El jugador coruñés, formado en el club desde niño, ha vuelto definitivamente a la que fue casa después de años de carrera lejos de A Coruña
02 sep 2026 . Actualizado a las 05:00 h.Hay regresos que tienen algo de reencuentro y otros que parecen escritos de antemano. El de Ángel Iglesias (A Coruña, 1994) con el Attica Hotels OAR Coruña pertenece a los segundos. El coruñés comenzó a jugar al balonmano en las actividades extraescolares del colegio San Francisco Javier, y fue allí donde el OAR lo incorporó a sus categorías. Después de años fuera de la que fue su casa hasta que cumplió la mayoría de edad, el hijo pródigo ha vuelto a casa para quedarse.
—¿Qué significa volver definitivamente al OAR?
—Es un sueño. Es mi club de toda la vida. Empecé aquí después de hacer las actividades extraescolares, como hacen ahora muchos niños que entrenan en el pabellón. El OAR me captó y estuve aquí hasta los 18 años. Tuve oportunidades de marcharme antes, pero siempre decidí quedarme. Después llegó la posibilidad de jugar en Asobal y tuve que salir. En aquel momento, el club estaba pasando por un bache, en Primera Nacional, y el objetivo era evitar el descenso. Para mí, como jugador joven, tampoco era el contexto que necesitaba para seguir creciendo. A veces pienso que ojalá hubiese tenido entonces el club que existe ahora, con un proyecto tan profesional. De ser así, probablemente habría podido hacer toda mi carrera aquí.
—Pero nunca terminó de alejarse del club.
—Siempre mantuve el contacto y traté de ayudar en lo que podía. También hubo conversaciones para regresar, pero nunca se daban las condiciones, hasta que llegó la fase de ascenso la temporada pasada. El club hizo un esfuerzo importante para que pudiera venir, y yo también tuve que hacer el mío. Lo que vivimos ese fin de semana fue muy especial. Conseguir el ascenso después de las remontadas y las acciones decisivas, y hacerlo delante de mi familia, mis amigos, mi hija y mi madre, fue probablemente el mejor fin de semana deportivo de mi vida.
—¿Cómo surgió la posibilidad de regresar de forma definitiva?
—Estaba en Lanzarote, compaginando mi vida como jugador en el San José Obrero y mi trabajo como fisioterapeuta. Un día, mientras estaba en la clínica, me llamó Jacobo (Novoa, director deportivo del OAR) y me preguntó cómo tenía la situación. Yo tenía claro que quería volver, pero estaba en un club y tenía un contrato. Ese mismo día me pedí libre en el trabajo para poder gestionar todo y hablar con las partes. La más complicada fue solucionar la situación contractual con el San José, sobre todo por la compensación, pero finalmente llegamos a un acuerdo. El OAR hizo un esfuerzo económico importante y todo terminó saliendo bien. Cuando surgió la posibilidad, lo tenía bastante claro.
—¿Qué OAR encuentra ahora?
—Uno con mucha ambición. Tenemos una plantilla muy competitiva. Prácticamente, todos los jugadores tenemos experiencia y un currículo importante. Hay gente que ha jugado muchos años en Asobal, competición europea, mundiales... Pero los nombres no ganan partidos. Hay ejemplos de clubes con jugadores muy contrastados que llevan varios años intentando ascender y se han quedado a las puertas por un gol o por un partido. Una fase de ascenso es muy complicada, porque, después de trabajar durante toda una temporada, te juegas muchísimo en tres días. Por eso, hay que ser prudentes. Queremos ascender, pero el objetivo debe ser llegar hasta el final con opciones.
«Ahora tenemos que demostrar que somos un equipo»
Ángel Iglesias analiza el reto deportivo del nuevo OAR, una plantilla repleta de jugadores contrastados que deberá superar el principal obstáculo: convertir talento individual en un bloque capaz de competir hasta el final.
—¿Cómo se consigue convertir una plantilla de jugadores contrastados en un equipo?
—Con tiempo y convivencia. Somos muchos jugadores nuevos y tenemos que conocernos, estar juntos y crear automatismos. Con casi todos he coincidido en algún momento, como compañero o rival. Salvo con Lilian y Macapa, he compartido equipo con todos. Dentro del balonmano nos conocemos, y eso facilita las cosas. Además, creo que tenemos muy buen ambiente. A mí me gusta hacer bromas y generar buen rollo en el vestuario. Creo que ayuda a que la gente se suelte y empiece a sentirse cómoda.
—¿Su condición de jugador de la casa le hace asumir un rol especial?
—No lo vivo como una responsabilidad pero me sale de forma natural. Soy de aquí y quiero que las cosas salgan bien, pero esto no depende de una persona. Todos tenemos que asumir nuestra parte. Creo que el club ha hecho un buen trabajo porque no se ha fijado solo en el nivel deportivo. También ha valorado cómo es cada jugador a nivel humano, y eso es fundamental. Tenemos un buen equilibrio entre calidad deportiva y calidad humana. Eso puede marcar la diferencia. Porque para ascender no basta con juntar buenos jugadores. Hay que construir un equipo. Y, para mí, además, hay algo especial: después de tantos años fuera, poder formar parte de este equipo en casa hace que todo tenga todavía más sentido.
—¿El objetivo es ascender o hay que rebajar expectativas?
—El objetivo debe ser pelear por el ascenso. Eso está claro. Pero también tenemos que ser prudentes. Decir que vamos a ascender porque tenemos buenos nombres sería equivocarnos. Lo que tenemos que conseguir es llegar hasta el final con opciones. Ese tiene que ser nuestro verdadero objetivo. Y, cuando llegue el momento, tener la capacidad de competir y aprovechar la oportunidad.
—Después de haber vivido un ascenso desde dentro, ¿qué aprendió de aquella experiencia?
—Que no puedes dar nada por hecho. La fase de ascenso es tremendamente difícil. Hay muchísimos equipos que llegan con el mismo objetivo y todo se decide en muy poco tiempo. También aprendí que hay que creer hasta el final. Nosotros vivimos remontadas, momentos complicados y partidos que parecían perdidos. Y al final conseguimos algo que, para mí, tuvo un valor enorme porque pude celebrarlo aquí, en casa, con mi familia.