos. Pero esta crisis hará que la sociedad se replantee la manera de usar la calle y que se cuestione el automóvil como importante elemento socio cultural e instrumento imprescindible de trabajo, que fue hasta el momento.

La calle es vista principalmente como espacio que sirve a la movilidad del coche, mientras que la movilidad del peatón está condicionada por límites más o menos sutiles, por barreras mentales y otras físicas concebidas para no interferir con el espacio de circulación rodada. Esto ha ido en ascenso desde que se inventó la rueda y el motor de combustión interna, y el uso del coche ocupa ahora el 70% del espacio público. El 30% restante le queda al peatón, que además se desplaza por la calle sorteando mobiliario urbano y otros obstáculos como bordillos bolardos, señales, farolas, papeleras, carteles, toldos, vallas de obra… y también mesas, sillas y sombrillas. La ocupación sistemática de estos elementos en la calle, suele entorpecer la libertad de movimientos de la ciudadanía.

Habrá casos en que haya que reordenar el espacio público para compaginar las terrazas de los bares con el espacio para actividades cotidianas: pasear a los niños, desplazarse al trabajo, hacer deporte, el recreo de mayores. Además, la situación actual podrá requerir el redimensionado de calles y plazas para ganar espacio peatonal, de relación y tránsito de personas. Y también, la creación lugares de coincidencia con inversión en mobiliario urbano y aparatos de juego que garanticen el distanciamiento. Espacios, en definitiva para que la vida social y comercial se realice de forma segura, evitando la congestión. La calle será para todos y cada segmento dela población, un lugar en el que ocurren cosas y no la vía de paso entre dos espacios privados.

Nos sentamos en el espacio público y tomamos distancia como espectadores del escenario urbano, del campo de ensayos que es la ciudad, el «simulacro teórico» para el panificador, que diría Michel de Certeau , pero al caminar uno se empapa de otro conocimiento de la urbe, de los espacios que no se ven, sino que se sienten al recorrerse. El acto de caminar revitaliza el espacio público, permite tomar conciencia del entorno, y también de nuestro cuerpo y las consecuencias del sedentarismo: obesidad, hipertensión, atonía muscular… Caminar nos obliga a poner literalmente los pies en la tierra, a tener una relación diferente con el suelo. Todos somos ciudadanos de a pie, que ahora más que nunca necesitan más espacio, más distancia y más seguridad.

Dentro de un sistema de movilidad sostenible en una ciudad de cercanías pensada para andar, es necesario sacar ordenadamente el automóvil del espacio urbano en favor de peatones y ciclistas. La movilidad del automóvil, tan arraigada a nuestra cultura social ya no es tan necesaria y tendrá que perder protagonismo en el caso urbano. Las calles pensadas para el coche darían paso a una nueva ordenación que recupere la calle para el ciudadano valorando más su presencia. Todo espacio de uso público se ha vuelto valioso para el peatón y es posible eliminar aparcamientos en superficie y aumentar el ancho de aceras para que sean algo más que meros espacios de circulación. La acera complementa los usos de los edificios que descienden hasta ella, acerca al ciudadano a los servicios que necesita y proporciona margen al pequeño comercio, al comercio local de cercanía que tiende a renacer.

El cambio modal en una comunidad no tiene que ver con el sector económico del automóvil. La calle podrá ir mudando el coche por el transporte público y la bicicleta y se podrán peatonalizar más calles para humanizarlas. O hacerlas peatonales durante ciertas horas al día para facilitar la distancia entre personas. No es necesario demonizar al automóvil para destinar más espacio y presupuesto al transporte público y a otros modos de movilidad sostenible como el coche eléctrico o el patinete regulado, que no sustituye al viaje en coche sino el viaje a pie de 2 ó 2,5 km. de desplazamiento por el barrio o una ciudad de cercanías.

a seguridad en la ciudad, depende en gran parte de la interacción social en la calle, de las relaciones que se establecen entre quienes viven en una zona y quienes la visitan. Caminar estará en la base del planeamiento de un urbanismo que nos haga cada vez más libre y no menos, con la calle como espacio privilegiado de todo peatón.

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