Qué orgullo seguir en pie, deportivistas

Paulo Alonso Lois
Paulo Alonso EL TERCER TIEMPO

DEPORTES

Aficionados del Deportivo despidiendo al Deportivo a su salida a Valladolid.
Aficionados del Deportivo despidiendo al Deportivo a su salida a Valladolid. MARCOS MÍGUEZ

Caer al barro, mancharse y remangarse

24 may 2026 . Actualizado a las 21:19 h.

Qué orgullo, deportivistas. Por descender sin renunciar a lo que eres. Perder un ascenso en la noche más bonita del año y del mundo, al fuego de San Xoán. O peor, caer todavía más bajo de lo que podías imaginar. Perder sin poder jugar a la vez que el resto en una última jornada en Segunda. O peor, no poder hacerlo contra los que llevaron un virus a tu casa en plena pandemia y quisieron ocultarlo. Caer al barro, mancharse y remangarse. Perder en Coruxo, caer en Langreo, empatar en Luanco. Amagar con caer a cuarta división. O peor, que la opción de hundirse en quinta fuese posible en la temporada más disparatada que se recuerda. Seguir los partidos por plataformas desconocidas. O peor, no verlos ni escucharlos sin cortes a cada rato. Patinar contra el filial de tu rival en tu estadio. O peor, que tus amigos del sur te envíen a unos mariachis para vacilarte en el campo de Barreiro. Jugar un playoff de ascenso en casa y perderlo. O peor, hacerlo por unos minutos con el estadio lleno y contra un entrenador deportivista y del Birloque cuando no quedaba tiempo ni para respirar.

Estrellarse en otra promoción. O peor, hacerlo metiéndose goles en la propia portería. Ver desfilar jugadores y jugadores sin arraigo que la memoria selectiva borró apenas unos días más tarde. O peor, que mientras tu rival de siempre hiciese justo lo contrario. Perder a Amancio, llorar a Luisito Suárez. O peor, que también se fuese con ellos Arsenio Iglesias, despedido en un conmovedor funeral civil.

Sentir que volvía a haber una generación que no había visto nunca al Deportivo en Primera. A la que el fútbol volvía a enfrentar a una prueba de resistencia, como a la de los niños de los 70 y 80.

Pero, ¿y si al final valió la pena? Ya llega otra generación de chavales que aún no vieron a su equipo en Primera, que puede presumir con orgullo de que no lleva el blanco y azul por triunfos o modas. Que no abandonaron a su equipo en los peores momentos. Que aprendieron a lucirlo de sus padres y abuelos. De manera incondicional, irracional. Qué orgullo, deportivistas. Seguir en pie.