La verdad del somier (En torno al feísmo. Parte I)


Un escenario pos pandemia nos sitúa ante la revalorización que experimenta, desde hace años, la arquitectura popular tradicional. Muchas edificaciones aún aguardan un resurgimiento digno. No hace tanto que fueron objeto de desdén, asociadas al atraso económico y cultural de sectores poco desarrollados de la sociedad. Sucedió desde una óptica urbana y también entre usuarios de estas casas que con frecuencia equivalían a escasa confortabilidad. Arquitecturas que representaban condiciones de penuria, vinculadas a economías agrarias de subsistencia. Al tiempo que todo lo urbano se potenciaba, el hábitat y la cultura campesinas, con su dependencia agropecuaria, fueron relegadas. El desarrollo tecnológico y los nuevos materiales eran lo deseable. Esto supuso la desvinculación con nuestro patrimonio arquitectónico histórico, que propició la proliferación de construcciones neo-rústicas de primera o segunda residencia, cuyas tipologías importadas y ajenas no son siempre nocivas para la cultura, como lo es la frecuente y somera imitación de formas tradicionales descontextualizadas. Este proceder dio lugar a una arquitectura pretenciosa, cursi, hortera y de gusto por el pastiche. Sin embargo, fue generalmente aceptada por la apariencia de «progreso» mal entendido, con estética «cosmopolita» que las nuevas residencias proyectaban sobre el vecindario.

Sin olvidar que muchas calamidades edificatorias que se extienden por el territorio, tienen relación con la falta de directrices que dan los Planes de Ordenación municipal, o la existencia de planeamiento antiguo, obsoleto y por consiguiente inoperativo, además de la escasa disciplina urbanística; en el nuevo escenario rural fue determinante la ruptura con las lógicas estéticas y constructivas apegadas a la tradición. Al desvanecerse el conocimiento de los oficios constructivos y artesanales, la formación arquitectónica que en muchos casos está ausente, o lo parece, debería ser decisiva en los resultados. Se trataría de aplicar a cada edificación un criterio formado que entienda y reinterprete el lenguaje formal de relación con el medio. Esto evitaría dejar el paisaje construido de nuestros pueblos y aldeas a expensas de la elección, más o menos frívola, entre las opciones formales existentes. Y que elegir entre la variedad de materiales disponibles en el mercado, por parte de usuarios o promotores, no tuviera por límite exclusivo la capacidad económica de estos. La funcionalidad fue cualidad inherente a las construcciones rurales tradicionales. Las viviendas y alpendres anexos, vinculados a la economía primaria, siguieron las pautas de la tradición constructiva, tanto en su tipología como en el uso de materiales, procedentes del entorno, fáciles de recopilar, de apilar y de trabajar con las técnicas constructivas eficaces, nacidas de la observación y la experimentación. Antes de contar con los modernos recursos tecnológicos, el legado de las generaciones pretéritas era el fundamento de todo lo construido. Pero introducir nuevas tecnologías y materiales de los que hoy disponemos, no tiene por qué suponer un conflicto con el medio si se hace con discernimiento. El empleo coherente de materiales en un paisaje físico y una realidad cultural concreta, puede aportar valor y belleza a la armonía y al equilibrio de proporciones de cualquier edificación.

Los adjetivos «feo» y «bonito» aluden a cualidades físicas de un objeto y su apreciación es subjetiva. Todo el mundo tiene opinión, pero el juicio estético requiere formación, porque sobre gustos sí que hay mucho escrito. El término «feísmo», que parece definir últimamente la idiosincrasia gallega, sitúa el foco en la estética pero también hay fealdad en la falta de rigor, de coherencia y de profesionalidad con que se actúa, o en la discrecionalidad en la aplicación normativa. No es problema carente de solución una vivienda en ladrillo sin enlucir con cubrición de uralita al aire, si durante un tiempo la economía familiar no permite rematarla; ni supone un desastre insuperable el somier reutilizado como cierre, (aunque sea preocupante la ausencia de cariño al medio). Por el contrario, no tiene fácil arreglo la colonización dispersa del territorio con edificaciones mediocres, sin conexión física ni cultural con el lugar, esparcidas sin control ni lógica territorial. Tampoco la implantación de grandes obras, institucionales o no, sin proporción, fuera de escala y con fuerte impacto ambiental, que harían del somier una anécdota, si no fuera por su éxito.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
2 votos
Tags
Comentarios

La verdad del somier (En torno al feísmo. Parte I)