Cuestión de espacio, cuestión de tiempo


Debemos anticiparnos. El éxodo rural en busca de mejores condiciones de vida, que en nuestro país se aceleró a mediados del siglo pasado, puede revertirse ahora. La masiva emigración del campo a la ciudad dejó entonces lamentables consecuencias urbanísticas, que todavía sufren hoy las ciudades de acogida. Un crecimiento urbano a menudo incontrolado, a veces sin planeamiento ni control administrativo y casi siempre influenciado por intereses especulativos del suelo, dio lugar a barrios marginales carentes de servicios, equipamientos y zonas verdes; a trazados viarios incoherentes y pensados únicamente para los vehículos, y también a edificios con altura desproporcionada al ancho de la calle, de calidad constructiva deficiente y escasas condiciones de habitabilidad. El desarrollo urbano basado en la premura de negocio, supuso también la despersonalización de las ciudades, con la desaparición en muchos casos de sus barrios tradicionales y la memoria colectiva del lugar, para convertir los centros urbanos en grandes áreas comerciales y aparcamientos.

El éxodo rural llevaba implícito el cambio de lugar de residencia y también el cambio de profesión: el abandono del oficio de agricultor por los diferentes tipos de empleo que ofrece la ciudad. La cantidad de oportunidades de variadas características, junto a los cambios en aspectos sociales, culturales y económicos de la vida urbana, favorecieron además el desarrollo personal de los nuevos urbanitas, a cambio de reducir su espacio físico habitable.

El proceso comportó el progresivo abandono del campo que hoy languidece, junto a los mayores que han permanecido en él, y la decadencia dramática de muchos núcleos de población que tienden a desaparecer en no pocos territorios.

Pero las circunstancias que vivimos actualmente pueden conducirnos a un proceso inverso. La nueva realidad está transformando nuestras sociedades. Ya conocemos nuestra vulnerabilidad. La posibilidad de reaparición de infecciones, el miedo al contagio y el temor a un reiterado confinamiento, llevará a distintos sectores poblacionales a iniciar o recuperar la vida en el medio rural, de manera temporal o permanente. Ya nada será igual en la vida social, las relaciones interpersonales, las tecnologías, las comunicaciones, la economía y la relación con nuestro espacio doméstico.

El rol del Estado también está cambiando y las distintas Administraciones han de tomar las riendas de la planificación del territorio y ejercer un mejor control de las actuaciones sobre el mismo. Los actores políticos no deberían tardar en establecer criterios y normativa específica para regular la emigración de la ciudad al campo que está al caer. Sería necesario implementar medidas que regulen determinados aspectos de un éxodo urbano, a fin de proteger el medio natural y salvaguardar la población que lo sostiene: Planes para rehabilitación de viviendas, acondicionamiento de los núcleos, mejora de servicios e infraestructuras de escala, creación de equipamientos ponderados, equilibrados y proporcionados a cada área específica…

Llevar a cabo acciones encaminadas a mejorar el modo de vida y la economía agro-ganadera, base de nuestra subsistencia, sería tan importante como atajar una posible gentrificación en los asentamientos de población rural. El proceso de repoblamiento no puede darse con las expectativas de «progreso» del siglo pasado, sino con pautas de decrecimiento y criterios medioambientales, saludables para el entorno natural y, por consiguiente para las personas.. La «nueva normalidad» conllevará inevitablemente diferentes maneras de relacionarse, incluida una relación distinta con el medio, y cada comunidad habrá de responsabilizarse de cómo establecer esas relaciones.

Ahora toca aprender de los errores, adelantarse y prevenir. Lo inesperado puede acontecer. Es cuestión de tiempo.

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