Infantino quiso ser Havelange, pero puede acabar como Blatter
11 ago 2026 . Actualizado a las 17:56 h.En la teoría de juegos, el dilema del prisionero se da cuando dos partes estarían mejor cooperando, pero ambas tienen incentivos para no hacerlo: si una coopera y la otra no, la primera obtiene el peor resultado y la segunda, el mejor. Ahí se encuentra el fútbol mundial actual: la guerra entre la FIFA y la UEFA, entre Ceferin e Infantino, es a muerte y no hay atisbos de colaboración a la vista.
Infantino ha intentado hacer la misma jugada que encumbró a João Havelange a la presidencia de la FIFA en 1974. Por aquel entonces, el fútbol internacional estaba muy poco profesionalizado y los Mundiales apenas generaban ingresos para las federaciones nacionales. Horst Dassler, heredero del fundador de Adidas, entendió que el gran negocio del deporte se basaba en la venta centralizada de los derechos audiovisuales y comerciales de los grandes eventos. Para ello creó la empresa ISL Worldwide, se asoció con Havelange y cambió la gestión económica del deporte hasta nuestros días.
Esta alianza sirvió para que el brasileño se hiciese con el poder bajo la promesa de que cada una de las entonces 142 federaciones miembro de la FIFA recibiría un millón de dólares de los ingresos del Mundial. Una cantidad entonces impensable. Es algo muy parecido a lo que ha intentado Infantino: conseguir el apoyo a su proyecto prometiendo una suma desorbitada a las federaciones, esta vez apoyándose no en Adidas, sino en el entorno de Trump.
La evolución de ISL Worldwide es fascinante. Tras el éxito con la FIFA, financiaron la candidatura de Juan Antonio Samaranch para alcanzar la presidencia del COI en 1980; evidentemente, a cambio de quedarse con los derechos comerciales y audiovisuales de los Juegos Olímpicos. Pero las cosas se empezaron a torcer pronto: Horst Dassler murió de cáncer en 1987 y sus sucesores se las apañaron para llevar a ISL a la bancarrota en 2002. Pero esa es otra historia.
Algo parecido ocurrió en la FIFA. En 1998, el entonces secretario general Sepp Blatter ascendió a la presidencia. Aunque la historia es lo suficientemente compleja como para haber dado pie ya a unos cuantos libros, se puede resumir en que el mandato del suizo llevó a la entidad al borde de la quiebra y terminó con su dimisión en el 2015, tras la orden de detención por parte del Departamento de Justicia de los Estados Unidos de casi una decena de altos directivos de la FIFA por soborno y blanqueo de capitales, en el conocido como FIFAgate. La causa real fue más bien que les habían prometido a los americanos el Mundial del 2022 y en Washington no gustó mucho que este acabara en Catar.
Volvamos a Infantino. ¿Puede la situación actual obligarlo a dimitir como a Blatter? No es muy probable: nadie de la FIFA ha sido detenido y, además, mantiene el apoyo de un gran número de federaciones.
Lo que ha pasado es lo siguiente: a la mayoría de las federaciones nacionales les ha puesto los dientes largos prometiéndoles una cantidad enorme de dinero con la que no contaban, que puede servir tanto para invertir en su fútbol como para facilitar algún suculento negocio —cuando no un ingreso directo— para los dirigentes de dichas federaciones. Y no olvidemos que la estructura de poder de la FIFA es clara: una federación, un voto.
Pero, por otro lado, la UEFA no solo ha entendido, sino que ha ejecutado su capacidad de bloqueo amenazando con retirarse de las competiciones de la FIFA. Es fácil de entender: imaginemos que llegamos a 2030 en esta situación; nos podríamos encontrar con un Mundial de la FIFA sin selecciones europeas y un torneo alternativo y paralelo con las grandes potencias de Europa. Cierto es que la cosa es mucho más compleja —empezando por las sedes—, pero lo explico así porque resulta fácil comprender que todos perderían: ninguno de los dos torneos sería tan atractivo para las televisiones y las marcas como el Mundial «de verdad».
Hete aquí el dilema del prisionero: la UEFA y la FIFA están condenadas a entenderse. No olvidemos que la UEFA ha intentado en al menos cinco ocasiones desde 1998 provocar cambios en la gobernanza de la FIFA, sin conseguirlo nunca. Muy probablemente el proyecto de Infantino se reestructurará —quizás sin Trump y puede que también sin el suizo—, pero Europa tendrá que ceder en algo. A lo mejor permitiendo ese incremento de ingresos para las federaciones con menos recursos a cambio de mantener una compensación mayor para los mercados y selecciones de mayor valor económico, junto con la garantía de que la FIFA no seguirá atacando a sus principales fuentes de ingresos: la Eurocopa y la Champions League. No olvidemos el axioma que gobierna el fútbol desde hace más de cincuenta años: el dinero importa más que el juego.
Ficha del analista:
*José Antonio Cachaza (Ferrol, 1966) es Consultor en Marketing Deportivo. Ha sido Director General de LALIGA en el Subcontinente Indio; Director de Desarrollo de Negocio del Málaga CF; Director de Marketing y Derechos Audiovisuales de Santa Monica Sports / RFEF.