Veintisiete años después, los San Antonio Spurs y los New York Knicks se miden en las finales de la NBA. Casi tres décadas. El dato significa lo que es un axioma de la liga. No hay equipos dominantes y cada temporada, una sorpresa tras otra para elegir el campeón.
Por partes que es lo mejor. En primera fila, el equipo de la Gran Manzana. Recordar que hace apenas unos meses lograron el título de Copa. Y fue celebrado por todo lo alto. Hace unos días, el pase a la final de la NBA, vivió una noche mágica en la urbe neoyorquina. Para los nostálgicos, la presencia de los Knicks es un claro guiño al pasado.
Y decir que se miden a los San Antonio Spurs pues, hace todavía un alucinante deja vu de esta final. Los de Texas son muy jóvenes. Tienen esa figura larguirucha, de un día sin pan, de una envergadura que da sombra desde el cielo, el francés Wembanyama al frente de las operaciones. Sin Popovic, se han reciclado de forma magistral. Haber eliminado a los Oklahoma City Thunder tiene mucho mérito. Sobre todo porque estos últimos habían ganado el anillo hace apenas doce meses y, en sus filas, el MVP de la competición, Shai Gilgeous-Alexander. Duro batacazo en esta orilla del río. Estas finales del Oeste han sido una oda al basket en realidad. En el este, Cleveland no dio para mucho.
Será el octavo campeón de ocho años en la liga. Algo de locos pero también prueba de lo bien engrasado que tienen los dueños del cotarro lo que es una competición de este estilo. El jueves toca madrugar otra vez. Veremos si puedo ir a ver un partido en directo. En ello estoy...