De Mussolini a Trump, la mano de la política en el fútbol es habitual

JAVIER ANSORENA COLPISA / ENVIADO ESPECIAL

DEPORTES

El presidente de la FIFA, Gianni Infantino, junto a Donald Trump, presidente de Estados Unidos.
El presidente de la FIFA, Gianni Infantino, junto a Donald Trump, presidente de Estados Unidos. DPA vía Europa Press | EUROPAPRESS

Las injerencias de los poderes extradeportivos se remontan al comienzo del Mundial, con Balogun como última polémica

08 jul 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Decía Donald Trump esta semana desde la Casa Blanca, en medio del escándalo que ha montado alrededor del Mundial y de sus presiones para levantar la sanción al estadounidense Folarin Balogun, que él no sabe lo que es una tarjeta roja. Será que el presidente de Estados Unidos, de 80 años recién cumplidos, no se acuerda. Porque Gianni Infantino, el presidente de la FIFA, le regaló una hace unos años en el mismísimo Despacho Oval.

Fue en agosto del 2018, durante el primer mandato del multimillonario estadounidense. Estados Unidos se había convertido en país organizador del Mundial, una cita a la que entonces Trump pensaba que no asistiría como presidente. Su plan era ganar la reelección en el 2020, no estaba en las previsiones que regresaría a la Casa Blanca en el 2024 tras el hiato de Joe Biden. Allí Infantino le explicó qué es una tarjeta amarilla, qué es una tarjeta roja y ambos bromearon en que el presidente la podía utilizar para enseñársela a la prensa.

Quizá Trump entendió entonces que podía dar y quitar tarjetas rojas a su antojo, porque eso es algo cercano a lo que ha ocurrido: presionó a Infantino para que la FIFA retirara la sanción al estadounidense Balogun por roja directa para que pudiera jugar contra Bélgica en dieciseisavos de final. La FIFA, a través de una excepción en su Código de Disciplina, cumplió con las exigencias del anfitrión. Balogun fue indultado, se vistió de corto y saltó al terreno de juego. Pero, en medio de la polémica, no evitó el baño de los belgas a los anfitriones (4-1).

Presiones desde hace años

El escándalo ha sido mayúsculo, ha provocado la indignación de buena parte del mundo del fútbol —incluidas las protestas formales de la UEFA y de la Federación de Bélgica— y ha entroncado a Trump con algunos episodios históricos de injerencia política en el fútbol y en los Mundiales.

Las acusaciones de que las autoridades de los países organizadores o la propia FIFA han abusado de su posición para beneficiar a equipos clave en el torneo existen desde su propia creación. Por ejemplo, para ayudar a los anfitriones: Joao Havelange, que fue presidente de FIFA, alegó que eso ocurrió en el Mundial de Inglaterra de 1966. O como el arbitraje simpático que España recibió en su Mundial, en 1982, para ganar a Yugoslavia por un penalti injusto que le permitió a España pasar de ronda. O el infame arbitraje de Al Ghandour, esta vez con el combinado nacional como víctima, que permitió a la anfitriona Corea del Sur ganar en cuartos de final al equipo que entonces dirigía el técnico murciano José Antonio Camacho.

Las intervenciones directas de las esferas más altas del poder para condicionar los partidos, como la de Trump, también tienen antecedentes amplios y viejos. Ya en la segunda edición del Mundial, el de Italia de 1934, el dictador Benito Mussolini utilizó todos los resortes posibles para beneficiar a su equipo. El Duce entraba en los vestuarios y presionaba a los árbitros. Tan flagrante fueron los favores que le hicieron los trencillas que la FIFA inhabilitó de por vida a dos de ellos.