De la grandilocuencia a la sencillez en los nombres en Lalín

El ingenio popular transformó la Venus de Deza en A folla de bacalao, y el castro tecnológico en Os pratos de pulpo


lalín / la voz

La interpretación del arte no está al alcance de todo el mundo. Sobre todo cuando son obras que escapan de lo concreto para ser una abstracción que en muchas ocasiones escapa a quien la contempla. Lalín es una localidad en la que el arte está presente en sus museos, y también en sus calles. Ya sea en forma de esculturas en parques y aceras, e incluso en medio de sus múltiples rotondas.

Cuando son figuras que trascienden lo concreto, el pueblo ha tendido a ver lo más directo, sin tener en cuenta la intencionalidad artística de la obra. Y en ocasiones, ha rebautizado nombres grandilocuentes de sus creadores con otros mucho más sencillos, y que aproximan más lo representado a objetos cotidianos de la realidad. Sucedió así con la rotonda de A Corredoira. A mediados de los años 90 el escultor Acisclo Manzano diseñó una obra a la que llamó la Venus de Deza. El nombre le duró lo que tardaron los lalinenses en ver la figura. El bautizo popular la transformó en A folla de bacalao. Se hizo bueno el latinajo Vox populi, vox Dei, y no hubo vuelta atrás. Todos los lalinenses identifican sin dudar la rotonda de A folla de bacalao: ¿cuántos sabrían situar la Venus de Deza?

De hace nada es la rotonda de Montserrat. El gobierno local anunció que en su centro luciría una escultura para evocar el castro de Donramiro. El artista Salvador López fue el encargado de realizarla. El escultor manifestaba que buscó algo sencillo de ver, abierto a interpretaciones. Y las hubo: alguno vio en ella los puntos cardinales. Pero tomó fuerza otro bautismo ya de la era digital, a través de redes sociales: «As agullas», al ver en la obra todo un homenaje al sector textil de la capital dezana.

López acertó al no dar nombre a su obra, señalando únicamente que de hacerlo sería Donramiro, al pensar que sería la denominación popular. Los arquitectos que diseñaron el consistorio de Lalín no fueron de la misma idea. Desde el primer momento, bautizaron el edificio como el castro tecnológico. No llegó a cuajar la maldad de algunos lalinenses al ver la maqueta original del edificio: Os pratos de pulpo. Eso sí, ya sin rastro de cefalópodo. Tuvieron suerte y todavía perdura. Como la Fonte dos Cabalos, o la rotonda da Muller Labrega de Silleda, por razones obvias: lo que se ve es lo que se nombra.

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