La victoria del «viejo solito» y la gata Panchita

Luis afrontó la soledad del confinamiento hablando con su felina; ella es el apoyo de un hombre que perdió a sus dos hijos


pontevedra / la voz

«¿De verdad quieres saber mi historia? Mira que mi historia da para una novela, y yo tengo tiempo para contarla, porque hace ya muchos años que soy un viejo solito en el mundo», dice Luis Nodar, desde su piso del barrio pontevedrés de Monte Porreiro, una coqueta casita donde todo está en orden y donde nunca falta un ramo de coloridas flores para arreglar la vista. Habla así Luis y una bolita de pelo de color gris se remueve en su regazo, como si le molestase que el anciano repita una y otra vez que es «un viejo solito». Ella, la bolita, es Panchita, una gata bien cariñosa. Lo cierto es que, mientras ella viva, a Luis no le falta compañía. Pasaron el confinamiento uno pegado al otro, como lo están siempre. Y Luis reconoce que en esos largos días de cuarentena se pasaba el día «hablando con Panchita, que entiende como si fuese una persona». Acaricia a la gata y le cuenta que la vida es bella. Podría contarle también que la suya fue bastante dura. Pero Luis, que aún conserva el acento que le dieron los años de emigración a Sudamérica, a sus 83 años aprendió ya que lamentarse no sirve de mucho.

Luis fue niño en O Sixto, una parroquia del municipio de Dozón, en el rural e interior de la provincia de Pontevedra. La Guerra Civil se libraba mientras él daba sus primeros pasos. Asocia duras palabras a su niñez: «En aquel entonces todo era una esclavitud, trabajábamos desde pequeños en el campo». A los 13 años ya trató de buscar porvenir. Logró emplearse colocando el cableado y los postes para que la luz eléctrica llegase a algunos puntos de la comarca de O Deza.

Aún no era mayor de edad cuando desembarcó en Pontevedra para alistarse voluntario en el ejército y hacer trabajos también aquí y allí. Dice que fue casi un milagro que lograrse reunir 17.000 pesetas, «una fortuna para la época» y sacar un pasaje para Venezuela. Allí trabajó en todo lo que pudo. Fue desde chófer a técnico de máquinas pasando por varios oficios más. Siempre progresando, siempre dando el callo.

La muerte del hijo pequeño

Se casó y tuvo dos hijos, una parejita. Y cuando las cosas se pusieron difíciles en Venezuela, dio el salto a Uruguay y luego a Argentina. Trabajó en General Motors y luego tuvo un restaurante. «En lo económico me fue bien, nunca me faltó trabajo», cuenta. En lo personal, primero se separó y luego la que fuera su mujer falleció. Desde muy pronto, la salud de su hija le tuvo en vilo: «Tuvo un cáncer muy joven, tuvo que pelear mucho, pero finalmente fue saliendo adelante. A mí me preocupaba mucho y me daba mucha pena porque quería tener familia y no pudo», explica.

En el año 1992, con sus hijos ya independizados, quiso volver a su tierra gallega, a los orígenes. Dice que aquí, tras décadas emigrado, las herencias lo complicaron todo y no encontró el cariño familiar que buscaba. Aún así, decidió quedarse y tirar hacia adelante. Nuevamente, en el plano laboral, no tuvo problema: «Me hice encofrador y trabajé muy bien durante años», cuenta.

 

Se afincó en Pontevedra. Se jubiló. Se hizo mayor y el teléfono le mantenía atado a los suyos. Hace tres años, una llamada de su hija le provocó un golpe terrible: «Fíjate, yo siempre preocupado por ella, por lo enferma que había estado, y me llama para decir que falleció su hermano, es decir, mi otro hijo. En treinta días, un cáncer en el cerebro se lo llevó. En treinta días...».

Luis vivió el duelo a distancia, con la gata Panchita, que lleva doce años con él, dándole cariño. A veces, cuando todo se le hacía cuesta arriba, buscaba amigos en Cruz Roja. Y los encontraba: «Me quieren muy bien ahí», dice. El año pasado, le diagnosticaron un cáncer de estómago. Se marchó solo a operarse a Montecelo. Estuvo diez días en la UCI. Y cuando al fin vio la luz y lo llevaron a planta, llegó el segundo golpe en su vida. «Subí con mis cosas a la habitación, cargué el móvil, que en la UCI lo tenía apagado y allí apareció un mensaje de mi yerno diciéndome que mi hija había vuelto a ponerse mal del cáncer y que acababa de fallecer».

Diez kilómetros al día

Lo cuenta, se agarra a Panchita y, quién sabe de qué lugar, saca fuerzas para sonreír. «La vida es dura, pero hay que mirar para adelante», espeta, confirmando que su optimismo es su gran victoria. Luego, demuestra que no habla por hablar. Nada más levantarse el confinamiento, salió con su cara de alegría a pasear. Y el día que se acabaron las limitaciones de distancia y horarios se marcó diez kilómetros a pie, como hacía antes. Dice que se encuentra bien pese a todo y que él debe tener siete vidas; hasta en eso coincide con Panchita.

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